III Domingo de Pascua, 30 de abril de 2017

En los cincuenta días de la Pascua somos guiados por la Iglesia primitiva que contempla a su Señor resucitado y alimenta su fe con encuentros repetidos y variados con el que estaba muerto y ahora vive para siempre.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

30 de Abril del 2017. III Domingo de Pascua.

 

En los cincuenta días de la Pascua somos guiados por la Iglesia primitiva que contempla a su Señor resucitado y alimenta su fe con encuentros repetidos y variados con el que estaba muerto y ahora vive para siempre. Evidentemente uno de los textos privilegiados, y que siempre lo encontramos como primera lectura, son los Hechos de los Apóstoles. En el fragmento de hoy hemos escuchado, una parte del primer discurso de San Pedro, el apóstol nos presenta la muerte y la pascua de Cristo como fundamento de nuestra esperanza: “Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes... Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, Jesús fue entregado, y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz... Pero Dios lo resucitó... Para que la fe y la esperanza de ustedes esté fija en Dios”.

En la escena de los discípulos que regresan a Emaús, narrada por San Lucas, también está a la base la experiencia pascual de la primitiva comunidad cristiana. Los dos discípulos de Emaús son el símbolo de la multitud de seguidores de Cristo de todos los tiempos que siguen un itinerario de crecimiento en la fe: Los encontramos con los ojos velados, desconsolados, llenos de tristeza, discutiendo por el camino. En esta situación de crisis y de incredulidad los discípulos manifiestan su experiencia: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante el pueblo... lo condenaron a muerte, y lo crucificaron... Nosotros esperábamos... pero ya han pasado tres días...” Aquí interviene directamente Jesús con su palabra: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado!... Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los paisajes de la Escritura que se referían a él”, después ellos reconocen que “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras”. Pero es en la Eucaristía donde se da el pleno encuentro con el resucitado: “cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron...” 

Pocas expresiones reflejan tanta tristeza como el pretérito imperfecto de la esperanza en boca de los discípulos de Emaús: “nosotros esperábamos”. En esta breve expresión reconocen haber esperado con una gran esperanza que ya han perdido. Una esperanza que había llenado toda su vida, porque ellos lo habían dejado todo por seguir a Jesús, habían dejado su pueblo, su casa, su familia, su trabajo, sus pocas comodidades..., todo, por una promesa del Nazareno. Nadie como aquel profeta de Nazaret había movilizado tantas ilusiones, tanta esperanza, tanto entusiasmo. Ellos habían creído y esperado hasta su muerte, incluso más allá de su muerte, habían esperado tres días más por ver si era verdad lo que no podían creer: que resucitaría al tercer día. Pero nada..., es cierto que algunas mujeres nos han desconcertado... pero a él no lo vieron. Por eso, al tercer día, sin esperar más, desesperados, quisieron poner tierra de por medio y olvidar para siempre aquel triste y hermoso episodio de su vida.

El camino de Jerusalén a Emaús es un camino de huida, de abandono. El camino de Emaús es el camino de los que tratan de escapar, de los que creen estar ya de vuelta de todo, de los que se hicieron ilusiones y ahora se sienten desilusionados, de los que saben esperar... pero sólo hasta cierto punto. Es también, nuestro camino, el de nuestras huidas de la responsabilidad, el de nuestras dudas en la fe, el de nuestra débil esperanza, el de nuestra cerrazón al plan de Dios, el de nuestra terquedad, el de nuestro orgullo herido. Pero es el camino de la vida, el que todos, de una forma u otra tenemos que recorrer. En ese camino, mientras avanzamos penosamente, casi sin ganas de llegar a ninguna parte, nos sale al encuentro Jesús, pero solo vemos a un forastero, no lo reconocemos. Nuestras preocupaciones, prejuicios,  ideologías y cerrazón no nos dejan ver.

Ojalá y que también en nosotros, el camino, la conversación y el tiempo serenen nuestro espíritu y comencemos a ver con mayor claridad y que lleguemos a reconocerlo en el partir del pan, cuando el desaparezca, cuando ya no sea necesaria su presencia física, porque ya recuperamos la fe y la esperanza. Aquí es cuando debemos comenzar a desandar lo andado y volver a Jerusalén, volver a la realidad, volver al compromiso, volver a la verdadera fe que no es ilusión ni mero sentimentalismo, sino poner manos a la obra, trabajar y esforzarse para hacer posible lo imposible con la gracia de Aquel que ha querido ser nuestro compañero de camino. Y precisamente la primera tarea del discípulo es ser testigo de lo que ha visto y oído, testigo de que Jesús ha resucitado y de que ha resucitado “para que nuestra fe y nuestra esperanza estén fijas en Dios”.

El regreso es toda una fiesta, pues muchos otros también ya han visto y han experimentado al Señor resucitado. Lo han visto y lo han reconocido en el hombre desconocido, en el hermano caminante, en el peregrino que se nos acerca, en el prójimo; lo han visto y lo han reconocido en la escucha de la Palabra de Dios, en la enseñanza de los apóstoles, en el testimonio de los hermanos, en los acontecimientos personales y de nuestro mundo; lo han visto y han gozado de su presencia en la fracción del pan, en la eucaristía, en el compartir la vida y los bienes, en la entrega, en la fraternidad, en la comunidad reunida en el amor, en la oración insistente: “quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”.

Hermanos, hermanas, no vamos solos por el camino de la vida, nos acompaña el mismo peregrino y forastero que acompañó a los discípulos de Emaús. Dejemos que él nos ilumine para que nuestros ojos velados vuelvan a ver la luz. Mientras vamos con él por el camino dejemos que nos ayude a salir de nuestra inconciencia, de la desazón, de la desilusión y de estar cabizbajos y erráticos. El encuentro y la conversación con él nos hará ver qué es lo que nos ciega e impide ver, qué es lo que nos pesa y carcome, qué es lo que nos cansa y quita la paz y la alegría. Al sentarnos con él a la mesa, no sólo lo reconoceremos, sino que aprenderemos de él a bendecir y partir el pan que de Dios hemos recibido, y habiendo comido el pan que él nos da tendremos la fuerza para emprender el camino hacia nuestra verdadera patria, la Jerusalén definitiva y eterna.

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