II Domingo de Pascua, 23 de Abril del 2017

Lo único que convence a Tomás y que le permite acceder a la Fe es la comprobación de que su Maestro Jesús, ha pasado por el oprobio de la burla, la injusticia, y la muerte de manera totalmente voluntaria, enfrentando al mal con la rectitud de su Vida y las armas de la Verdad.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

23 de Abril del 2017. II Domingo de Pascua.

 

Lo único que convence a Tomás y que le permite acceder a la Fe es la comprobación de que su Maestro Jesús, ha pasado por el oprobio de la burla, la injusticia, y la muerte de manera totalmente voluntaria, enfrentando al mal con la rectitud de su Vida y las armas de la Verdad. De ello dan testimonio su cuerpo llagado, sus manos, sus pies y su costado herido. El recordará las palabras del Maestro: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”. A Tomás le consta que El pasó haciendo el bien, tanto con sus enseñanzas como con sus acciones liberadoras y sanadoras, impregnadas de misericordia. También recordará que a sus apóstoles, Jesús les otorgó su mismo poder y les encomendó la continuación de su Misión.

¿Cómo no vencer la duda que corroía su cerebro y sus entrañas si en Jesús se cumple todo lo que estaba anunciado por los antiguos profetas, en forma tan personal y con tanta coherencia?

¡Señor mío y Dios mío! Es el testimonio de una Fe que brota de un corazón largamente lastimado por las promesas incumplidas y las decepciones por tantas traiciones… pero que en Jesús encuentra al fin una nueva razón para volver a creer, a confiar, a amar.

Tomás y sus compañeros no caben en sí por el gozo de la resurrección del Señor y por la certeza de que quien ha vencido a la muerte no los abandonará nunca. Ello les da la fortaleza para permanecer unidos y para convocar a otros que, de todas las naciones, querrán recibir el bautismo y vivir como hermanos, compartiendo sus bienes, ejercitándose en la justicia, practicando la caridad , escuchando la Palabra de Dios y alabando a Aquél del cual proviene todo bien. En la Eucaristía encontrarán el Alimento cotidiano que los mantendrá unidos y les permitirá vencer las acechanzas del maligno.

Será la comunidad cristiana –la Iglesia-,la que tendrá que testimoniar con hechos concretos de servicio, atención a los más necesitados, vivencia y promoción de la justicia, denuncia de todo lo que atenta contra la dignidad de las personas, etc. para hacer creíble el Anuncio del Evangelio de Cristo a todas las personas, para que, uniendo las palabras a las obras, la humanidad de todos los tiempos pueda exclamar como Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!

Hoy celebramos en nuestra Arquidiócesis de México el Día de la Caridad. Renovemos como creyentes en Cristo nuestro compromiso de vivir y promover una cultura del servicio a favor de los que menos tienen. Despertemos en las nuevas generaciones el deseo de amar a través de las obras de misericordia y de vivencia de la justicia, combatiendo la indiferencia ante tantas situaciones que en nuestro México requieren urgentemente de atención. Ahora más que nunca se necesita de nuestra presencia en medio de quienes sufren pobreza, exclusión o violación de sus derechos humanos: migrantes, prisioneros, enfermos sin atención, adultos mayores relegados en sus propios ambientes, desempleados o trabajadores en situaciones precarias, indígenas y trabajadores del campo viviendo bajo esquemas de explotación, jóvenes esclavizados por la droga, mujeres maltratadas, niños que son víctimas de la desintegración familiar o rechazados desde el seno materno, personas y comunidades que han sufrido los embates de desastres naturales o de abusos contra el equilibrio ecológico…. la lista es larga. Quienes confiamos en Dios vemos en todo ello oportunidades antiguas y nuevas para salir de nuestra egolatría y decir: ¡Aquí estoy, Señor, envíame!

¡El Corazón de Cristo! Su "Sagrado Corazón" ha dado todo a los hombres: la redención, la salvación y la santificación. De ese Corazón rebosante de ternura, santa Faustina Kowalska vio salir dos haces de luz que iluminaban el mundo. "Los dos rayos -como le dijo el mismo Jesús- representan la sangre y el agua" (Diario, p. 132). La sangre evoca el sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el agua, según la rica simbología del evangelista San Juan, alude al bautismo y al don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14).

A través del misterio de este Corazón herido, no cesa de difundirse también entre los hombres y las mujeres de nuestra época el flujo restaurador del amor misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo en él puede encontrar su secreto. No es casualidad que los tres últimos Papas nos hayan insistido sobre la misericordia.

Ya Su Santidad Juan Pablo II quiso acentuar esta verdad al decretar que este segundo domingo de pascua sea celebrado como el "Domingo de la Divina Misericordia", exaltando así la divina misericordia en este tiempo pascual. El mensaje de Jesús resucitado, es el mismo que dio a sus primeros discípulos, que se refugiaron al anochecer, con las puertas cerradas por miedo: "La paz esté con ustedes". Es el mismo saludo que el obispo repite continuamente a los que se reúnen en torno a Jesús, como para que el mensaje penetre en lo más profundo de la comunidad y se alegre con la paz de Cristo que está basada en la presencia y en la victoria de Jesús, está basada en su amor misericordioso que nos redimió con su muerte y su resurrección.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad de misericordia, la cual expresa el amor más fuerte que el pecado y que todo el mal en que está envuelto el hombre y su existencia terrena. El amor se transforma en misericordia, precisamente cuando hay que superar la norma precisa de la justicia. El perdón es la expresión original del amor cristiano, la expresión de esa misericordia sin la cual aún las exigencias más fuertes de la justicia humana corren riesgo de ser injustas e inhumanas, como con frecuencia la historia, incluso reciente, nos ha hecho constatar.

 

 

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