Domingo de Ramos, 9 de Abril del 2017

Pareciera contradictoria esta celebración en que estamos ahora participando. Hemos comenzado con palmas y ramos de olivos recibiendo a Cristo Jesús y acabamos de escuchar un grito desgarrador: "¡crucifícalo! ¡crucifícalo! Llevando a Jesús a la Cruz, llevándolo a la sepultura.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

9 de Abril del 2017. Domingo de Ramos.

 

Pareciera contradictoria esta celebración en que estamos ahora participando. Hemos comenzado con palmas y ramos de olivos recibiendo a Cristo Jesús y acabamos de escuchar un grito desgarrador: "¡crucifícalo! ¡crucifícalo! Llevando a Jesús a la Cruz, llevándolo a la sepultura. Pero no, nuestra celebración tiene un sentido: esta "pasión" que acabamos de escuchar, esta tragedia que se nos ha narrado, tiene un sentido y una importancia suprema para todos nosotros, porque todos nosotros, tarde o temprano, nos encontramos con el dolor, el sufrimiento, la desesperación y necesitamos no una teoría, no un concepto, sino necesitamos a alguien que nos lleve de la mano para enfrentarnos a esa situación de dolor y de sufrimiento.

Por eso Cristo quiere que lo aceptemos como compañero, quiere que lo recibamos en nuestra vida. Él se ofrece para llevarnos por este túnel que parece no tener salida; así lo creía aquel ateo famoso, Albert Camus, que viendo cómo un vehículo atropellaba a un niño y la madre desesperada se echaba sobre el niño ya sin vida, decía: "miren, el cielo no ve nada". Pareciera el grito de Jesús que se siente desesperado. "¿Padre por qué me has abandonado?". Como si sintiera que el Señor ya no estaba ahí con él, pero Jesús vence esa desesperación con una palabra de confianza, con un grito de entrega: "en tus manos encomiendo mi espíritu". Sólo Jesús, nos puede enfrentar al dolor y a la muerte que, tarde o temprano, llegarán a nuestra vida, por eso es tan importante que nosotros nos detengamos ante este núcleo del Evangelio.
Los Evangelios así nacen: narrando la pasión y la resurrección de Jesús, es el núcleo central y primero de la Buena Nueva, todo lo demás viene después como introducción, los dichos y prodigios de Jesús, las narraciones de la infancia, etc. Nos encontramos ante el núcleo más importante del evangelio, la pasión de Jesús, y esta pasión nos descubrirá el amor más grande que jamás hayamos experimentado, será el amor grande que nos llevará a enfrentar esas situaciones tan dolorosas por las cuales a veces atravesamos o siempre tendremos que atravesar.

Recuerdo cómo siendo asesor de un grupo juvenil, uno de los jóvenes es herido por una bala y queda paralítico. Un joven alegre que andaba de fiesta en fiesta, al que parecía que todo le sonreía en la vida, y de pronto, una bala lo deja sin movimiento. No quería yo visitarlo ¿porque, qué le podría decir yo a un joven así? Sin embargo un día me animé, voy a su casa y lo encuentro gozoso, alegre; le dije: 'no finjas, expresa todo lo que traes dentro'. Me dijo: "estoy feliz"; le dije: 'no puede ser, yo te conocí antes'. Me confesó: "no encontraba el sentido de mi vida, por eso andaba de fiesta en fiesta, andaba de pecado en pecado y nada me satisfacía; ahora he encontrado el sentido de mi vida". Pareciera absurdo un relato así, pero Jesús nos puede llevar a encontrarle sentido a ese dolor, a ese sufrimiento que ciertamente encontraremos en la vida, por eso tenemos que aceptarle a Jesús esa invitación de que sea nuestro compañero de camino, que él nos lleve de la mano para cuando nos enfrentemos a estas situaciones.

Que estos ramos, que estas palmas, sean un símbolo de nuestra aceptación a él. Cristo quiere invitarnos no solamente a que contemplemos lo que sucedió hace 20 siglos, Cristo nos quiere llevar a que vivamos su pasión, esa pasión que no es un caso cerrado, no es un juicio que terminó, no es un expediente clausurado. No, Cristo sigue padeciendo, sigue sufriendo en sus miembros, se sigue completando la pasión de Cristo en tantos y tantos hermanos nuestros que sufren hambre, que sufren persecución por la justicia, que sufren en la cárcel, que sufren cualquier otro "dolor" o contradicción. Cristo sigue padeciendo, sigue padeciendo en cada uno de sus miembros.

Hermanos, hermanas, nosotros hemos escuchado lo que pasó hace 20 siglos, pero eso mismo puede estar sucediendo ahora. Contemplar esta pasión como aquél que está viendo desde lejos, viendo a ver qué pasa, viendo a ver en qué termina esto, celebrar la pasión solamente como espectador, puede ser peligroso. Cuando la pasión se nos presenta simplemente como un espectáculo que vamos a ver, podemos tomar esa actitud de quedarnos afuera, de tener solamente un sentimiento pero desde lejos, como aquel discípulo que contemplaba y estaba viendo a ver qué sucedía; podemos estar tomando el papel de aquellos que llevaron a Jesús al sufrimiento de la cruz, al tormento, con nuestras decisiones, con nuestras actitudes, con nuestros comportamientos ante los demás hermanos, con decisiones perversas, podemos estar llevando nuevamente a Cristo al sufrimiento, a la cruz; pero también podemos estar como aquel que se lava las manos, como aquel que simplemente está tomando decisiones, por debilidad, o no está tomando decisiones ante un Jesús que pasa delante de nosotros, sufriendo, perseguido, crucificado.

La pasión de Jesús nos tiene que llevar a enfrentarnos al dolor y al sufrimiento, acompañados por aquel que sufrió lo más profundo del dolor, que aceptó la situación más terrible que puede tener el ser humano, o como decimos, "que descendió a los infiernos". Ciertamente todos necesitamos de ese compañero de camino, por eso este domingo es tan significativo. Aceptemos a Cristo Jesús, porque él viene a ofrecerse, y él quiere hacerse presente nuevamente en medio de nosotros y acompañarnos en ese camino de sufrimiento; pero también aceptemos esa invitación de Cristo a tomar una actitud, una decisión ante la misión de Cristo, porque quizá somos nosotros los que lo estamos llevando nuevamente, en sus miembros, al dolor y al sufrimiento, quizá simplemente no estamos participando por debilidad, quizá solamente somos espectadores.

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