V Domingo del Tiempo de Cuaresma, 2 de Abril del 2017

El camino hacia la pascua que recorremos año con año en la cuaresma ha sido, particularmente a través de los últimos tres domingos, incluyéndose éste, un camino bautismal a través de la escucha y consideración de los textos del Evangelio de San Juan.

 

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

2 de Abril del 2017. V Domingo del Tiempo de Cuaresma.

 

El camino hacia la pascua que recorremos año con año en la cuaresma ha sido, particularmente a través de los últimos tres domingos, incluyéndose éste, un camino bautismal a través de la escucha y consideración de los textos del Evangelio de San Juan. Recordemos que en el tercer domingo de esta cuaresma escuchamos el pasaje del encuentro de Jesús con la mujer samaritana –el agua viva que sacia toda sed-; en el cuarto, el pasaje de la curación del ciego de nacimiento –la luz que ilumina y hace ver desde la fe- y en el domingo de hoy –quinto y último domingo del tiempo cuaresmal- la resurrección de Lázaro que es una señal anticipada de la única y verdadera resurrección que es la de Cristo mismo.

El evangelista San Juan lo que ha hecho es narrarnos acciones transformantes, verdaderas “buenas noticias”, que más allá de aparecer como obras prodigiosas de Jesús, encierran un profundo significado: nos revelan a la persona misma del Señor como potador de un nuevo orden de cosas que supera a las instituciones y creencias de ese entonces y de todos los tiempos y da respuesta a los anhelos profundos de las personas y de la sociedad misma. El sacramento del bautismo, que renovaremos el Sábado Santo y el Domingo de Pascua, es el sacramento de la fe en el Resucitado, es el sacramento que nos hace tener parte en esa vida nueva que es Cristo.

Nuevamente el prefacio de esta misa dominical nos da el resumen del mensaje central de las lecturas que hemos escuchado: “Cristo, Nuestro Señor, como verdadero hombre lloró la muerte de su amigo Lázaro y como verdadero Dios, lo hizo salir vivo del sepulcro, se ha compadecido de todos los hombres y por medio de sus sacramentos, nos hace pasar de la muerte a la vida”.

“Señor, tu amigo está enfermo”. Es una frase que por sí misma nos debería llevar a reflexionar en uno de los títulos más sugestivos y más reales de Cristo: el de Amigo. Así lo atestigua San Juan cuando nos dice: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Y los judíos exclaman al ver a Cristo llorar ante la muerte de Lázaro: “Mirad cómo le amaba”. Como a verdadero hombre que es no le podía faltar a Jesús esa dimensión humanísima de la amistad. Así lo constataron sus contemporáneos, así lo experimenta todo aquel que de verdad se encuentra con Jesucristo vivo, ya que Él sigue brindando su amistad a todos, incluso cuando le volvemos la espalda. Al mismísimo Judas le dice: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?” Es verdad que para que haya amistad se requieren dos corazones que de verdad se amen. Jesús es siempre un Sí. Su corazón siempre está abierto para el que lo quiera aceptar. Lo peor que podríamos pensar es que nuestra maldad es más grande que el amor con que Cristo nos ama.

Pero si es importante y sugestivo el título de amigo, lo es más todavía el título de “Vida” que Jesús se da a sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Vivir, ha sido y seguirá siendo, la máxima aspiración de todo ser humano: Vivir lo más y lo mejor posible. Por esto nos debemos alegrar del auténtico progreso médico que aleja de nuestras fronteras la enfermedad y el dolor. Sin embargo sabemos que a pesar de las victorias conseguidas, la muerte y el dolor siguen inexorablemente en el horizonte de toda vida humana. El mismo Marx frente a la muerte tuvo esta triste afirmación de impotencia: “La muerte es el tributo que el individuo debe pagar a la especie”. Ante la muerte, sólo Jesús se ha atrevido a decir con los hechos una palabra de triunfo: “Muerte, ¿dónde está tu victoria?” La narración de la resurrección de Lázaro, es sólo un símbolo y un anuncio de la verdadera resurrección de Cristo que celebraremos en la Semana Santa.

Este es el gran acontecimiento que celebramos en nuestras asambleas dominicales: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección". Antes de entrar a la oscuridad de la pasión y muerte en las celebraciones de Semana Santa, Jesucristo quiere manifestarnos anticipadamente, a través de este milagro de Lázaro, el significado de su muerte y resurrección. Lázaro muerto, es el símbolo de la humanidad muerta por el pecado. Lázaro resucitado por el poder de Jesucristo es el anuncio de aquello que nos sucederá a nosotros si nos dejamos amar por Él y si aceptamos en nosotros el poder de dar vida que el Padre le ha dado a su Hijo Jesucristo. Aquello que sucedió ante la tumba de Lázaro fue un signo, fue el principio de un milagro que Jesús sigue realizando hoy en la Iglesia y en el Mundo. Cristo gimió y lloró de compasión y de amor por mí en el día de mi bautismo, al pasarme de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz; Cristo sigue gimiendo y llorando de compasión y de amor por mí cada vez que su perdón arranca mis pecados y me da vida nueva.

Lo que nos sucede a nivel personal e individual también puede suceder a nivel social, nuestra sociedad es un organismo viviente, un cuerpo llamado por Dios a vivir y a dar vida, pero por múltiples razones las sociedades e instituciones también se enferman y les llega la muerte y nos dan ganas de exclamar ante Jesús lo mismo que Marta y María las hermanas de Lázaro: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Pero el Señor no está en muchas de nuestras realidades humanas y la muerte llega.

Es duro aceptar que la realidad de la muerte se haga presente en tantas cosas que tanto amamos, y quisiéramos que no fuera cierto, o al menos quisiéramos no escuchar el grito de Jesús ante el sepulcro: “quiten la loza”, porque tendríamos que responder como Marta la hermana del que había muerto: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Y de verdad huele mal el aire que hemos contaminado; huelen mal las aguas negras que nos circundan y nos exponen a todo tipo de infecciones; los basureros con desechos tóxicos que vamos acumulando despiden olores fétidos. Pero además hay otras muchas realidades nuestras que huelen mal, como la violencia creciente, la mentira institucionalizada, la pobreza no reconocida, la mujer instrumentalizada, y para colmo de males comenzamos a sentir la putrefacción de una campaña que intenta justificar la muerte de los inocentes en el vientre materno y la eliminación de los ancianos improductivos y de los niños con malformaciones por medio de la eutanasia.

Ni Jesús, ni la Iglesia, dan el grito de, “quiten la loza”, para que los presentes perciban los malos olores, sino para dar vida: “¡Lázaro, sal de ahí!... Desátenlo, para que pueda andar”. Nuestro Dios, no es un Dios de muertos, sino un Dios de vivos, un Dios que da vida. “Yo mismo abriré sus sepulcros y los haré salir de ellos”, dice el Señor, por boca del profeta Ezequiel... ¿De qué sepulcros se trata? ....San Pablo responde: “de la forma desordenada y egoísta de vivir”... Por esto, el cristiano debe estar secundando siempre los proyectos que dan vida, las iniciativas que dignifican la vida, a las autoridades que promueven y organizan las comunidades para alcanzar un mejor nivel de vida. La cuaresma culmina celebrando la resurrección, celebrando la vida.

 

 

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