II Domingo del Tiempo de Cuaresma, 12 de Marzo del 2017

La contemplación de la Transfiguración del Señor, transmitida y conservada por los tres primeros evangelistas, es muy sugerente para el tiempo cuaresmal en donde nos preparamos a vivir con mayor intensidad la muerte y la resurrección de Cristo.

 

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

12 de Marzo del 2017. II Domingo del Tiempo de Cuaresma.



La contemplación de la Transfiguración del Señor, transmitida y conservada por los tres primeros evangelistas, es muy sugerente para el tiempo cuaresmal en donde nos preparamos a vivir con mayor intensidad la muerte y la resurrección de Cristo. Jesús, flanqueado por Moisés y Elías, aparece como el nuevo legislador y el máximo de los profetas. Su rostro bañado por el sol y su figura nimbada de luz nos hablan de Cristo como la verdad luminosa, como el Maestro superior a todos los personajes del Antiguo Testamento. Los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, son envueltos por una gloria y una paz indescriptibles en donde desaparecen las dudas, las fatigas y las angustias y experimentan una alegría, seguridad y entusiasmo que los lleva a exclamar en voz de Pedro: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Pero, después de la manifestación, Jesús se acercó a sus discípulos, los tocó y les dijo: “Levántense” y bajaron del monte a encontrarse con los demás apóstoles, la multitud y con la dureza de la vida diaria.

Esta experiencia, tarde o temprano, todos de alguna manera la tenemos. Hay momentos en que, sin saber porqué, experimentamos una gran paz, vemos con claridad el sentido de la vida, nos sentimos felices y contentos de lo que hemos logrado y las dificultades y problemas nos parecen irrelevantes. La vida nos parece bella y exclamamos también nosotros: “¡Qué bueno sería quedarnos aquí!”. Mas de repente comienzan a llegar a nuestra vida las enfermedades, las contradicciones, los fracasos, las traiciones, los accidentes y hasta la muerte de los seres más queridos. Esta experiencia llega a todo ser humano, creyente o no creyente, bueno o malo, sabio o ignorante; la única diferencia que existe es la actitud que se tiene ante los acontecimientos. El discípulo baja con Jesús del Tabor, es guiado por la fe en la voz de Dios Padre que ha dicho: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. El que no tiene fe se queda en la oscuridad después del Tabor, no sabe como explicarse los acontecimientos, no los puede ver a la luz de la resurrección.

La vida de Abraham es un ejemplo claro de alguien que se deja iluminar por la luz de la fe, es un ejemplo claro de como la fe nos conduce por caminos que jamás habíamos imaginado. Cuando Abraham estaba ya instalado, felizmente casado, trabajando para realizar los sueños de su vida de tener numerosos hijos, verse rodeado por los hijos de sus hijos, contar numerosos rebaños con pastos abundantes, poseer una tierra para repartir a sus descendientes, llega de pronto la voz del Señor: “Deja tu patria, deja tu parentela y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te mostraré”. Esta voz misteriosa pudo parecerle a Abraham, en un primer momento, como un mandato caprichoso y doloroso de parte de Dios. Pero, “Abraham partió, como se lo había ordenado el Señor”, porque supo creerle a su Dios, supo confiar en que aquello que le prometía, de alguna manera, se lo cumpliría a pesar de que las apariencias dijeran todo lo contrario: “Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tu mismo serás una bendición... en ti serán benditos todos los pueblos de la tierra”. Este pastor caldeo, de hace cuatro mil años, sigue siendo un ejemplo plástico de fe, por esto lo seguimos proclamando en varias religiones, “nuestro padre en la fe”.

Si no queremos quedarnos en puras palabras y en buenas intenciones, huyendo de nosotros mismos y de la invitación que Cristo nos hace para hacernos misioneros y proclamadores del Evangelio, escuchemos, en esta cuaresma, la voz del Señor que nos llama a un encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad. Hoy se oyen muchas voces, se hacen muchas invitaciones, se presentan muchos proyectos, y que bueno que oigamos a todos aquellos que tienen algo que enseñarnos para nuestro progreso humano: historiadores, sociólogos, filósofos, literatos, artistas, tecnócratas, economistas, políticos... Pero, por encima de todos, escuchemos a Jesús, el Maestro infalible, la Luz de las gentes, el Camino que nos conduce a la vida. Sólo Él tiene palabras de vida eterna. Hagamos un silencio en nuestra vida y escuchemos su voz que nos invita a proclamar La Palabra que salva, su proyecto de vida, la Buena Nueva que puede cambiar nuestro mundo. Abraham supo escuchar la voz del Señor y en él fueron bendecidos todos los pueblos de la tierra. Jesucristo, segundo Adán, obedeció a Dios su Padre y por su obediencia todos nosotros hemos recibido la salvación. Si hoy escuchamos la voz del Señor y proclamamos su plan de salvación, muchos, por nuestro medio, recibirán liberación, vida nueva, salvación.

 

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