IV Domingo del Tiempo Ordinario, 29 de Enero del 2017

Ordinariamente cuando escuchamos Las Bienaventuranzas, con mucha razón, nos detenemos en la primera, digo que con mucha razón, ya que en “Bienaventurados los pobres de espíritu” de alguna manera están contenidas las siete restantes.



Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

29 de Enero del 2017, IV Domingo del Tiempo Ordinario.

Ordinariamente cuando escuchamos Las Bienaventuranzas, con mucha razón, nos detenemos en la primera, digo que con mucha razón, ya que en “Bienaventurados los pobres de espíritu” de alguna manera están contenidas las siete restantes. Pero cada una de las Bienaventuranzas tiene su propio contenido y su propia fuerza, por ello, hoy quisiera invitarlos a meditar un poco la Bienaventuranza de la paz: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios”. Esta sentencia de Jesús nos confronta fuertemente a los cristianos ante la violencia y la lucha de clases que tanto han permeado en nuestro ambiente. Los esfuerzos de algunos estudiosos para hacer aparecer a Jesús como un revolucionario violento han fracasado totalmente ya que no han encontrado fundamento. El rechazo a la violencia por parte de Jesús fue total en su actitud y en sus palabras. Las invitaciones, inclusive de sus propios discípulos, para que Jesús tomara una actitud violenta no fueron pocas ya que La Palestina estaba invadida de intentos de revuelta zelota contra las clases ricas y contra la dominación romana, pero Jesús rechazó decididamente toda invitación en este sentido, huyendo de las multitudes cuando querían proclamarlo rey o cabeza de un movimiento de resistencia armada.

Sin embargo debemos precisar, diciendo que Jesús rechazó la violencia en todas sus formas, no solamente rechazó la violencia del que recibe la bofetada en la mejilla, invitándolo a poner la otra, sino también rechazó la violencia del que da la bofetada, rechazó la violencia institucionalizada, la violencia de aquellos que humillan y explotan a los demás, la violencia de aquellos que dan sentencias injustas, la violencia de aquellos que imponen cargas que ellos mismos no pueden soportar, de aquellos que difaman y destrozan la vida de los demás, de aquellos que matan al inocente por agradar a los invitados y a la bailarina. A estas alturas, algunos de ustedes ya estarán pensando, entonces, ¿Cómo se explican esos pasajes evangélicos en donde Jesús arroja a los vendedores del templo, sus sentencias tan fuertes contra los escribas y fariseos hipócritas, su afirmación rotunda de que no ha venido a traer la paz sino la guerra? Para responder, con honestidad y claridad, es necesario decir que Jesús con su pacifismo, jamás pretendió inculcar en el corazón del hombre la pasividad y la resignación humillante ante las injusticias. El pacifismo de Jesús jamás se podrá invocar para defender los atropellos contra la dignidad humana o para justificar el inmovilismo que impide el progreso y el desarrollo de los pueblos, ya que si alguna palabra es clave en los evangelios, esa es “la conversión”, que invita al cambio, a la transformación, a la renovación de las personas y de la comunidad.

Los cambios y las trasformaciones que Jesús propugna no se dan con el odio y la violencia, sino con el amor y la paz. Las luchas que Cristo viene a impulsar no son “contra” alguien, sino en “favor” de los más pobres y excluidos de este mundo. Yo sé que muchas de las denuncias cristianas contra la violencia, la corrupción y la mentira, algunos las quisieran convertir en luchas estériles contra los que consideran sus adversarios, en lugar de luchar en favor de la paz, la honradez y la verdad, que pueden crear progreso y desarrollo para México y el continente. Si los cambios que se dan en nuestro mundo son pocos y lentos, es porque el amor es pobre en nuestras relaciones y son pocos los constructores de la paz. El odio y la violencia siempre nos llevarán a la destrucción y al retroceso, el amor y la paz son camino de cambios reales e irreversibles, no sólo a nivel de estructuras, sino de conciencias y personas. Es incuestionable que el amor y la paz, proclamados por Cristo, han beneficiado mucho más a las personas y a la humanidad que las revueltas de los zelotas, las guerras civiles y la lucha de clases. Es claro que en nuestros días el pueblo mexicano lo que está esperando son propuestas de progreso y no enfrentamientos inútiles, proyectos incluyentes y participativos y no protagonismos pasajeros, programas productivos y creadores de riqueza y no el reparto de amargura y de desesperanza.

La Bienaventuranza de la paz, lo mismo que las demás, es difícil de aceptar. Todos queremos la paz, pero nos cuesta trabajo recorrer los caminos que a ella conducen, nos cuesta trabajo aceptar los criterios de Cristo, no es fácil ser constructores de la paz. Reconozcamos que necesitamos cambiar y que este cambio sólo se puede dar si abrimos nuestro corazón al Príncipe de la Paz, Jesucristo nuestro Señor. Hagamos nuestra la oración eucarística que cada domingo recitamos: “Señor nuestro Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz les dejo, mi paz les doy, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédenos la paz y la unidad”.

 

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