XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, 30 de Octubre de 2016

 Al escuchar las palabras del Santo Evangelio: "....Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa", San Lucas nos permite profundizar en la persona de Jesús, en su amor misericordioso, llegar a la profundidad de su acción salvadora hacia el pecador, transformando su vida y su casa.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

30 de Octubre de 2016, XXXI Domingo del Tiempo Ordinario.

Al escuchar las palabras del Santo Evangelio: "....Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa", San Lucas nos permite profundizar en la persona de Jesús, en su amor misericordioso, llegar a la profundidad de su acción salvadora hacia el pecador, transformando su vida y su casa. Jesús se acerca y apuesta por el hombre pecador, confía en la capacidad del ser humano de convertirse, de cambiar de vida. Aquí radica la Buena Noticia para nosotros, especialmente en una cultura donde se trata de implantar que la persona que ha actuado mal en su vida ya no tiene remedio. El Evangelio nos muestra que siempre puede haber una transformación radical en el corazón humano tan sólo con aceptar la persona de Jesús y su mensaje de conversión.

Zaqueo acepta el riesgo de tener bajo su techo a Jesús y estando ya en casa Zaqueo exterioriza su conversión radical exclamando: "...Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien le restituiré cuatro veces más". Zaqueo acepta gozosamente dejarse literalmente vaciar la casa. Antes, su hogar era el lugar donde acumulaba, juntaba tantas cosas para garantizarse la vida. Ahora, que ha encontrado a Cristo, esas cosas le parecen superfluas, ridículamente insuficientes, y hasta estorbosas. Su seguridad ya no depende de los bienes acumulados, a partir de esta visita, todo esta centrado en Jesús. En la casa de Zaqueo, y en su vida, ahora hay espacio para acoger, espacio sobre todo, para vivir la presencia de Cristo.

El Evangelio de san Lucas nos dice que "hoy" es la cita decisiva con la Salvación de Dios. A todas luces, el encuentro de Zaqueo con Jesús fue un acontecimiento transformador. Por eso Jesús no puede menos de comentar: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa". Pero este "hoy" que pronuncia Cristo es real, no sólo una palabra de adorno, se trata del "hoy de Dios", la salvación de lo que estaba perdido, la buena nueva de liberación para los débiles, para los enfermos y pecadores, ha llegado; la promesa mesiánica se ha cumplido. Así se hace efectiva la compasión amorosa del Dios de la vida, que proclama la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría. No hay duda, Jesús ha introducido "el Hoy de Dios" en nuestra Historia Humana, ya no más promesas, de ahora en adelante, la salvación ha llegado para transformar el corazón de la humanidad: todo tiene solución a partir de Cristo Jesús.

Hermanos, Hermanas, pasado mañana celebraremos la Fiesta de todos los Santos. En la historia de la humanidad siempre se nos han presentado ejemplos sobresalientes de hombres y mujeres que han brillado en el ejercicio del poder, en el deporte, en acumular riquezas, en el espectáculo, en el arte, o dicho de otro modo, se nos presentan a los triunfadores en las distintas actividades humanas. La Iglesia nos presenta en la pantalla de la liturgia a esos "ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de los hijos de Israel" y a ese "gentío inmenso imposible de contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua que está de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de blanco". Los santos son los que han triunfado en el arte más divino, son los que han triunfado en la competición más humana. Pero la Iglesia no nos presenta a Todos los Santos, simplemente para que los contemplemos desde nuestras butacas o graderíos, sino para que nos entusiasmemos y nos decidamos a imitarlos con la convicción de que "sí se puede ser santo".

En el Antiguo Testamento la expresión "santo" es por excelencia una definición de Dios mismo y así lo seguimos expresando en nuestras celebraciones: "Santo eres en verdad Señor", "Santo eres en verdad Padre". Pero ya en el mismo Antiguo Testamento se expresa la posibilidad de que el ser humano participe de esa santidad de Dios, es más, Dios mismo invita a los hijos de Israel: "sean santos porque yo soy santo". La vocación del Pueblo Elegido es llegar a ser "un reino de sacerdotes y un pueblo santo". La base de la organización del Nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia, es "la comunión de los santos". Ser santo, en la comunidad formada por Jesús, no es la excepción, sino la exigencia fundamental.
"Santo eres en verdad Señor, fuente de toda santidad". La multitud de santos que veneramos, admiramos y que queremos imitar, necesariamente nos llevan a la fuente misma de la santidad que es Dios, revelado en Cristo, nos llevan a meditar y a dejarnos invadir por la fórmula infalible de santidad, patentada por Jesús y practicada por los santos de ayer y hoy: Las Bienaventuranzas. Jesús, como un nuevo Moisés, desde el monte, proclama los criterios con los cuales se debe edificar la nueva comunidad, la nueva alianza. Son criterios que van al fondo del corazón humano, al fondo de la existencia cristiana, no para poner como modelo de santidad a un ser humano, sino al mismo Padre Celestial, porque "hay que ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto".

Una fiesta íntimamente ligada a la de Todos los Santos es la fiesta de nuestros Fieles Difuntos, que celebraremos el día dos. Es una fiesta de la esperanza, porque esperamos que nuestros seres queridos, que ya han muerto, tengan la vida divina, tengan la felicidad que tanto anhelaron, tengan la santidad a la que fueron llamados y que consiste, como nos dice San Juan, "en llegar a ser semejantes a Dios y a verlo tal cual es". La fiesta de los Fieles Difuntos es la fiesta de la esperanza, de la esperanza que nace de la fe en la Pascua. La muerte siempre será para nosotros un momento oscuro, una lucha, una agonía, un misterio, pero al mismo tiempo, esa muerte, la podremos ver a la luz de la resurrección de Cristo y con la seguridad de que si Cristo resucitó, también resucitaremos nosotros, porque somos miembros de su Cuerpo. Celebremos pues esta fiesta con la actitud que manifestamos en la aclamación que hacemos al terminar la Consagración: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. "Ven, Señor Jesús!"

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