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Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana
 
18 de Febrero del 2013, Primer Domingo de Cuaresma
 
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AÑO DE LA FE

Los textos litúrgicos que hemos escuchado son como una gran introducción al tema principal de toda la cuaresma, son una profesión de fe que necesariamente nos lleva al núcleo central de nuestro credo que es la Pascua, la muerte y la resurrección de Cristo. De hecho la primera lectura es un texto arcaico del "credo de Israel" conservado en el libro del Deuteronomio. Esta profesión de fe está ambientada en el contexto litúrgico de la fiesta primaveral de las primicias y está estructurada en torno a tres artículos de fe: La vocación de los patriarcas: "Mi Padre fue un arameo errante"; el don de la libertad: "El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo protector"; y el don de la tierra prometida: "Nos trajo a este país y nos dio esta tierra, que mana leche y miel". En esta profesión de fe lo que aparece con mayor claridad es que la fe en Dios es eminentemente "histórica". Dios no es una experiencia desencarnada, Dios no es una abstracción ideológica, Dios es una presencia encarnada en nuestra historia, en nuestro diario caminar.

El trozo de la Carta a los Romanos que hoy hemos escuchado es un espléndido ejemplo del más antiguo credo cristiano. Es la voz de la Iglesia que desde su nacimiento, hasta nuestros días, anuncia el centro de toda su fe, que anuncia el acontecimiento histórico decisivo de la Pascua de Cristo: "Jesús es el Señor... Dios lo resucitó de entre los muertos". El centro de la fe cristiana es la revelación de Dios en Cristo hecho hombre, muerte, historia; la fe de nuestra Iglesia se vive en la proclamación continua, "con el corazón y con la boca", de la pasión y de la glorificación de Cristo el Señor. La celebración de la Cuaresma nos lleva a vivir ese acontecimiento histórico de nuestra fe que es la Pascua, y nos lleva a que ese acontecimiento se encarne en nuestro diario caminar.

También la narración de las tentaciones de Cristo, con la que tradicionalmente se abre la celebración de la cuaresma, debe ser considerada como una profesión de fe. Es la fe de Cristo en la Palabra de Dios la que le da sentido y sobre la cual se apoyan todas las respuestas que Cristo da al tentador. Jesús pronuncia su "sí" definitivo al Padre y en Él se confía totalmente. Jesús se nos presenta como el ejemplar más luminoso de la fe bíblica, con su adhesión y su entrega plena y total al designio salvador que Dios manifiesta en la historia y por la historia. La cuaresma, por tanto, es una invitación a purificar nuestra fe y a centrarla en lo que realmente es el acontecimiento salvífico que da sentido a toda nuestra existencia en nuestro peregrinar por este mundo.

Nuestro corazón sólo se puede llenar de infinito: "Nos hiciste Señor para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti". Sólo la fe en Dios, la confianza total en su proyecto de salvación, puede iluminar nuestra existencia. En el rechazo que Cristo hace a las tentaciones no podremos encontrar ningún desprecio a las realidades terrenas, pero sí encontraremos que más allá del pan, del poder y del prodigio, debemos buscar la voluntad de Dios nuestro Padre.

Cuando hemos escuchado que "Durante cuarenta días el Espíritu fue llevando a Jesús por el desierto", sin duda alguna, hemos recordado los cuarenta años que Israel anduvo errante por el desierto. Fue éste un tiempo de prueba y a menudo de verdadera tentación, a la que el pueblo sucumbió más de una vez; pero también fue un tiempo privilegiado para encontrarse a solas con su Dios y Salvador. Cristo Jesús que "tomó sobre sí nuestro pecado", quiso experimentar nuestras tentaciones, su maligno y engañoso poder de seducción: no habiendo probado bocado durante cuarenta días, un pan al alcance de la mano debió parecerle apetecible; la posesión de este mundo que él debía llevar al Padre, deseable; y el milagro que se le propuso, muy útil para afirmar su calidad de Mesías ante el pueblo. ¿Por qué elegir el camino de la renuncia y de la cruz? Porque sólo si el grano de trigo cae en tierra produce fruto. Sólo a través de la muerte se llega a la novedad de vida.

Ante la tentación exclusivista de los bienes materiales, debemos responder como Jesús: "No sólo de pan vive el hombre". Ante la tentación de la idolatría del poder, digamos con Jesús: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás". Ante la tentación de abandonar la lucha y buscar el prodigio, reaccionemos como Jesús: "No tentarás al Señor, tu Dios". Ante el dolor y la angustia por sentirnos abandonados por Dios, exclamemos como Jesús en la cruz: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", y así toda tentación será vencida.

Todos nosotros conocemos la página triste de nuestra Iglesia, allá por los años sesenta, cuando en diversos lugares se le quiso arrebatar a nuestro pueblo la riqueza de la piedad popular. Sin duda alguna muchos de ustedes recuerdan el episodio, del cual dio cuenta la prensa, cuando en un pequeño pueblo de Oaxaca el párroco decidió cambiar la imagen venerable de un Cristo dolorido por un Cristo triunfante y glorioso. Los indígenas no sólo se encolerizaron y dejaron de ir a la iglesia sino que le prendieron fuego a su capilla y enviaron una delegación para que hablara con el Arzobispo pidiéndole que les restituyera su Cristo: "Aquel que siempre ha sufrido con nosotros". El Arzobispo los comprendió y volvió la paz a aquel pequeño pueblo. No podemos oponer muerte y resurrección. Son dos realidades inseparables. La cruz, el dolor, la muerte, la tentación, no pueden ser borrados del cristianismo. Debemos descubrir el sentido de la tentación y de la cruz y llegaremos a la gloria de la resurrección.

 

Hoy, Domingo Mundial de la Infancia Misionera, tenemos la alegría de que nos acompañen en la celebración eucarística numerosos niños y niñas a quien Juan Pablo II llamaba con cariño: "mis pequeños grandes colaboradores" en la tarea de la evangelización. ¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de vida espiritual, a veces incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés que vivió en Roma; Santa Águeda, martirizada en Sicilia; San Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo. Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y niñas entre los santos y beatos de la Iglesia. ¡Cómo no recordar a los niños mártires de Tlaxcala, ya beatificados! Y con toda seguridad todos ustedes conocen la historia de José Sánchez del Río que a los 14 años de edad muere gritando ¡Viva Cristo Rey!, durante la persecución religiosa sufrida en México bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles. El Santo Padre Juan Pablo II firmó solemnemente el decreto de su beatificación el 22 de Junio del 2004. Jesús y su Madre María eligen con frecuencia a niños y niñas para confiarles tareas de gran importancia para la vida de la Iglesia, ustedes ya estarán pensando en Bernardita de Lourdes, en los niños de la Salette y, ya en nuestro siglo en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima. Estos son sólo algunos de los universalmente conocidos, pero a diario el Señor llama a muchos niños y niñas para hacer llegar su mensaje de salvación a unos papás que están desorientados y no le encuentran sentido a su vida, a los compañeros y compañeras de escuela que no han tenido la fortuna de conocer a Cristo. Ustedes, niños y niñas, están aquí porque el Señor los ha llamado y los está enviando para que sean "Luz de Dios en nuestra gran ciudad". Bienvenidos queridos niños y niñas a ésta celebración Jubilar y siéntanse elegidos y amados de Dios, siéntanse enviados por Dios para ser "Luz de Dios, en sus familias, en su barrio, en su escuela y en nuestra gran ciudad.

 

 

 
 
Arquidiócesis Primada de México, A.R., Ciudad de México, Arzobispo Cardenal Norberto Rivera Carrera.
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