Se
sabe que estos religiosos ocuparon a su llegada una casa
de por la calle que hoy llamamos de Guatemala y don Joaquín deduce que en ese lugar se levantaría
la primera iglesia franciscana, antes de pasar en l525
a la iglesia nueva de los franciscanos, en tanto que la
iglesia mayor edificada en la plata resultaba independiente.
Es indudable que los frailes franciscos no tuvieron necesidad
de construir iglesia en la casa que habitaron: cualquiera
estancia podía servirles para ello si sabían
que más tarde se iban a trasladar a otro sitio.
Además, en el corto espacio de un año que
deben haber habitado allí, niel pudieron construir
una iglesia de la cual no conservarnos el menor rastro
en nuestra historia. Que ocuparon la iglesia mayor, es
evidente, por las citas de los cronistas franciscanos y
aun de los que no lo eran. Que se confunden las dos iglesias
en una, lo sabemos hasta por el hecho de que al hablar
de las honras fúnebres de Hernán Cortés
cuando se propaló en México la falsa noticia
de su muerte, unos dicen que se hicieron en San Francisco
y otros en la iglesia mayor.
Es lógico pensar con Vetancourt y los cronistas
que hacen una de ambas iglesias, que la iglesia mayor albergó a
los frailes franciscos mientras ellos edificaban su propio
convento; que habitarían en la casa que les dio
hospedaje en una estancia de la cual improvisarían
iglesia para su culto conventual, que administrarían
los sacramentos en la iglesia mayor, puesto que no existía
todavía ningún obispo y fray Martín
de Valencia podía ser considerado el jefe de la
religión en aquellos años. El cronista más
antiguo de nuestra Catedral, Sariñana, lo afirma
con toda certeza diciendo que al consagrar a Dios "este
nuevo y suntuoso templo" cuyo sitio ocuparon estos
insignes primitivos religiosos y lo cedieron humildes religiosos
de la observancia para que en él se edificase la
santa iglesia catedral.
Concluido el convento
de San Francisco en 1525, los franciscanos se pasan a él y dejan la vieja iglesia a los clérigos
que habitaban en la ciudad, a fin de que ellos la tengan
a su cargo.
Sea como fuere,
debemos reseñar la historia de
este edificio.
Entre los cargos
que los enemigos de Cortés le
hicieron cuando se confabularon con Nuño de Guzmán
para residenciarlo, uno de los más graves fué que
no había levantado iglesias. El cronista Herrera
afirma que el conquistador fué quien edificó la
iglesia mayor, poniendo como basas de los pilares las piedras
esculpidas del adoratorio indígena.
Cortés, verdadero hombre del Renacimiento que llegó a
proponer que no se destruyesen los templos indígenas
para conservar memoria de sus antigüedades, puede
haber descuidado por el momento la construcción
del templo, pero en la repartición de solares demuestra
que entre sus proyectos figuraba el de levantar un gran
templo para la capital de Nueva España. No sólo
trazó el primer templo de la ciudad, sino que lo
construyó. Consta que el arquitecto de la obra fué maese
Martín de Sepúlveda, que era alarife de la
ciudad de México, el 31 de marzo de l530, y que
trabajó así en la obra de la Audiencia, como
en la del acueducto que se hizo para traer el agua a la
ciudad.
La obra fué terminada por el señor :Zumárraga
con bastantes dificultades, hacia 1532.
Todavía en 1534 el obispo pide a la Corona dinero
de sus diezmos para poder hacer el coro en su Catedral
La solicitud le fué aprobada con fecha 20 de febrero
de 1534. Poseemos ahora noticia de otro arquitecto: "En
1540 el maestro de cantería, natural de Azpoitia,
Francisco de Chávez, se comprometió en
Sevilla a marchar a Méjico para hacer trazas y realizar
las obras que le ordenase el Obispo Fray Juan de Zumárraga,
aunque no se precisa en el contrato si esas obras se referían
a la catedral."
Don Joaquín García Icazbalceta, fundándose únicamente
en documentos escritos, determinó el lugar preciso
en que estaba situada esta iglesia, o sea en el ángulo
noroeste de lo que hoy llamamos atrio de la nueva iglesia;
todavía pueden verse allí algunas de las
rudas basas de los pilares ochavados con restos de relieves
indígenas en la parte baja. Las excavaciones realizadas
en la plaza para nivelar el piso permitieron a don Antonio
García Cubas verificar por medio de la sonda el
sitio exacto en que existen aún los cimientos y
reconstruir la planta. Es asombrosa la seguridad de don
Joaquín para precisar, simplemente con datos, la
ubicación del templo.
La iglesia ofrecía planta basilical, con tres naves
separadas por dos danzas de pilares ochavados de orden
toscano, con el techo central de dos aguas y los laterales
de vigas planas, lo que permitía abrir ventanas
para la nave mayor.
Debe considerarse
esta iglesia, así en su estructura
cuanto en sus detalles, como una supervivencia del arte
mudéjar; tales son las iglesias construidas en gran
parte de Andalucía hasta el siglo XV y los pilares
de sección octogonal revelan la misma ascendencia.
Esta iglesia fué considerada siempre como pequeña
e inadecuada para una ciudad tan opulenta como iba siendo
la capital de la Nueva España. Cuando, en 1554,
Cervantes de Salazar nos describe cuidadosamente cómo
era la ciudad, no puede menos de asombrarse de una catedral
tan pobre, tan baja, tan húmeda: las iglesias de
los conventos son mucho más suntuosas. Para esas
fechas se había expedido ya la cédula que
ordena construir una catedral nueva.
Hemos visto en páginas anteriores que, para la
celebración del tercer concilio, el señor
arzobispo y virrey don Pedro Moya de Contreras ordenó la
restauración de la catedral vieja. Tal medida se
ve explicada en la carta que el prelado escribió al
rey, cuya parte relativa dice así: "Por ser
la Iglesia Vieja de México muy antigua y de ruyn
mezcla acudiendo a su reparo como tengo avisado a Vuestra
Majestad, forzó su actual edificio a reedificaría
de nuevo para escudar alguna gran ruina que visiblemente
amenazaua y estando quasi acauada por descuido y ynaduertencia
del obrero mayor de no reconocer vn pilar de los viejos
sobre que cargaua la tiñera de la naue de en medio
de tres que son, se cayó y llenó tras sí otros
tres pilares y el edifficio questaua sobre ellos y fué milagro
suceder a las dore de la noche por donde no peligró nadie
ni se siguió más daño de perderse
la hechura; vise haciendo el reparo necesario y actuarse
a, la traza que se a comenzado, en dos meses, que aunque
cuesta dineros, es tan necesario lo hecho y tan a gusto
del pueblo y ornato de la plaza y ciudad, que aunque en
ello se gastase lo que Vuestra Magestad tiene aplicado
para la Iglesia nueua de dos y tres años, es muy
bien empleado y Dios y Vuestra Magestad son en ello seruidos,
y la gozarán los presentes, por que ellos ni sus
hijos no verán acauada la gran michina de la Iglesia
Nueva que se va haciendo, demás de que adelante
podrá servir de parrochia de la cathetral que será grandeza
necesaria según se va poblando y ampliando esta
ciudad."
Esa reparación constituye un capítulo notable
en los anales de la historia nuestro de arte. Figuraron
en ella los artífices más notables que existían
en el nuevo país y podemos así conocer los
nombres de todos los que colaboraron en una obra que para
esa época fué muy importante. El jefe de
la construcción, que también tenía
un cargo importante en la obra nueva, cayó de que
andamio y el golpe le privó de la vida. Llamávase
el capitán Melchor de Ávila; su sobrino Rodrigo
de Ávila le sucedió en sus puestos. La noticia,
tomada de archivos españoles, la consigna Llaguno
y se halla confirmada en los anales indígenas: en
el llamado Códice Aubin: "1584 (1 Pedernal)...
cuando cayó el mayordomo de la iglesia mayor,
Melchior Dávila, era martas, a las 7, del 12 de
diciembre de 1584".
La portada principal
de la iglesia la llaman de estilo clásico, es decir, de ese estilo purista en que,
al lado de las obras platerescas, se edificaron tantas
otras iglesias. Fué obra de los oficiales de cantería
Alonso Pablo, Juan de Arteaga y Hernán García
de Villaverde, auxiliados por el cantero Martín
Casillas. Fué tasada por Claudio de Arciniega, maestro
mayor de la obra, y Sebastián López, aparejador,
en doscientos sesenta y cuatro pesos. A la entrada de la
puerta se ve una reja de hierro agrandada por Gaspar de
los Reyes y dorada por Cristóbal de Almería.
La nave central estaba cubierta con un alfarje fabricado
por el carpintero de lo blanco Juan Salcedo de Espinosa,
y dorado por Andrés de la Concha y Francisco de
Zumaya.
Aparte de la capilla
mayor existen la del Bautisterio y la del Sacramento,
y, además, la del Santo Crucifijo.
Ocupando dos intervalos
entre los pilares, a los pies del templo se halla el
coro. Su sillería es suntuosísima:
goza de cuarenta y ocho asientos para los canónigos
y aparte el del arzobispo. Todos están tallados
en madera de ayacahuite y fueron obra del ensamblador flamenco
Adrián Suster y del escultor Juan Montado. Su estilo
debe haber sido renacentista, de coluranillas abalaustradas,
y los motivos característicos de esa época.
El retablo mayor
fué obra de Andrés de la
Concha y ostentaba seis lienzos de pintura debidos a Simón
Pereyns.
Además de este retablo existían
otros dos con cuadros importantes, algunos de los cuales
pasaron a la catedral nueva.
En 1601 y 1602 tenemos
otra reparación del vetusto
templo: nuestros datos no son completos, pero sabemos que
en el primero de dichos años fue cambiado de lagar
el coro, trasladando la sillería. Los artistas que
intervinieron en ello fueron el arquitecto Alonso Arias
y el ensamblador Adrián Suster que había
sido, como hemos visto, coautor con Juan Montado de dicha
sillería. El mismo Suster reparó en el propio
año el altar mayor e hiño una serie de barandillas
y escaleras, lo que nos hace presumir que la obra consistió en
quitar el coro del sitio que ocupaba en la nave mayor,
con objeto de dar más capacidad al templo, y trasladarlo
al ábside, armonizándolo con el altar mayor.
En 1602 Nuño Vázquez trabajó los púlpitos.
Cuando tratemos
del tesoro de la Catedral de México
habremos de referirnos a las joyas que ya desde entonces
existían en este templo primitivo.
Con estas reparaciones
la catedral vieja continuó bien
que mal prestando sus servicios durante largos años,
hasta que en 1626 fué derribada, acaso por creer
que así se activaría la obra de la catedral
nueva. Tal cosa no tuvo lugar; la construcción marchó con
una lentitud acaso mayor y el lugar en que se celebraban
los oficios divinos, en improvisada catedral, que era la
sacristía del templo nuevo, resultaba, a todas luces,
mucho más estrecho e incómodo: la destrucción
del viejo monumento había sido no sólo inútil,
sino prematura. |