La fecha señalada
para la dedicación
fué el día 22 de diciembre de 1667, porque
en ese día era el cumpleaños de la reina
Mariana de Austria. Determinóse que la procesión
saliese del templo por la puerta que mira al poniente
y tomase frente a las casas del marqués del
Valle hasta la esquina de San Francisco; de allí,
dando vuelta a la izquierda, seguirla por la plaza
mayor hasta llegar a Palacio, donde volvería
a torcer a la izquierda para caminar por la calle del
Reloj y penetrar a la iglesia por la puerta que mira
al oriente.
Las religiones cumplieron desde luego su cometido, construyendo
tablados para sus altares y levantando resplandores a
la altura necesaria para cada monumento.
El adorno de la puerta por donde
había de salir
la procesión, teniendo en cuenta que todavía
no existía la portada, se encargó a la
congregación de San Pedro, que vistió con
una exquisita colgadura de damasco de China azul claro
con cenefas de terciopelo oscuro bordadas de oro y sedas
de colores, toda la estructura. Así, dice Sariñana, "era
nueva y vistosa arquitectura de su fachada.', Sobre la
cornisa, bajo un dosel de la misma tela, se veía
la estatua de San Pedro.
Dentro del cementerio del mismo
templo se levantaba el altar de la congregación de San Felipe Neri;
su mesa estaba adornada con tres frontales de plata de
martillo y sobre ella se colocó otro de la misma
materia, de manera que el todo formaba una especie de
media pirámide; el tercer cuerpo era un cuadrado
de espejos que servía de peana a la imagen de
San Felipe, que llevaba en la diestra un corazón
de plata y en la otra mano una azucena de perlas.
Enfrente de este altar, pero todavía dentro del
cementerio, estaba el de la congregación de San
Francisco Javier. Su altar descansaba en un tablado de
tres varas de alto con un espaldar que subía otras
quince, todo él adornado con láminas y
pluma y, a los extremos, dos columnas doradas con la
inscripción Plus ultra y coronadas por ángeles
de plata de tres cuartas, con mantos y tunicelas de tela
blanca, abiertas y guarnecidas de bejuquillos de oro,
jazmines y joyas de gran precio. En el sitio del ara
lucía una estatua
del Niño Jesús
cuyo vestido se veía tachonado de piedras preciosas:
zafiros, rubíes, brillantes y perlas.
Seguían los altares de las religiones en la siguiente
forma: el primero, frente a las casas del marqués
del Valle, era el de Saneo Domingo. Medía diez
varas de ancho y diecinueve de alto. Estaba hecho de
tela blanca y de oro, con un nicho en el centro de uno
a manera de retablo; en medio se veía la imagen
de Nuestra Señora del Rosario "sobre un trono
de quatro gradas con viso y concha de plata." Su
vestido era tan rico, que sólo la corona que se
le puso para este día estaba apreciada en veinte
mil pesos. En la primera grada se alzaba una imagen de
Santo Domingo, de más de vara de alto, cincelada
en plata maciza, y más arriba se extendía
una lámina ochavada, de media vara, en que, sobre
plancha de oro, se admiraba una imagen de la Purísima,
de medio relieve, hecha de coral, con todos sus atributos
de la misma materia. Se juzgó por una de las
más preciadas alhajas que se disfrutaron en tal
día. A ambos lados, en sendas cátedras
y vestidos de damasco carmesí, peroraban Santo
Tomás de Aquino y el Beato Padre Alano de Rupe.
Los franciscanos colocaron su
altar en la esquina de la calle de San Francisco, dando
frente a la plazuela del marqués del Valle. Medía veinte varas
de alto y doce de ancho y estaba compuesto de tres paños
en forma esquifada. Todo él estaba formado de
terciopelo blanco y encarnado con galones de oro en las
junturas. En la parte más alta, bajo un baldaquino
carmesí, aparecía la Santísima Trinidad
en tres esculturas, sobre tres nubes blancas y azules,
salpicadas de oro y plata; en el centro se erguía
un trono adornado de plumas, en que reinaba la imagen
de la Asunción, obra maestra de escultura. Alrededor
de ella aparecían muchos ángeles y abajo,
ofreciendo como peana su cabeza, yacía San Francisco
sobre tres gradas de espejos, con un sayal que había
trocado su pobreza por lo más rico que produce
la América: oro, plata y perlas, y a sus pies
aparecía derribado el ídolo de Quetzalcóatl.
Los agustinos edificaron su altar
en la plaza mayor, a la mitad del tránsito que va desde la esquina
de San Francisco al real palacio. Constaba de un tablado
de diez varas de largo, ocho de ancho y una y cuarta
de alto, con su respaldo que alcanzaba catorce varas
de altura. Todo el tablado se hallaba limitado por una
balaustrada curiosamente trabajaba, con remates piramidales
en los ángulos, y sobre el tablado se imitó un
monte con sus aguas, peñas y riscos; grutas oscuras
como habitación de fieras; diversos árboles
y plantas. Corría a ambos lados un muro dividiéndose
en el centro, donde se levantó una puerta flanqueada por
dos columnas revestidas de pámpano y
coronadas con su entablamiento completo. En el claro
de la puerta, sobre un altar de tres cuerpos, se veía
la estatua de San Agustín, pintada al temple pero
con apariencia de escultura. Veíasele vestido
de religioso, con alas de ángel y encendido el
rostro en un fulgor de rayos. En una mano tenía
el escandallo y en la otra un cordel con su plomada,
símbolos de la arquitectura. En lo más
eminente del monte, a mano izquierda, se alzaba "un
templo con aparatos de ciudad" o una ciudad en forma
de templo, labrada curiosamente, coloreadas de cantería
las paredes de sus edificios, dorada la arquitectura
de sus portadas, en que se simbolizó la aplicación
del suntuosísimo templo mexicano. A la mano derecha
dd monte, el retrato del marqués de Mancera, pintado
al temple, y en otro lugar del mismo, los del rey Carlos
II y la reina dona Mariana de Austria.
Los carmelitas construyeron su
altar apoyado en la pared de Palacio con la fachada
a la calle del Reloj. Hay que notar que la obra de
Palacio no abarcaba hasta el sitio que en la actualidad
llega: faltaba todo lo que conocemos con el nombre
de puerta Mariana y patio Arista. Componíase
dicho altar de tres gradas con tres frontales de brocado
y seda; sobre la mesa del altar se levantaban otras tres
gradas, sobre las cuales descansaban seis ricos relicarios
que coronaba un águila caudal y una imagen de
San José; en la parte alta calzaban doce espejos;
en cada rayo del resplandor lucia un Agnus Dei y en la
parte más alta, obra magnifica de escultura, un
Santo Cristo. Estaba adornado el monumento con sesenta
y cuatro faroles y dieciocho blandones. Al pie del altar,
un Niño Jesús precioso.
Los mercedarios construyeron su
altar en un carro que lo pescó por las principales calles y plazas de
la ciudad, hasta el sitio que le estaba señalado,
o sea la bocacalle de la esquina del Reloj y casas arzobispales.
Las cuatro ruedas estaban ocultas con tapetes que colgaban
de los costados y parecían un zócalo del
monumento. Arriba se extendía un piso de siete
varas en cuadro y una y media de alto, cubierto con una
alfombra morisca que también Ocultaba tres gradas
de media vara de huella y una cuarta de alto, en las
que estaban distribuidos perfumadores y jarras de plata
con ramilletes de flores hechas de seda, tan bien imitadas
que engañaban a quienquiera. Arriba de las gradas
se alzaba el pavimento del altar que ofrecía por
delante un frontal de plata de martillo, a los lados
cubierto con brocado. En los ángulos y a la mitad
de este segundo pavimento se levantaban doce
columnas vestidas de carmesí con fajas de oro,
con su entablamiento completo que imitaba la arquitectura
de un templo. Sobre la mesa del altar se veían
tres gradas de ébano sobre las cuales se elevaba
una nube que formaba trono a una bellísima imagen
de la Asunción de la Virgen; el espaldar estaba
cubierto con una rica colgadura de damasco azul y oro,
orlada de plumeros. Al lado derecho, sobre dos almohadas
de terciopelo carmesí, el escudo de las armas
reales de Castilla y León y, del otro lado, las
de la religión mercedaria y de Aragón.
En el ángulo derecho del primer plano, la estatua
de San Pedro Nolasco, con su estandarte en una mano y
en la otra un curiosísimo navío de plata,
vestido de raso blanco bordado de oro. Haciéndole
pareja del otro lado, San Ramón Nonato, y en el
centro, en pie, con sitial y almohadas delante, una escultura
del rey don Carlos II que miraba reverente a la imagen
de Nuestra Señora.
La Compañía de Jesús levantó su
altar a la mitad del tránsito que va de la calle
del Reloj a la puerta oriental de la catedral. Sobre
un tablado que tenía un respaldo de doce varas
de alto y ocho de ancho colgado de damasco amarillo y
nácar, edificó "un monte de plata
en la rica curiosidad de su altar". Componíase
de tres cuerpos que se formaron con trece frontales de
plata; en el cuerpo de enmedio se alzó un trono
de cinco gradas con su espaldar, guardapolvo y cubierta,
todo de plata, en que se colocó una devota imagen
de Nuestra Señora de la Asunción. En los ángulos
exteriores del trono, que era semiexagonal, se colocaron
relicarios de ébano con cantoneras, guarniciones
y remates dorados. En el interior, contiguo al respaldo,
pirámides de plata, y en lo más alto, sobre
la cubierta del solio, una águila de plata que
coronaba todo el cuerpo central; a ambos lados lucían
estructuras terminadas en medias naranjas de plata que
remataban baldaquinos también de plata, en que
triunfaban los dos grandes personajes de la Compañía
de Jesús: San Ignacio de Loyola y San Francisco
Javier vestidos de sacerdotes "con ornamentos recamados
de relevantes fruteros y azafatas de flores de oro." En
las mesas de los altares se colocaron siete imágenes
del Niño Jesús en sus diferentes trajes
y una de ellas vestida con el hábito de la Compañía.
Estaba alumbrado el altar con cien blandones imperiales
de plata y le remataba un toldo de juncias que hacía
agradable el lugar.
El altar de los religiosos
juaninos fué erigido
entre los de Santo Domingo y San Francisco y representaba
la visión que tuvo San Juan de Dios cuando, entrando
al templo y deseando conocer el mejor camino, la Virgen
le clavó una corona de espinas.
Los Hipólitos,
benemérita religión
hospitalaria fundada en la Nueva España por el
venerable Bernardino Alvarez, levantaron su altar entre
los de San Agustín y el Carmen. En él aparecía
su patrono con un estandarte en la mano derecha, que
lucía las armas de Castilla y León y, en
la última grada de su trono, sobre un nopal,
el águila de México coronada con un copilli cubierto
de fingimos diamantes y en la grada inmediata inferior
la laguna de México fingida en un cristal tan
grande, que permitió imitar sus carrizos, su muchedumbre
de aves, sus canoas, todo en forma muy natural. Al lado
del altar aparecía un retrato de Cortés,
simbolizando que él había dominado al nuevo
país.
La portada oriental del templo
catedralicio, por donde debía entrar la procesión, estaba adornada
por cuidado de los párrocos de la ciudad. Idearon
dos vistosos montes con sus riscos, campiñas,
quiebras, collados y paisajes de montería. Sobre
la cornisa, ende grandes lienzos, se representó en
trajes e instrumentos de caza, la casa de Austria.
Finalmente, los vecinos del tránsito de la procesión,
y los comerciantes de los cajones de la plaza, adornaron
sus casas y tiendas en la mejor forma que pudieron.
El altar mayor de la iglesia estaba ornamentado a todo
lujo con las riquezas del tesoro del templo.
La ceremonia se desarrolló en
la forma que a continuación detallamos: El día
21 de diciembre se cantaron solemnemente las vísperas "cuya
noche no llegó, dice Sariñana, porque toda
la civdad en luminarias, hachas, faroles y varios artificios
de fuego, no dió lugar a sus sombras. Y aunque
no se permitieron éstos en las calles adornadas,
obviando la prudencia peligros, no menos al adorno que
al concurso, halló modo la industria con que impedidos
los riesgos luciese el fervor en artificiosos incendios,
reduciéndolos todos a la torre de la santa iglesia
que por sus quatro aspectos se artilló desde el
banco a la cúpula cuyo estremo esparció al
aire su lucido penacho de centellas en numerosos cohetes
que, naciendo de tan alto principio y buscando al impulso
de su fogosidad mayor altura, exausta en la región
la materia de sus llamas escusaron al temor todos los
sustos del riesgo." El día 22 de diciembre,
a la hora convenida, salió de palacio el virrey
acompañado de la Real Audiencia, Tribunales y
ciudad en sus respectivos coches; a la puerta de la iglesia
catedral le recibió el Cabildo eclesiástico
con las ceremonias acostumbradas y pasaron a ocupar sus
asientos. Ya se encontraba la marquesa de Mancera en
la tribuna dispuesta para la virreina, al lado del Evangelio
del altar. La misa fué cantada por el deán
doctor Juan de Poblete ayudado como diácono por
el doctor Juan de la Puerta Cortés y como subdiácono
por el licenciado Luis Francisco moreno. Oficiaban con
ornamentos de tela blanca y oro bordados de realce. El
sermón fue predicado por el doctor don Isidro
Sariñana y corre publicado en el libro de donde
tomamos todas estas noticias.
La solemne procesión tuvo lugar en la tarde;
se formaron vallas a ambos lados del recorrido, a fin
de que el tránsito se viese desembarazado . Salió a
las cuatro de la tarde; la encabezaban las cofradías
con sus estandartes, las comunidades de las religiones
con sus cruces, ministros y prestes; después seguiría
la cruz de la Santa Iglesia con el subdiácono,
continuaba el clero de la ciudad, después el Cabildo
eclesiástico que sacó en hombros hasta
la puerta la imagen de oro de la Asunción; seguía
el Cabildo secular; los jueces y oficiales reales; el
Tribunal Mayor de Cuentas; la Real Audiencia y, al último,
el virrey. La imagen de oro de la Asunción fué llevada
en hombros por cada una de las religiones en el trayecto
que separaba sus altares. Mientras la procesión
recorría su tránsito sonaba música
que suavemente alegraba el paso, y se movían danzas
agradables, entre ellas algunas de indios. Regresada
la imagen a su altar, después de haber recorrido
las calles indicadas, se cantó solemnísimamente
la salve y con eso terminó la ceremonia. |