El
pleito acerca de dichos solares duró mucho tiempo y los documentos originales
se conservan en el Archivo de Indias. El Ayuntamiento había
labrado una hilera de tiendas en los dos solares que quedaban
en el extremo poniente del terreno en que debería
construirse la Catedral. Tales tiendas limitaban por este
lado la plaza y se encontraban enfrente precisamente de las
casas de Cortés, actual Monte de Piedad. Cuando fué trazada
por primera vez la iglesia nueva, las tiendas no estorbaron
la traza puesto que ésta fué hecha de oriente
a poniente, pero cargada hacia el actual palacio; cuando
se formó la traza definitiva, de norte a sur, dichas
tiendas con sus portales fueron demolidas. Por otra parte,
la iglesia se quejaba de que en el sitio, seguramente atrás
de las tiendas, se hacía muladar y presentaba sucio
aspecto.
En el fondo existía un interés pecuniario
porque las tiendas producían buen dinero, y así vino
una transacción en que se permitía que el
Ayuntamiento las continuase explotando mediante el pago
de mil pesos al año, que la Catedral recibiría
como reconocimiento de su derecho de propiedad. Con fecha
27 de diciembre de 1555 se expidió una real cédula
ordenando se hiciese justicia a las dos partes, de manera
que ninguno recibiere agravio.
La cédula más antigua que ordena la construcción
de la catedral nueva data de 1544 y fué dada en
Valladolid, a 8 de agosto de dicho año. Esta cédula
fué obtenida por la solicitud del canónigo
don Francisco Rodríguez Santos, que iba por procurador
de la iglesia de México. En esa cédula se
ordena al virrey que luego que la reciba mande hacer la "traza
del tamaño forma e manera que ello pareciese que
conviene que se haga e platiquéis con las personas
que os pareciesen de que se podrá hacer con la autoridad
que convenga guardando las leyes por su Majestad nuevamente
hechas."
No queda ningún dato que demuestre que dicha cédula
fué cumplida, pues ocho años después
la Corona de España expidió las famosas cédulas
de 1551 y 1552.
Dice la primera
que la Corona ha sido informada que la iglesia de México es muy pequeña; que aunque
algunas veces se ha tratado de edificar una nueva y se
ha comenzado a traer piedra, no-se ha hecho; que siendo
una ciudad tan insigne y cabeza de todas las provincias,
es cosa justa y necesaria que el edificio y ornato de la
catedral sea conforme a esta dignidad; que su capacidad
sea tan amplia que pueda recibir a sus parroquianos y a
otros que a ella acudieren y que, tomando en cuenta que
la parte de diezmos aplicada por la erección a la
fábrica no es bastante, que se tomen fondos de lo
que corresponde al arzobispo, sede vacante, hasta que Su
Santidad por presentación del rey proveyere dicha
dignidad, en dos tercios de lo que montaren, guardando
el resto para el sucesor y concluye: "Yo vos encargo
y mando que luego que la reciváys se las agáys
entregar y proneáys cómo con toda breuedad
se entienda en lo que por ella se manda, e que se dé en
el edificio de la dicha Iglesia toda la priessa que ser
pueda, pues veys cuánto delio Dios Nuestro Señor
será seruido: e para que mejor se haga y con más
presteza daréys para ello todo el calor y fauor
que fuesse necessario, que en ello seremos de vos muy servidos."
Con el nombramiento
del señor Montúfer para
el arzobispado, el efecto de la cédula anterior
prácticamente se nulificaba. Además, cualquiera
puede darse cuenta de que los arbitrios que dicha cédula
ordena se pongan al servicio de la fábrica nueva
eran de todo punto insuficientes. Por eso, un año
más tarde, el 28 de agosto de 1552, fué expedida
en Monzón la famosa cédula que ordena edificar
la catedral de México como "convenga para
que el culto divino sea en ella honrado y venerado como
es razón" y al mismo tiempo dispone que el
costo de la catedral en su nueva obra se divida en tres
partes entre la Corona, los encomenderos y los indios del
arzobispado, en la inteligencia de que el rey debería
ser considerado como encomendero por aquellos pueblos que
estuviesen en la Corona. También deberían
contribuir para la obra los españoles acomodados.
aunque no tuviesen indios, y lo que ellos dieren debería
ser descontado a los encomenderos y a los indios. Una posdata
aclara que el moneo de lo que se recogiese en la forma
indicada debería ser lo que faltase de lo que se
hubiese recogido de la sede vacante conforme a la cédula
de 1 s s 1 para completar el costo de la nueva iglesia,
teniendo en cuenta también lo que por la erección
estaba asignado a la fábrica. Es decir, no se recaudaba
el costo total, sino se completaba para poder terminar
el edificio. Por otra parte, hay que pensar que si no se
tenía un presupuesto formado era bien difícil
calcular lo que debía colectarse. De hecho, esta
colecta continuó durante muchos años, aún
después de concluida la fábrica, sobre todo
por lo que respecta a los indios.
En cumplimiento
de tales órdenes el arzobispo Montúfar,
de acuerdo con el virrey, decidió dar principio
a la obra: con fecha 1S de diciembre de 1554 el señor
Montúfer escribía al Consejo dando cuenta
de sus propósitos: "Muy poderoso señor:
Con el ayuda de Dios Nuestro Señor el señor
visorrey y yo queremos comenzar la iglesia. La traza que
se ha elegido de mejor parecer es la de Sevilla porque
S. M. por su real cédula manda que se haga muy suntuosa
como a ciudad y yglesia metropolitana conviene. Yo envío
la traza allá para que V. M. la vea; tengo concertado
que se comience por la cabecera un pedazo que se puede
hacer en 10 o 12 años, sin tocar a la yglesia que
agora tenemos." Dice que puesto que la catedral quedará en
una isleta que cercan cuatro calles principales y en la
tierra no hay fortaleza, pueden levantarse en las esquinas
cuatro torres para que d templo quede dentro de su claustro.
Se trataba, pues, de un proyecto semejante al del Escorial,
aunque sin tantos departamentos que en aquel son necesarios
para el monasterio. A causa de esta idea del señor
Montalar, ha habido quien supone que la Catedral iba a
tener cuatro torres. En realidad las torres no iban a estar
en los ángulos del edificio, sino de una cerca que
limitaría al monumento, a manera de fortaleza.
Es seguro que la
primitiva traza de la catedral se hizo de acuerdo con
este plan, pues al efectuar las reparaciones recientemente,
los arquitectos de la Dirección de
Bienes Nacionales encontraron los cimientos desplantados
en forma que se levantaban otras dos naves a los lados
de las centrales, por lo que la iglesia se asemejaba a
la catedral de Sevilla que, como es bien sabido, consta
de siete naves.
Tan gran esfuerzo
de levantar un templo que había
de ser de los mayores del mundo, fracasó. Poco a
poco el señor Montúlar se dió cuenta
de las dificultades que habla de encontrar y así,
cuatro años más tarde, el 18 de septiembre
de 1558, se dirige nuevamente al Consejo rectificando su
carta anterior con razones muy poderosas: "Como recién
venido que no sabia las cosas desea tierra di así mi
parecer conformándome con ::mi cabildo (que la iglesia
se hiciese como la de Sevilla) después allá se
ha visto que hay grandes inconuenientes para facerse así,
lo uno porque la iglesia ha de yr fundada toda en agua
a la rodilla, que saben sale (sic, acaso, sobre) el agua
de la laguna no puede haber cimiento muy fijo para que
suba la obra tanto como la de Seuilla." Con un proyecto
tan excesivo, el gasto para la cimentación seria
elevadísimo. Con los veinte mil ducados de Castilla
a que según el arzobispo debería montar cada
ano lo que se recabase de fondos, no se trabajaría
en México en un año lo que con mil en Castilla,
por la escasez de materiales y herramientas y la inferioridad
del peón indígena comparado con el español,
y así concluye que una catedral como la de Sevilla
tardaría en acabarse cien o doscientos años.
El final de la carta dice así: "Por tanto me
parece y así lo he con(sul) tatado con vuestro visorrey
que bastará para esta ciudad una Iglesia como la
de Segovia o Salamanca que se podrá hacer en veinte
o treinta años y son muy bastantes y de harta auctoridad,
y assí le paresse a vto. Visorrey, y de esta manera
se dará remedio al gasto tan excesivo, que, verdaderamente,
si la traza de Seuilla se ha de tomar, para solos los cimientos
creo yo y todos no bastan las minas desta tierra y caña
de V. M. Si assí parece a V. Al. mándenos
enviar la traza que fuese servido y algún buen maestro
que acá no lo ay. Y mándese a nuestro solicitador
y de nuestra Iglesia, Juan Rubio, que lo busque y envíe
acá con las trazas que a V. Al. pareciere y mandare."
No parece seguro
que la Corte haya accedido a la petición
del señor Montúfar, pues la planta de la
Catedral, aunque tiene semejanzas con la de las catedrales
que propone como modelo, se relaciona más cercanamente
con la de Jaén, según observa Angulo. En
cuanto al arquitecto de la obra está probado que
fué Claudio de Arciniega, que desde 1555 se encontraba
en México y fué el autor, un año más
tarde, del famoso túmulo imperial, como se ve en
el libro de Francisco Cervantes de Salazar que lleva igual
titulo.
La parte administrativa
de la obra se llevaba a cabo con cierta actividad: el
14 de octubre de 1556 nombró el
virrey a Juan de Cuenca para que averiguase cuánto
montaban los fondos recolectados. Es posible que haya habido
rumores de malversación, pues el 7 de septiembre
anterior el Ayuntamiento dispuso "que se tome en cuenta
para la fábrica de la santa yglesia de México
en especial de lo que rrenta ordinariamente e lo que se
dió en limosna e mandas para el edificio della mandaren
se pita y se dé cuenta de codo." Juan de Cuenca
presentó un extenso memorial dando cuenta de la
cantidad a que debían montar los fondos, de lo que
se había recogido, suma muy inferior a la que la
obra debía tener por derecho. Informa a seguidas
de los doce mil ducados que se repartieron por tercios
en cumplimiento de la cédula real. Este impuesto
se comenzó a recoger desde el 1° de septiembre
de 1557. Y vienen a continuación los descargos por
el dinero gastado, lo que nos permite conocer el estado
de la obra; habla en primer lugar de diversas compras:
canoas para traer la piedra, herramientas, cal, madera,
y después dice: "Y hanse cercado la mayor parte
dc los solares de la iglesia como vuestra Señoría
Ilustrísima ha visto y en ello al cabo se hace una
casa, desviada de donde se han de sacar los arriendos principales,
la cual es para que en los bajos estén a recaudo
las herramientas y cal, y en los altos vivan los maestros
y gente y esclavos de la obra y en todo lo demás,
cercado, haya obradores de carpintería y cantería
y esté guardada dentro de lo cercado la piedra menuda
y... cal y madera..." Hasta la fecha del informe,
que es el 21 de septiembre de 1558, se hablan gastado en
la obra cuatro mil ciento treinta y cuatro pesos cincuenta
y ocho granos de oro común. El informe termina dando
cuenta de otra importante providencia para facilitar la
obra: se abrió una acequia desde Ixtapalapa a la
laguna que comunicaba dicho pueblo con la plaza de México
por agua. Así se podía transportar fácilmente
la piedra necesaria a menos costo. La paga a los naturales
por esta obra se iba a hacer, según allí se
dice, en la propia semana en que escribe, en que se acabará del
todo dicha acequia.
Parece que dicha
paga no se llevó a cabo, pues
los indios de las parcialidades de México y Santiago,
que trabajaron durante cuatro meses en la obra de la acequia,
se quejaron por ello al visitador Valderrama. Todas las
quejas presentadas a este funcionario, justas o injustas,
constituyen un documento inapreciable para la historia
de esa época; la parte relativa a los indios de
México ha sido publicada con el título de
Pintura del gobernador y alcaldes de México; el
libro se conoce generalmente con el nombre de Códice
Osuna, dándola nombre el apellido del poseedor del
manuscrito original. Puede verse en la parte inferior del
folio 7 del Códice Osuna, la representación
de la acequia y su leyendas en mexicano y español.
Sentado en una silla de caderas aparece en la parte baja
Juan de Cuenca ya veremos qué otras noticias se
pueden obtener de tal interesante pieza.
Por disposición de la Corona, eran los virreyes
quienes entendían en la construcción de la
cátedra y así continuó hasta concluirse
la obra. La única pro testa que contra tal disposición
conocemos procede de señor Moya de Contreras, que
escribía así el 24 de marzo de 1574: "El
virrey tiene a cargo la obra de la iglesia mayor por mandado
de su majestad y debió ser la causa la mucha vejez
y poca salud de nuestro predecesor y aunque en todo el
virrey procura servir aventajada miente y en esto hará lo
mismo, por sus mucha ocupaciones no lo puede gobernar sino
por tercería y relaciones, dando al obrero mayor
que ahora es excesivo salario, que se escusaría
si el prelado, de quien se puede hacer confianza, tuviese
a cargo la obra (que se puede decir de su casa) viéndola
y remirándola comí cosa propia que agora
no puede pues en nada es parte) encargando la continua
asistencia a un prebendado que hará de gracia, y
pues los religiosos son asistentes de la obras de sus iglesias,
suplico a vuestra señoría ilustra sima que
no sea de peor condición el arzobispo, que col todo
cuidado acudirá a su obligación de manera
que no haga falta el mucho del señor visorrey y
esto no lo digo con deseo de mandar sino por descargo de
mi conciencia." |