Resultado de dicha
disposición
fué el conjunto de cruces monumentales que todavía
pueden admirarse, repartidas en varios sitios de la República.
Recordemos entre las más importantes la de San
Agustín Acolman, la de Cuautitlán, la de
Huichapan, la de Tepespulco que todavía existe,
distinta de la que trajo el señor Mañozca,
y algunas otras.
Volviendo a
la relación acerca de la cruz de
Mañozca, reproducimos el párrafo más
importante para su historia, de la relación
escrita por el bachiller Miguel de Bárcena Balmaceda,
publicada en México el año de 1648 y
reimpresa cien años más tarde en la misma
ciudad por la viuda de Hogal.
Dice así: "En un cementerio antiguo que
con la edad se avía ya convertido en tupido bosque
de malezas, espinos y pinoles, entre cuya espesura por
cierto muy crecida estaba casi ahogada una hermosísima
cruz de piedra de cantería colorada que, con levantarse
doce varas en alto, prevalecía la montuosidad
del sitio sin estorvar su descuello al sagrado mármol...
Así que a la partida de su Ilustríssima
queriendo ya entrar en el coche volvió los ojos
por sobre las paredes del cementerio dicho, descubrió el
confuso vulto, yéndosele el corazón con
la vista, y preguntando qué fuese aquéllo,
le respondieron ser una Cruz de piedra labrada con mucho
primor del arte, que plantaron los primeros religiosos,
al tiempo de la conquista evangélica por señal
de su predicación gloriosa, y tropheo de sus heroycos
trabajos, que ya con la antigüedad yazía
casi sepultada entre las malezas." El señor
arzobispo trató luego de traerla a México,
para lo cual conferenció con varios personajes
eclesiásticos. Llegado a la capital recibió la
visita de los indios del pueblo de Tepeapulco, que cedieron
gustosos la cruz a pesar de que la estimaban en mucho,
pues creían que la había levantado el famoso
fray Francisco de Tembleque, autor de los portentosos
arcos de Zempoala. El señor arzobispo despidió amorosamente
a los indios, gratificándoles con el dinero necesario
para su viaje y cien pesos para que reconstruyeran unas
vigas deterioradas en su iglesia. En seguida comisionó a
su mayordomo Balmaceda para que trajese la cruz. Efectuóse
el viaje con el mayor cuidado posible y para la colocación
del monumento enfrente de la Catedral fué comisionado
el licenciado Pedro Gutiérrez, clérigo
presbítero, excelente maestro de arquitectura,
quien levantó el monumento con dicha cruz, que
existía en ese sitio hasta fines del siglo XVIII,
pues que a partir de 1792 fué derribada la muralla
que limitaba el cementerio, y con ella la cruz para ser
trasladada a otro sitio.
Edificó el padre Gutiérrez un monumento
digno de la gran iglesia que ornamentaba. La peana estaba
constituída por un zócalo de cantería
de tres gradas que formaba una mesa de seis varas y tres
cuartos por lado. El primer cuerpo, de orden jónico,
llevaba inscripciones alusivas a la cruz y en su recuadro
principal el padrón de su colocación: "Colocóse
esta cruz año de 1648." El segundo cuerpo,
que según el autor del folleto también
era jónico, aunque en su grabado no podemos percibir
los detalles característicos de tal orden de arquitectura,
tenía cuatro tableros en que figuraban esculpidos
diversos escudos. La cara que miraba a la plaza ofrecia
un cráneo y dos canillas cruzadas, motivo original
que figuraba en la peana antigua de la cruz; el lado
que miraba a la iglesia ostentaba las armas de San Pedro:
la tiara y las llaves, emblema del Papado; los lados
que veían al oriente y poniente ostentaban el
escudo del señor Mañozca.
Una vez instalada
la cruz, se pensó en su dedicación
solemne. Se escogió para ello el día de
la exaltación de la Santa Cruz, o sea el 14 de
septiembre del propio año 1648. Se levantó un
tablado en el cementerio de la Catedral, de cuarenta
varas de largo y diez de ancho, cubierto con alfombra
y con sitiales para el arzobispo, el Cabildo eclesiástico,
los prelados de las religiones y los Tribunales, Cabildo
secular, Real Audiencia y sitial para su presidente,
que lo era don Marcos Torres de Rueda, obispo de Yucatán.
Alrededor de la peana de la cruz se levantaron cuatro
altares, que fueron encomendados a cada una de las Congregaciones
de San Pedro: del Tercer Orden, de San Francisco, del
Sagrario y del Salvador de los jesuitas. Cubrióse
todo con vela de lienzo y ramos de juncias y flores que
pusieron las parcialidades de los indios de San Juan
y Santiago. La ceremonia fué muy solemne. Bendijo
la cruz don Nicolás de fa forre, deán de
la catedral, y después vió la procesión,
que había salido del templo al tablado descrito,
a la misma Catedral, donde se celebró una misa
solemne en que predicó el famoso padre Matías
de Bocanegra, de la Compañía de Jesús.
Siguieron las
festividades y la cruz permaneció en
el sitio que hemos indicado hasta que la transformación
del cementerio del templo no sólo la llevó a
otro lugar, sino que la destruyó casi del todo.
Efectivamente, cuando, a partir de 1792, fué destruida
la muralla que limitaba el cementerio como en otra parte
de este libro lo reseñamos, se pensó colocar
la cruz en el ángulo suroeste del nuevo atrio
y es de presumirse que para entonces, cuando imperaba
ya un gusto diverso en obras de escultura, fué casi
esculpida de nuevo, suprimiéndole los preciosos
detalles de cantería que la adornaban: la corona
de espinas y la soga maravillosamente labrada en piedra
que la circula, lo mismo que las esferas que remataban
su vástago y sus cabos. No sabemos por qué circunstancia
esta cruz no ocupó el lugar que se le asignaba.
En Sedano leemos lo siguiente: "El día 5
de marzo de 1803 se colocó la cruz del cementerio
frente del Sagrario. Esta es la cruz de Mañozca
que se descastó y era más gruesa y corpulenta.
El día 21 de marzo de 1803 se colocó la
otra cruz del cementerio del lado del Empedradillo. Esta
es la que estuvo en el cementerio de San Pedro y San
Pablo que también se descastó para igualarla
a la otra. Los pedestales de las dos son de dibujo de
don Manuel Tolsá."
Ignoramos, decíamos, por qué la cruz de
Mañozca no subsistió en el sitio que se
le había asignado; quizás el hecho de ser
de cantera roja hacía que contrastase con el conjunto
del templo, construido de chiluca y cantera gris. Por
eso, en fecha que ignoramos, fué trasladada al
fondo del patio de los canónigos, en el muro que
forma espaldas al Sagrario, y allí puede verse,
ignorada y maltrecha. ¡Si al menos le hubieran
conservado sus magníficos relieves tallados! Pero
ni su estilo ni su color cuadraban con el gusto neoclásico
que se impuso en el nuevo arreglo del atrio. Tal es la
historia de esta desventurada Cruz de Mañozca. |