El túmulo que se levantó para esta fúnebre
ceremonia fué obra de Pedro Ramírez,
insigne arquitecto, y los artistas de diversas especialidades
que en él trabajaron fueron ciento cincuenta.
Se trabajó en el patio y aulas de la Universidad
para mayor comodidad y se armó debajo del cimborrio
de la catedral, que con este motivo viese descubierto
por el interior, pues se le quitaron las cimbrias que
se le habían dejado más de dos años.
El cúmulo fué empezado a armar el 3 de
julio y el 18 quedó completamente concluido y
adornado con toda la cera que debería arder los
días 23 y 24 del propio mes, designados para la
ceremonia.
Es laboriosa la descripción de esta obra magna,
en que vemos realizada la complicada idea del arte barroco;
mas una lámina que ilustra el curioso libro, nos
sirve para aclarar la reseña, así como
para darnos cuenta de cómo se encontraba el interior
de la catedral en 1666. Hay que notar que el grabador
no reproduce la parte del templo que se encuentra al
norte del arco toral del cimborrio, porque su grabado
resultaría en extremo confuso, ya que había
que sobreponer el dibujo del túmulo sobre la perspectiva
posterior. Las cuatro columnas que sostienen la cúpula
fueron revestidas con raso anteado, con tela de seda
y trama de oro, bordada con flores negras resaltadas
por cordoncillo de oro, y los flecos de las cenefas y
franjones de las costuras eran de plata y negro. Las
demás columnas estaban revestidas de bayeta.
El zócalo del túmulo ofrecia ocho pies
de altura y cuarenta y cinco por lado; en sus cuatro
costados se abrían escaleras de doce gradas y
en las caras del zócalo, repartidos, dieciséis
lienzos de pintura con diversos emblemas relativos al
rey y sus virtudes. Sobre los cuatro resaltos que formaba
el basamento se alzaban en cada uno cuatro columnas colocadas
diagonalmente, de manera que el segundo cuerpo presentaba
un plano en forma de cruz. Entre las columnas lucían
estatuas, doce en total, tres en cada ángulo y
en el centro un túmulo que descansaba sobre águilas
posadas en nopales en cuya parte baja se veía
la laguna y, encima del túmulo, la urna con los
símbolos de la realeza: la corona, la espada y
el cetro, sobre un cojín; todo ello coronado por
el monograma del lábaro.
El segundo cuerpo descansaba sobre
entablamiento completo y en cada uno de los ángulos se alzaron piras
de cinco gradas que servían de pedestales a otras
tantas estatuas de reyes. Correspondiendo a las columnas,
hacia arriba, dieciséis pirámides servían
de candelabros y se veían guarnecidas de cirios
o rematadas por bolas que ostentaban hachas. El segundo
cuerpo constaba de doce columnas que sostenían
una techumbre ochavada con cuatro triángulos que
correspondían a los salientes del cuerpo bajo;
en el centro se erguía una estatua que representaba
al rey, "en que la destreza de vn escultor sirviéndole
de exemplar un retrato original de su Majestad, le copió tan
al vivo, que casi pudo interrumpir las lágrimas
con que le llorábamos muerto."
El tercer cuerpo ofrecía
planta seisavada, con seis columnas que sustentaban el
remate. Sobre los triángulos
volados del segundo cuerpo se alzaban cuatro figuras
de niños con cirios en la mano y al centro la
imagen de la Fe. El remate constaba de un cuerpo arquitectónico
terminado en gradas escalonadas, sobre las cuales ardía
un enorme cirio. Todo el perímetro de los tres
cuerpos se encontraba adornado con infinidad de cirios
y velas.
Es de notar en la lámina que reproducimos que
puede verse cómo eran los vitrales emplomados
que cubrían las ventanas; cómo se ven las
rejas de tapincerán y cómo era el interior
de la cúpula, antes de que fuera reconstruída
por Tolsá y decorada por Jimeno. También
puede advertirse el pavimento formado de grandes losas
que tan un dibujo ajedrezado, alternándolas en
sus colores. Es pues esta lámina, independientemente
de la belleza que se quiera encontrar en la maquinosa
fábrica del túmulo, un inapreciable documento
histórico para la obra de nuestra catedral.
Se señaló para la ceremonia procesional
que había de figurar el entierro saliendo de palacio,
la tarde del día 23 de julio; pero como la fecha
caía en una de las épocas más lluviosas
en la ciudad de México, se previno un pasadizo
que se formó desde la puerta principal de palacio,
por la calle del Reloj, taba vuelta por la calle del
Estanco de los Cordobanes (hoy Donceles), torcía
por la calle de Santo Domingo (hoy del Brasil), hasta
llegar frente a las casas del marqués del Valle,
en que torcía para llegar hasta la puerta del
poniente de la catedral. Dicho pasadizo se componía
de vigas de ocho y diez varas aseguradas sobre planchas
de madera;- su ancho era de cuatro varas y media y su
largo llegaba a mil doscientas cincuenta y una y dos
tercias; tenía un pasamanos de cedro que se abría únicamente
en las bocacalles, tunde se le formaron puertas.
Distribuyéronse los asientos conforme a las reglas
protocolarias, que eran muy rigurosas; asimismo se previno
el orden en que las diversas instituciones debían
tomar parte en la procesión, la que salió desde
la capilla real de palacio, hasta la catedral. Entonó la
capilla las vísperas, que se cantaron con gran
armonía. Acabado el responso salió el doctor
tan Nicolás de la Puerta, con sobrepelliz, capa
de coro redonda y muceta, acompañado de seis capellanes,
maestro de ceremonias, celador y pertiguero y pasó cerca
del túmulo al púlpito que se encontraba
vestido de bayeta, donde pronunció una elegantísima
oración fúnebre latina que puede saborearse
en el libro de Sariñana.
Acabada a las diez y
media de la noche la oración
fúnebre, regresó el virrey a palacio, habiéndole
acompañado el Cabildo eclesiástico hasta
la puerta de la iglesia. "No podo su excelencia
volver a pie, porque apenas acabó de entrar el
acompañamiento, guando cerró obscura y
tempestuosa la noche, y se desataron en tanta y tan continuada
agua las nubes que durando hasta las onze dexó la
plaza y calles inundadas. Passó con la Real Audiencia
y Tribunales en sus coches a palacio, Monte se apearon
y subieron acompañando a su excelencia hasta tejerlo
en su quarto. A las Comunidades se les dieron echas para
que volviesen. Pudo perdonarse la incomodidad por lo
mucho que la tenebrosidad añadía de lucimiento
a la iglesia pues la mesma enemistad de las tinieblas
hazía sobresalir más vivamente sus luces."
El 24 de julio a la
alborada empezaron los dobles de la catedral, a que respondieron
los de las demás
iglesias. A las cinco de la mañana fueron saliendo de
sus conventos las órdenes religiosas para la catedral
y en las capillas que se les tenían señaladas
ofició cada una su misa con toda solemnidad. Acabada
cada misa salían con su cruz, ciriales, acólitos,
ministros y prestes y subían al primer cuerpo
del túmulo, cantaban un responso y volvían
a su capilla. Duraron estas misas hasta más de
las diez de la mañana.
Como con la lluvia de la noche
anterior el piso había
quedado inmundo, se arregló el pasadizo desde
Palacio hasta la puerta de la Catedral que mira al oriente,
en la calle del Reloj.
A las diez en punto salió la Real Audiencia de
la sala de acuerdos al cuarto del virrey y en la misma
forma que la víspera pasaron a la Catedral. Celebró la
misa el doctor Juan Juárez de la Cámara,
chantre, hizo de diácono el doctor Miguel de Ibarra
y de subdiácono el licenciado don Nicolás
Orrego. Usaron ornamentos costosísimos hechos
exprofeso para este día por la Catedral. Acabada
la misa se cantaron los responsos debidos y predicó el
doctor don Juan de Poblete. Su sermón concluye
el libro en que don Isidro Sariñana describió la
ceremonia. |