Se puede
apreciar desde luego que este proyecto no es obra
de un arquitecto, sino de un escultor, de un entallador
de retablos, como sabemos de hecho lo fué su autor, ya que
consta que él talló los incomparables
retablos de la iglesia de Santa Prisca en Tasco.
El segundo proyecto se debió al arquitecto
José Joaquín García de Torres
y se conserva, como hemos dicho, en el archivo de
la Catedral. El proyecto de Torres es más
mesurado; recurre a ciertos elementos clásicos
como las pirámides, pero no olvida el arte
de su época: la curva que une el basamento
de la torre con d cuerpo central, está inspirada
en los muros apiñonados del Sagrario. La torre
se ve rematada en una forma verdaderamente infeliz:
sobre el primer cuerpo existente levanta un ático
perfectamente inútil, pero que repite la estructura
que se ve en la parte baja de la misma torre, oculta
hoy por las ménsulas invertidas y el cubo
que debía llevar el reloj. Sobre este ático
se desplanta un segundo cuerpo, copia del primero,
de orden jónico al parecer y de planta ochavada,
roas con el mismo criterio sustituyendo pilastras
por columnas adosadas y, sobre este segundo cuerpo,
otro pequeño ático con ojos de buey
y óvalos que sostienen el remate de la torre
en forma de casquete por gajos, con fajas salientes
que los acusan y rematado por una linterna pequeña.
Las portadas laterales de esta fachada están
rematadas por frontones rotos con un medallón
al centro y esculturas recostadas sobre las cornisas
del frontón. Los contrafuertes que rematan
la portada central se prolongan un tramo más
hacia arriba y se hallan coronados por estatuas y
el cuerpo central de la fachada, que corresponde
a la portada central, presenta un frontón
curvilíneo, roto, con un gran medallón
al centro, coronado por una estatua de la Fe. Este
proyecto hubiera dado fin decoroso al templo, pero
lo decoroso que no sale de lo ordinario pertenece
a la mediocridad: habría sido una iglesia
como cualquiera otra; su fachada, sin ninguna relación
con el interior, hubiese podido parecerse a la de
cualquiera catedral de provincia, sin personalidad,
sin vigor, sin audacia.
Cordura insospechada demostraron
los señores
canónigos al rechazar el citado proyecto y aprobar
el más sobrio y moderado que presentó don
José Damián Ortiz de Castro. Ciertamente,
en el proyecto de Ortiz de Castro la Catedral se ve
mucho más pesada y un tanto sin gracia, pero
su criterio responde indudablemente a los principios
de la obra y esos defectos fueron afortunadamente corregidos
más tarde. El proyecto de Ortiz de Castro se
conserva en el archivo del templo y nos muestra un
conjunto apegado en lo posible a las reglas clásicas.
Respeta íntegramente lo que está construido.
Agrega seis ménsulas invertidas para relacionar
los contrafuertes con la estructura del monumento;
sobre los dos basamentos de las torres pone sendos
relojes en cubos flanqueados por guirnaldas. El cuerpo
central de la fachada se prolonga hacia arriba en un ático
rematado por un tímido frontón curvilíneo
que remata la estatua de la Fe. Las portadas laterales
presentan medallones con tiaras, palmas al exterior
y macetones. La cúpula parece seguir los mismos
lineamientos de la vieja cúpula del siglo XVII
y apenas agrega sobre el entablamiento del tambor algunas
molduras que rompen la pesadez de la media naranja.
Pero, donde la originalidad de Ortiz de Castro se revela
en forma admirable, es en el remate de sus torres:
sobre el cuerpo ya construido desplanta un segundo
a la misma anchura aparentemente, pero que está formado
por cuatro pilastrones angulares, en tanto que la verdadera
estructura del cuerpo es octagonal, formada por pilastras,
arcos, ventanas, todo esto embebido dentro de los cuatro
pilastrones exteriores, de manera que la torre en su
segundo cuerpo parece calada. Sobre este segundo cuerpo
se desplanta el remate en forma de campana ornamentada
con cartelas y guirnaldas de gusto muy Luis XVI y rematadas
por una gran esfera que sostiene una cruz. Varias iglesias
del país, por ese espíritu de imitación
inevitable, construyeron sus torres en la forma de
las de la Catedral, y de las iglesias españolas
que hayan podido influir en nuestro arquitecto, sólo
conocemos la catedral de Pamplona.
El minucioso Sedano nos dice
lo siguiente acerca de estas torres: "En el mes de enero de 1787 se comenzó la
obra de las dos torres a dirección del maestro
de arquitectura don Damián Ortiz, americano.
La del lado del Empedradillo se acabó de hacer
en 18 de Abril de 1791 y la del lado del Sagrario se
finalizó el 16 de mayo del mismo año.
Las cruces de piedra del remate tienen tres varas de
alto cada una y los globos de piedra en que están
afianzadas tienen vara y siete ochavos de diámetro
y cinco varas y media de circunferencia. Dentro de
cada globo, en una caja de madera forrada de plomo
se colocaron Lignum Crucis, relicarios, monedas de
la proclamación del señor don Carlos
IV, oraciones devotas, y testimonio autorizado por
el secretario de Cabildo de la santa iglesia, para
memoria en lo futuro. Cada torre tiene de alto, desde
el suelo hasta la punta o remate de la cruz, setenta
y dos varas, dos tercias. En las dichas torres, cementerio
y empedrado con lo demás sobrado hasta septiembre
de 1793 se gastaron 190,000.00 pesos, que se sacaron
de las cajas reales de su Majestad, donde se depositó el
medio real de fábrica de la santa Iglesia que
se cobró de cada indio tributario, hasta el
año de 1740 que mandó su Majestad cesara
esta contribución, y habiéndose continuado
se le dió el nombre de indebida e importó 30,000.00
pesos, mandó su Majestad que se aplicara al
mismo fin y que cesara del todo, y todo lo contribuido
importó la dicha cantidad de 190,000.00 pesos.
Esta relación la supe de persona que intervino
en la fábrica de las torres y que llevó las
cuentas del gasto."
Se conserva en el archivo del
templo metropolitano un luminoso informe debido a
los arquitectos Joseph Ortiz, director de la obra,
maestro mayor de la Catedral y académico de mérito de la Academia
de San Carlos; tan Ignacio Estera, maestro mayor de
la ciudad y real desagüe, y don José Delgadillo,
arquitecto. Dicho informe fué realizado en el
año de 1787, cuando Ortiz de Castro empezó la
obra de las torres y de la fachada. El informe comienza
con el avalúo y puede leerse íntegro
en d Apéndice de este libro. Tomamos aquí únicamente
los datos importantes para la historia del arte. Así,
al referirse a las cruces que rematan las torres y
de las cuales hemos hablado ya antes dice lo siguiente.
"En el avalúo se comprendieron cruces
simples de fierro para las veletas. Se retuvo la insignia;
pero no la materia, ya por precaver en aquella altura
la electricidad, y ya también por la forma más
grandiosa y uniforme que presentan los globos y cruces
de piedra, obra admirable, de valiente arquitectura
para los ojos inteligentes, especialmente en los collarines
de cuatro pulgadas de grueso sobre el que descansa
el inconsiderable peso de los globos de dos varas de
diámetro y de las cruces que descubren dos y
media varas, por media vara y una tercia de encaje.
No tienen éstas taladro ni perno alguno de fierro,
pero desde el centro de los globos baja un perno de
15 a 16 varas de largo hasta la cruceta o aspas formadas
de planchas de cedro en el interior de las torres,
en el arranque de los remates. Uno solo de estos pernos
compensa el fierro que entraría en las cruces.
"Se ha dicho obra de valiente arquitectura; mas
debe añadirse obra que asustó y puso
en secreto movimiento al celo de una junta, que quedó sin él,
y desimpresionada de sus recelos. Los comisionados,
a quienes privativamente tocaba precaver cualesquiera
riesgos, cuando procedieron a colocar dichas cruces
y globos estaban satisfechos del ningún peligro
por los vientos o terremotos como se ha visto. Obra
también propia del ingenio y númen arquitecto
del director de la fábrica don José Damián
Ortiz, digno de los mayores elogios por su puntual
asistencia y desinterés, y por los sobresalientes
y distinguidos conocimientos que poseía en su
noble profesión. Lo reconoció así la
Real Academia de San Carlos y le expidió el
título de su Académico de Mérito
ano antes de hacerse cargo de esta obra.
"Acreditó en ella los informes que dió a
los comisionados el Director Perpetuo de la Real Academia,
don Jerónimo Gil, y las dificultades con que
a cada paso se tropezaba en la obra, que sería
muy prolijo el referir, y las maniobras que en ella
se ofrecieron, nada comunes, y que en un siglo no suelen
ocurrir, dieron bien a conocer los talentos y méritos
de Ortiz. Fue el inventor de unos ligerísimos
carros para manejar con pocas manos dentro de la obra
piedras grandes labradas con toda comodidad. Lo fué de
otro gran carro compuesto de tres bastidores y cuatro
ruedas en que se condujo en una tarde desde las lomas
o canteras de los Remedios una gran piedra de 300 quintales.
Sobre el mismo carro se trajo desde Tacubaya la campana
mayor, Santa María de Guadalupe, también
de 300 quintales, y después otra de l50, nombrada
los Santos Angeles y colocó una y otra en la
torre nueva o del lado del Poniente. Pero lo que admiró más
y sorprendió a esta capital fué la potencia
y resistencia de este carro cuando se le echó encima
y comenzó a rodar con el enorme y formidable
peso de la gran mole de la piedra de la antigüedad
que el mismo Ortiz puso en un sotabanco al pie de la
torre, y hasta allí condujo el carro desde el
pasaje de donde se excavó frente de los cajoncitos
que llaman de Señor San Joseph que últimamente
se derribaron, y estaban como 25 o 30 varas delante
del Portal de las Flores. La invención de la
gran máquina con que se subió la referida
campana mayor, sin aplicar más potencia que
la de ocho hombres. gobernando él la maniobra
sin estrépito ni ruido y su colocación
en el centro del segundo cuerpo, suspendida en unos
tirantes de fierro, puestos con simetría y con
la mayor seguridad, son documentos que están
acreditando a su autor, no menos que la conclusión
de las torres y fachada. Apenas dió fin a estas
obras, cuando lo dió a su vida en 6 de mayo
de 1793, de edad de 41 años, en el pueblo de
Tacubaya, habiendo nacido en el pueblo de Coatepeque,
Obispado de Puebla. Su cadáver está depositado
en la iglesia parroquial de Tacubaya y se ha de traer
a la iglesia catedral al sepulcro labrado de cantería
que le dedicó el Ilustre y Venerable Cabildo
en la capilla de los Santos Angeles, debajo de la torre
nueva en demostración de su aprecio."
Al finalizar el informe de donde
tomamos estos datos se lee este párrafo, en cuya brevedad no podía
caber mayor grandeza: "Las torres se fabricaron
sin que uno solo sacrificara su vida." Es decir,
que en una obra tan extraordinaria no hubo un solo
sacrificio humano y bien sabemos que cualquiera obra
que se levanta en esta ciudad, si ella es un poco audaz,
cuesta bastantes vidas, ya por descuido de los directores
o de los mismos operarios.
Podemos agregar algunos datos
que completan la historia de esta parte de nuestro
monumento y corrigen algunas opiniones equivocadas
que corren como verdades indiscutibles. El insigne
artífice José Luis Rodríguez
Alconedo labró los trofeos, coronas y collares
de la orden del Toisón de Oro, para el escudo
real del frente del templo y las coronas y llaves de
las tiaras para las portadas laterales del mismo frente,
ornatos que, entre paréntesis, han desaparecido
en la actualidad. Eran de bronce dorado a fuego con
oro de veinticuatro quilates. Hizo también las
tiaras que guarnecían el escudo real y sus cuarteles.
Todas estas obras importaron seis mil doscientos ochenta
y dos pesos, tres reales, y el recibo del ilustre artífice
está firmado en México el 2t de febrero
de 1794 y no en 1813, como han afirmado algunos autores.
Las estatuas que decoran las
torres fueron obra, las de la torre nueva de José Zacarías Cora,
que fué traído especialmente de Puebla
para tal trabajo. Su recibo, que puede verse en el
Apéndice, lo dice expresamente, y las ocho estatuas
de piedra blanda de a tres varas representan a los
santos que a continuación mencionarnos: San
Gregorio Papa, San Agustín, San Leandro, San
Fulgencio, San Casiano, San Francisco Javier y Santa
Bárbara, por las cuales cobró trescientos
pesos por cada una "en atención haber venido
de mi patria la ciudad de Puebla de los Angeles con
sólo este destino y tenido que estar en la cantera
con mis oficiales y trabajar en ella desde el mes de
febrero de 1791 hasta en aseado de venirlas solo a
pulir en el cementerio." San Primitivo no quería
estar en la corre, pues "estando ya concluida
la estatua en la cantera, sin faltarle más que
pulirla, se le vino encima una piedra y la hizo pedazos
dejándola inservible." El artista tuvo
que rehacerla y cobró por su trabajo doscientos
setenta y cinco pesos. Pero San Primitivo no quería
estar en la torre, pues en el camino, al traerla a
México, se le rompió la cabeza y hubo
que rehacerla, por lo cual el artista cobró ciento
treinta y siete pesos, cuatro reales. Además,
el mismo Zacarías Cora hizo para la torre vieja
dos estatuas de la misma medida y de la propia piedra,
que representan a San Emigdio y a Santa Rosa de Santa
María, a trescientos pesos. Las otras seis estatuas
que decoran la torre vieja, o sea la del oriente, fueron
obra del escultor Santiago Cristóbal Sandoval.
Representan a San Ambrosio, San Jerónimo, San
Felipe de Jesús, San Hipólito, San Casiano
y San Isidoro. Como Sandoval no había venido
desde Puebla, sólo cobró doscientos pesos
por cada estatua. Además, el pobre hombre no
tenía suerte, pues de su cuenca que importaba
mil doscientos cincuenta pesos tuvo que rebajar cuatrocientos
sesenta porque sus oficiales echaron a perder una piedra
en que el insigne artista don Manuel Tolsá,
director de escultura de la Real Academia de San Carlos,
iba a tallar la estatua de la Fe y el pobre de Sandoval
se ve obligado a reponerla para que Tolsá pueda
trabajar a sus anchas. Se compromete a entregar la
referida piedra en el cementerio según convenio
con don José Montes de Oca, vecino del pueblo
de San Bartolomé Naucalpan, para traer una piedra
grande, chiluca, buena, limpia y sin venteaduras, del
tamaño que pide don Manuel Tolsá. Para
cumplir su compromiso el infortunado hipoteca todos
sus bienes, especial y señaladamente una casa
eneresolada que poseía como suya propia en la
calle de la puerca falsa de San Andrés, número
cuatro. Sandoval gozó de una pequeña
venganza, pues al subir las estatuas a las torres se
rompieron muchas y tuvo que componerlas. Su recibo
del diez de agosto de 1793 nos enseña que cobra
dieciocho pesos "Por quince pedazos de dedos que
le eché a San Isidoro por habérsele roto
varias ocasiones y una mano nueva por habérsela
rompido enteramente los dedos y por la compostura de
otra mano y la pluma de San Gerónimo y varios
remiendos de los ropajes de los otros cinco santos." El
culpable de estos deterioros sacrílegos fué Toribio
Sánchez, que cobró novecientos pesos
por subir hasta colocarlas en los pedestales para afianzarlas
y empernarlas las ocho estrenas de piedra de la torre
vieja, en que se incluía el trabajo de poner
y quitar las dos grúas, la andamiada, garruchas
y demás artefactos necesarios y volver a quitar
todo. No debe de haber sido muy cuidadoso el gañán
en su obra cuando no lo había sido con su espíritu,
pues no sabía escribir para firmar su recibo.
El maestro mayor de la obra,
Ortiz de Castro, cobraba por su trabajo mil pesos
al año. En el archivo
del templo se conservan sus recibos, y el de 1792 firmado
el 29 de diciembre importa la cantidad de mil dos pesos,
cinco reales y diez granos, en atención a que
tal año fué bisiesto. Murió Ortiz
de Castro y cobró el saldo que se le debía
de ciento veintisiete días del año de
1793 su hermano Francisco, cuyo recibo corre en el
expediente de Fachada y Torres y se reproduce en el
Apéndice. Parece que el Francisco entendía
algo en arquitectura, pues sigue cobrando poco tiempo
después. |