Debíase ello
probablemente a la experiencia de los arquitectos que
tuvieron una junta en la que, aunque no todos estuvieron
de acuerdo, imperó la opinión de los más
audaces o de los más prácticos. Así,
cuando la Corte no pudo resolver el asunto y contestó al
virrey dándole facultades para hacerlo, como más
capacitado, el punto se decidió por el nuevo sistema.
Para que no desmereciese la obra de las anteriores bóvedas
góticas, se dispuso que las nuevas fuesen adornadas "con
lazos, tarjas, y figuras de medio relieve en yezo, con
perfiles dorados." En 1629 sobrevino una de las
inundaciones más terribles que padeció la
ciudad de México; en consecuencia se suspendió la
obra y aun fué amenazada de muerte, pues que entonces
se renovaron "los intentos antiguos, ya imposibles,
de mudar la ciudad a lugar más oportuno".
Es decir, que al trasladarse la ciudad a otro sitio,
la obra de la Catedral quedaría como un mudo testigo
de la grandeza de la vieja urbe indígena y después
española. Pero nó: los tiempos cambian
y, a pesar de inundaciones que no cesan, la obra continúa.
No poseemos noticia de que se
haya reanudado sino en 1635, gobernando el marqués te Cadereyta,
que empezó los trabajos con gran entusiasmo,
pues en cinco años, hasta el de 1640 en que
concluyó su gobierno, se terminaron las dos
bóvedas de la capilla de los Reyes y cinco de
las naves procesionales. De 1630 a 1643 aparece como
maestro mayor de la obra Juan Gómez te Trasmonte,
padre del arquitecto de igual apellido que mencionamos
después. Este artífice propuso que se
desbaratasen los cuatro pilares del crucero, por no
ser bastante gruesos para soportar el peso del cimborrio.
Para difundir ampliamente su proyecto, mandó imprimir
un folleto en que explica sus razones. En el ejemplar
que existe en el archivo del templo, en la última
página, en blanco, se ve un dibujo a tinta del
mismo arquitecto, que muestra la planta del pilar que
proponía Gómez de Trasmontc. Abajo del
dibujo se lee una nota manuscrita: "No se adoptó este
proyecto que hubiera desconcertado la línea
de todas las pilastras de la iglesia.— En Junio
de 1664 se concluyó el Cimborrio y así este
impreso es muy anterior a dicho año."
El virrey marqués de Villena, en el corto período
de su gobierno, no tuvo tiempo para construir nada en
la obra que adelantaba; pero, como si previese que su
gobierno había de ser muy corto, hizo algo que,
aunque provisional, se considera íntimamente unido
a la obra de la catedral: logró techar de madera
un gran espacio de la nave mayor, con lo cual y las bóvedas
anteriormente concluidas quedaba el templo apto para
ser empleado, admitiendo a los fieles en un espacio mucho
más amplio que el de la sacristía donde
hasta entonces se celebraba el culto divino.
Tampoco el señor don Juan de Palafox y Mendoza
pudo hacer nada de notable por la fábrica material
del templo, durante los cortos meses que tuvo a su cargo
el virreinato de Nueva España. Empero, en su época
se comenzó el basamento de la torre del oriente
por Juan Lozano y Juan Serrano. Más aquel hombre
infatigable no podía dejar sin su huella nada
a cuya vera pasase; reorganizó los fondos de la
fábrica; hizo efectivos algunos y aseguró otros
que corrían peligro de escaparse.
El conde de Salvatierra logró ver terminadas
dos bóvedas: una de la nave procesional que faltaba
para completar tres de cada lado del templo y otra sobre
una capilla contigua a las dos de la extremidad del sur
que estaban techadas, capilla cuya advocación
es la de Santa Ana o de la Concepción. Además,
techase con una media tijera o "zaquizamí" el
espacio de las tres bóvedas de la nave mayor que
faltaban por construirse, de manera que quedó cubierta
una pequeña catedral, al norte de lo que hoy es
el crucero. En ella pudo tener lugar hacia febrero de
164S la consagración del arzobispo de México,
don Juan de Mañozca, con tal suntuosidad que el
cronista español Gil González Dávila
da por concluido el templo en su Theatro Ecelesiástico
le las Indias, fundándose en las noticias de la
ceremonia que llegaron a sus oídos.
Durante el gobierno del conde
de Alba de Liste (1650-1653) se comenzaron a labrar
las tres bóvedas principales
de la nave mayor que antes habían sido cubiertas
con madera; para esto se corrió una imposta de
cantería desde la capilla de los Reyes al crucero;
sobre ella se levantaron seis arcos formeros, con sus
correspondientes moros y ventanas, quedando listos todos
para recibir sus claves. El arco toral inmediato al crucero
quedó concluido. Además, se continuó la
construcción de la torre del oriente, pues se
acabó su basamento y se construyó el primer
cuerpo hasta la mitad de los primeros campaniles. En
1651, con un acierto verdaderamente feliz, designó el
virrey a don Fernando Altamirano superintendente y comisario
de la obra. Hombre de acrisolada integridad, de energía
infatigable, trabajador como pocos y entusiasta como
ninguno, Altamirano identifica consigo mismo la obra
puesta a su cuidado, vincula su honor con el adelanto
del edificio, y así, desde entonces hasta 1664,
fecha de su muerte, la rapidez con que progresa la construcción
se debe a sus esfuerzos. E1 primer virrey que impulsó la
construcción en una forma notable fué el
duque de Alburquerque, que llegó en 1653. En primer
lugar concluyó las tres bóvedas de la nave
mayor comenzadas por su antecesor; en seguida trabaja
en los brazos del crucero; construye los muros que sostienen
los arcos en que descansan las bóvedas; labra
los arcos y cierra las cuatro bóvedas que forman
dicho crucero. Antes, indudablemente, para contrarrestar
el empuje de las bóvedas del crucero, había
cerrado las de las capillas que faltaban por cubrirse
y dos de las naves procesionales inmediatas a dicho crucero.
Edificó el presbiterio y los muros que limitaban
el coro, los cuales fueron rematados por una tribuna
volada de madera de cedro y tapincerán, "madera
preciosísima deste Reyno, que sobre un leonado
muy lustroso varió de negro artificiosamente la
mesma naturaleza." Además, se concluyó el
primer cuerpo de la torre del oriente hasta dejarlo cubierto
con una bóveda y acabados sus veinte campaniles
con otras tantas campanas, ocho que poseía la
iglesia y doce que el virrey obtuvo de diversos lugares.
Esta gigantesca tarea concluyó en 1660. Cuatro
años antes, el 2 de febrero de 1656, el templo
fué dedicado solemnemente, como reseñamos
en otro capítulo. Entonces era arquitecto mayor
de la fábrica el infortunado bibliófilo
Melchor Pérez de Soto, cuyo trágico fin
se registra en el proceso que le formó la Inquisición
por astrólogo. Por las declaraciones del arquitecto
se sabe que trabajaban además en la obra Hernández
de Ulloa y Rodrigo (acaso Rodrigo Díaz de Aguilera,
que de 1660 a 1672 aparece como maestro aparejador mayor,
según adelante se verá). En una de las
audiencias declaró Melchor que había prometido
al virrey concluir en dos años las cuatro bóvedas
del crucero.
De 1660 a 1664, durante el gobierno
del conde de Baños,
cerráronse las cuatro bóvedas de las naves
procesionales, dos por lado, inmediatas a las que estaban
construidas; dos bóvedas de la nave mayor y la
cúpula del cimborrio; el anillo en que descansaba
la linternilla fué cerrado el 10 de junio de 1664.
Los arquitectos de la obra eran desde 1660 Luis Gómez
de Trasmonte, con el cargo de maestro mayor, y Rodrigo
Díaz de Aguilera con el de aparejador mayor y
veedor.
Fué el marqués de Mancera quien concluyó totalmente
el interior de la catedral, de 1664 a 1667.
Como decidimos, el marqués de Mancera concluyó el
templo, y así sabemos por el testimonio dado por
el escribano don Francisco de Zúñiga que
el 22 de junio de 1667 fué cerrada la última
bóveda del templo, es decir, la de la nave mayor
que cae sobre la portada principal.
El 15 de diciembre de 1672 los
arquitectos de la obra, que seguían siendo los mismos Gómez de
Trasmonte y Díaz de Aguilera, rindieron un informe
acerca de lo que se había trabajado en la obra
desde la llegada del virrey, a don Jerónimo Pardo
de Lago.
El mismo virrey, en la instrucción que dió a
su sucesor el duque de Veragua, dice qué fué lo
que se labró en su tiempo: "aplicando los
medios que juzgué proporcionados, hice fenecer
las bóvedas que halle comenzadas, edificar y perfeccionar
tres de la nave principal y dos de las procesionales,
y reparar y asegurar muy radicalmente la de la capilla
de San Miguel que amenazaba ruina..."
Las bóvedas comenzadas a que se refiere el virrey,
eran dos de las naves procesionales; por eso Sariñana
dice que el número de las terminadas en dichas
naves fué de cuatro. |