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LAS DEDICACIONES DE LA CATEDRAL DE MÉXICO

PORTADA DEL LADO DEL ORIENTE DE LA CATEDRAL METROPOLITANA

La primera dedicación del templo metropolitano tuvo lugar el 2 de febrero de 1656 y la ceremonia revistió la solemnidad necesaria. Puede leerse una reseña muy detallada de esta fiesta en el libro de Marrocui. Comenzó el virrey ordenando que los indios de la parcialidad de San Juan, con sus coas, palas y huacales sacasen la tierra, madera y escombros que se encontraban en el templo. El minucioso Guijo describe así la maniobra: "Lunes 17 de enero (de 1656), entraron a la catedral doscientos indios de la parte de San Juan, con sus coas, palas y huacales a sacar toda la tierra de las naves, barrer y regar la iglesia y echar fuera toda la madera y duró hasta el miércoles 19 de él, y su trabajo lo pagó el virrey de su caudal; asistieron los ministros de San Juan y el padre Fr. Pedro Camacho, Temastián de San Francisco, a darles prisa por dedicar la iglesia la víspera de la Candelaria."
El domingo 30 del mismo mes de enero, a las cinco de la tarde, hubo una reunión del deán y cabildo en el templo, a la que asistieron el virrey, su esposa, su hija y sus criados, y a puerta cerraba hizo una alocución en que manifestó los grandes deseos que siempre había abrigado para concluir la obra; el placer que sentía al entregársela en estado ya de servir para siempre y concluyó por dar en nombre del rey las llaves del templo al deán, para que usara de él y le tuviese como cosa propia.
En el mismo momento se soltó un repique a Melo y el virrey se dirigió al presbiterio, se hincó, besó el primer peldaño, subió con la virreina y su hija, se quito la capa y la espada, ellas cubrieron sus peinados con unos lienzos y todos tres barrieron dicho presbiterio con sus propias manos, limpiaron los altares y barandas y recogieron la basura. Después, sacudiéndose el polvo que les cubría, salieron de la iglesia y tomaron su coche para ir a Palacio a lavarse y asearse.

Desde fines del mes de enero se había publicado un bando que hacía conocer a los habitantes de la ciudad la resolución tomada por el virrey, que señalaba las calles por donde pasaría la procesión; por tanto, se prohibía teste el día 30 de enero anterior el tránsito de coches y caballos por ese recorrido, con objeto de dar tiempo y lugar a las religiones para que instalasen sus altares en los sitios que quince días antes se les habían designado. Los altares fueron once y estaban repartidos así: en la bocacalle del arzobispado, a los alcaldes de corte; en la de Santa Teresa, a los mercedarios; en la de Monte Alegre, a los de San Agustín; en la de San Ildefonso, al pie de la torre de su iglesia, a las monjas catalinas; a las de la Encarnación, en la puerta de su iglesia; a los padres de Santo Domingo, en la esquina de su plazuela; a los de San Diego, en la calle de los Donceles; en la bocacalle de Tacuba, a los jesuítos; en el Empedradillo, a los carmelitas frente a la puerta occidental de la Catedral; a los franciscanos, en el mismo Empedradillo, frente a la línea que pasa por la fachada principal del templo, y, por último, los juaninos colocaron su altar en la misma línea en que estaba el anterior, ya en el cementerio de la Catedral.

Todos los altares eran ricos y lujosos; presidía cada uno el santo patrón de su corporación, con una leyenda que expresaba un pensamiento. Fueron armados desde luego y su adorno se colocó en los últimos días.

Como se había prohibido el tránsito por la carretera que había de seguir la procesión se formó allí un paseo, pero era tal la muchedumbre de gente que lo recorría, que los canónigos, los oidores y año el propio virrey tenían que caminarlo a pie.

E1 31 de enero se anunció al público que la dedicación de la Catedral se celebraría el 19 de febrero siguiente, en la tarde, con una solemne procesión que saldría a las tres. El templo estaba cerrado; desde las dos comenzaron a llegar las religiones, con sus cruces y ciriales; las hermanas, archicofradías y cofradías, con sus estandartes e insignias, y todas las personas convidadas, que se reunieron en el espacio que se abre frente al templo del lado del oriente; la procesión se organizó en un principio por las cofradías, según su orden de antigüedad; seguían las religiones, la de San Juan de Dios, la de San Hipólito, los jesuitas, los mercedarios, los carmelitas, los agustinos, los franciscanos, los dieguinos y los dominicanos. Después la clerecía, formada acaso por más de ochocientos sacerdotes; precedida por la cruz alta de la catedral, cerca de la cual ocupaba su sitio de costumbre la archicofradía del Santísimo Sacramento. Los congregantes de San Pedro, con estolas encarnabas encima de los sobrepellices, llevaban las andas con la imagen de su patrón y la de la Asunción de la Virgen, titular de la catedral. Tras estas imágenes iba el Cabildo de la iglesia y, entre sus miembros, treinta caballeros de las órdenes militares que, según real cédula, podían ocupar dicho puesto cuando concurrían con manto a actos semejantes. A seguidas iba el Santísimo Sacramento en manos del deán, que lo era el doctor don Alonso de Cuevas Dávalos, y a continuación la Universidad, el Ayuntamiento con sus alcaldes y corregidor, los tribunales reales y, al último, el virrey con su cortejo. Todos los concurrentes llevaban los mejores atavías posibles.

Naturalmente las calles que iba a recorrer la procesión se encontraban atestadas de gente; los balcones y las azoteas rebosaban muchedumbre. La virreina, con su hija y las familias de los oidores, se encontraba en los balcones de palacio, y en el principal, con una rica colgadura y bajo un baldaquino de brocado, se veía el retrato de Felipe IV. La ciudad costeó cuatro vistosas danzas de gigantes que acompañaron la procesión y recorrieron diversas calles y plazas en los siguientes días.

Tres horas largas tardó en recorrer la procesión su camino y durante todo ese tiempo la iglesia permaneció cerraba, pero al llegar el deán con la custodia a la principal de las puertas, se abrieron instantáneamente todas las siete. Depositado el Sacramento en el altar con la solemnidad requerida, siguió la función, que concluyó a las siete de la noche.

Después de ella se quemaron castillos de fuego y durante esta noche y las nueve siguientes estuvieron iluminadas las bóvedas de la Catedral y lo que estaba construido de su torre, y muchas casas cuyos vecinos las adornaron e iluminaron. El día siguiente, 2 de febrero, fué la gran función que todo el manto esperaba. Desde bien temprano acudió el pueblo, ávido de contemplar su templo y encontró abiertas totales sus puertas. Ninguna misa se celebró entonces. A las diez de la mañana llegó el virrey, a pie, acompañado de la Audiencia, de los Tribunales y del Cabildo; además, la Universidad y otras personas. El ceremonial tuvo que ser variado, por ser Ala de tábla, y se verificó en forma siguiente: en la puerta principal se puso un sitial en donde esperó el deán la comitiva, con cruz alta y ciriales; al Llegar ésta se echó un repique a vuelo y al entrar al templo el coro entonó el De Deum laudamos. Llegado el virrey a la crujía, sin admitir tapete ni cojín, se hincó talante del presbiterio y oyó de rodillas lo que faltaba del himno y la oración final y, luego que concluyó el canto, se postró en tierra, besó la primera grada y se fué a su asiento. La virreina y su hija ocupaban una tribuna que se estrenó en tal día. Antes de celebrar la función bendijo el deán las velas, pues estaban en la fiesta de la Candelaria, y las repartió entre el virrey, convidados y asistentes, en lo que, por ser muchos, se gastó bastante tiempo. A seguidas se ordeno la procesión, que rodeó la iglesia y entró por el Sagrario. Después empezaron las misas; se celebraron en ese día cuatro simultáneamente, una en cada uno de los cuatro altares que forman el mayor, por las dignidades mayores de la iglesia.

El sermón estuvo a cargo del canónigo magistral, que era el doctor don Esteban Beltrán y Alzate. Su sermón, dedicado a Felipe IV, fué impreso en México en el mismo año. La función concluyó a las tres de la tarde.

Los nueve días siguientes fueron de fiestas, todas lucidísimas, desempeñadas por las religiones, pero no se les permitió usar el alear porque es de privilegio exclusivo del Cabildo; se les dejó el púlpito y el coro. Durante los días de la novena se celebró la fiesta de San Felipe de Jesús el día 5 de febrero, en la misma catedral, con asistencia del virrey, tribunales y ciudad.

Ya terminadas las fiestas de la dedicación, puede decirse que se prolongaron con la que la virreina consagró al Señor Sacramentado el domingo siguiente, 13 de febrero, con misa y sermón predicado por el doctor Diego de Arraya, cura del Sagrario y médico de la virreina, y procesión por la iglesia.

Marroquí, de quien tomamos todas las anteriores noticias, consigna hasta lo que se gastó de cera en cada una de las funciones, la cual pasó de seis arrobas y fué costeada por la archicofradía del Santísimo, aunque el virrey contribuyó con dos mil pesos.

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