En el
mismo momento se soltó un
repique a Melo y el virrey se dirigió al presbiterio,
se hincó, besó el primer peldaño,
subió con la virreina y su hija, se quito la capa
y la espada, ellas cubrieron sus peinados con unos lienzos
y todos tres barrieron dicho presbiterio con sus propias
manos, limpiaron los altares y barandas y recogieron la
basura. Después, sacudiéndose el polvo que
les cubría, salieron de la iglesia y tomaron su
coche para ir a Palacio a lavarse y asearse.
Desde fines del mes
de enero se había publicado
un bando que hacía conocer a los habitantes de
la ciudad la resolución tomada por el virrey,
que señalaba las calles por donde pasaría
la procesión; por tanto, se prohibía teste
el día 30 de enero anterior el tránsito
de coches y caballos por ese recorrido, con objeto de
dar tiempo y lugar a las religiones para que instalasen
sus altares en los sitios que quince días antes
se les habían designado. Los altares fueron once
y estaban repartidos así: en la bocacalle del
arzobispado, a los alcaldes de corte; en la de Santa
Teresa, a los mercedarios; en la de Monte Alegre, a los
de San Agustín; en la de San Ildefonso, al pie
de la torre de su iglesia, a las monjas catalinas; a
las de la Encarnación, en la puerta de su iglesia;
a los padres de Santo Domingo, en la esquina de su plazuela;
a los de San Diego, en la calle de los Donceles; en la
bocacalle de Tacuba, a los jesuítos; en el Empedradillo,
a los carmelitas frente a la puerta occidental de la
Catedral; a los franciscanos, en el mismo Empedradillo,
frente a la línea que pasa por la fachada principal
del templo, y, por último, los juaninos colocaron
su altar en la misma línea en que estaba el anterior,
ya en el cementerio de la Catedral.
Todos los altares eran ricos y
lujosos; presidía
cada uno el santo patrón de su corporación,
con una leyenda que expresaba un pensamiento. Fueron
armados desde luego y su adorno se colocó en los últimos
días.
Como se había
prohibido el tránsito por
la carretera que había de seguir la procesión
se formó allí un paseo, pero era tal la
muchedumbre de gente que lo recorría, que los
canónigos, los oidores y año el propio
virrey tenían que caminarlo a pie.
E1 31 de enero se anunció al
público que
la dedicación de la Catedral se celebraría
el 19 de febrero siguiente, en la tarde, con una solemne
procesión que saldría a las tres. El templo
estaba cerrado; desde las dos comenzaron a llegar las
religiones, con sus cruces y ciriales; las hermanas,
archicofradías y cofradías, con sus estandartes
e insignias, y todas las personas convidadas, que se
reunieron en el espacio que se abre frente al templo
del lado del oriente; la procesión se organizó en
un principio por las cofradías, según su
orden de antigüedad; seguían las religiones,
la de San Juan de Dios, la de San Hipólito, los
jesuitas, los mercedarios, los carmelitas, los agustinos,
los franciscanos, los dieguinos y los dominicanos. Después
la clerecía, formada acaso por más de ochocientos
sacerdotes; precedida por la cruz alta de la catedral,
cerca de la cual ocupaba su sitio de costumbre la archicofradía
del Santísimo Sacramento. Los congregantes de
San Pedro, con estolas encarnabas encima de los sobrepellices,
llevaban las andas con la imagen de su patrón
y la de la Asunción de la Virgen, titular de la
catedral. Tras estas imágenes iba el Cabildo de
la iglesia y, entre sus miembros, treinta caballeros
de las órdenes militares que, según real
cédula, podían ocupar dicho puesto cuando
concurrían con manto a actos semejantes. A seguidas
iba el Santísimo Sacramento en manos del deán,
que lo era el doctor don Alonso de Cuevas Dávalos,
y a continuación la Universidad, el Ayuntamiento
con sus alcaldes y corregidor, los tribunales reales
y, al último, el virrey con su cortejo. Todos
los concurrentes llevaban los mejores atavías
posibles.
Naturalmente las calles
que iba a recorrer la procesión
se encontraban atestadas de gente; los balcones y las
azoteas rebosaban muchedumbre. La virreina, con su hija
y las familias de los oidores, se encontraba en los balcones
de palacio, y en el principal, con una rica colgadura
y bajo un baldaquino de brocado, se veía el retrato
de Felipe IV. La ciudad costeó cuatro vistosas
danzas de gigantes que acompañaron la procesión
y recorrieron diversas calles y plazas en los siguientes
días.
Tres horas largas tardó en recorrer la procesión
su camino y durante todo ese tiempo la iglesia permaneció cerraba,
pero al llegar el deán con la custodia a la principal
de las puertas, se abrieron instantáneamente todas
las siete. Depositado el Sacramento en el altar con la
solemnidad requerida, siguió la función,
que concluyó a las siete de la noche.
Después de ella
se quemaron castillos de fuego y durante esta noche y
las nueve siguientes estuvieron iluminadas las bóvedas
de la Catedral y lo que estaba construido de su torre,
y muchas casas cuyos vecinos las adornaron e iluminaron.
El día siguiente,
2 de febrero, fué la gran función que todo
el manto esperaba. Desde bien temprano acudió el
pueblo, ávido de contemplar su templo y encontró abiertas
totales sus puertas. Ninguna misa se celebró entonces.
A las diez de la mañana llegó el virrey,
a pie, acompañado de la Audiencia, de los Tribunales
y del Cabildo; además, la Universidad y otras
personas. El ceremonial tuvo que ser variado, por ser
Ala de tábla, y se verificó en forma siguiente:
en la puerta principal se puso un sitial en donde esperó el
deán la comitiva, con cruz alta y ciriales; al
Llegar ésta se echó un repique a
vuelo y al entrar al templo el coro entonó el
De Deum laudamos. Llegado el virrey a la crujía,
sin admitir tapete ni cojín, se hincó talante
del presbiterio y oyó de rodillas lo que faltaba
del himno y la oración final y, luego que concluyó el
canto, se postró en tierra, besó la primera
grada y se fué a su asiento. La virreina y
su hija ocupaban una tribuna que se estrenó en
tal día. Antes de celebrar la función bendijo
el deán las velas, pues estaban en la fiesta de
la Candelaria, y las repartió entre el virrey,
convidados y asistentes, en lo que, por ser muchos, se
gastó bastante tiempo. A seguidas se ordeno la
procesión, que rodeó la iglesia y entró por
el Sagrario. Después empezaron las misas; se celebraron
en ese día cuatro simultáneamente, una
en cada uno de los cuatro altares que forman el mayor,
por las dignidades mayores de la iglesia.
El sermón estuvo
a cargo del canónigo
magistral, que era el doctor don Esteban Beltrán
y Alzate. Su sermón, dedicado a Felipe IV, fué impreso
en México en el mismo año. La función
concluyó a las tres de la tarde.
Los nueve días
siguientes fueron de fiestas, todas lucidísimas,
desempeñadas por las
religiones, pero no se les permitió usar el alear
porque es de privilegio exclusivo del Cabildo; se les
dejó el púlpito y el coro. Durante los
días de la novena se celebró la fiesta
de San Felipe de Jesús el día 5 de febrero,
en la misma catedral, con asistencia del virrey, tribunales
y ciudad.
Ya terminadas las fiestas de la
dedicación, puede
decirse que se prolongaron con la que la virreina consagró al
Señor Sacramentado el domingo siguiente, 13 de
febrero, con misa y sermón predicado por el doctor
Diego de Arraya, cura del Sagrario y médico de
la virreina, y procesión por la iglesia.
Marroquí, de quien tomamos todas las anteriores
noticias, consigna hasta lo que se gastó de cera
en cada una de las funciones, la cual pasó de
seis arrobas y fué costeada por la archicofradía
del Santísimo, aunque el virrey contribuyó con
dos mil pesos. |