En el
apartado siguiente vemos cuáles fueron las campanas
que se colgaron en estos campaniles de las torres. Cada
campanil se halla limitado por una balaustrada de piedra
que indudablemente fué colocada al fin, cuando
la iglesia fue concluida.
El segundo cuerpo de la torre ostenta antes que nada una
balaustrada que circunda toda la cornisa del cuerpo bajo,
con perillones en las pilastrillas que corresponden a las
pilastras inferiores.
Hemos dicho que el arquitecto que
resolvió el problema
de las torres fué José Damián Ortiz
de Castro, y en la resolución de tales cuerpos y
del remate vemos el genio de este extraordinario arquitecto.
El problema se presentaba en efecto difícil, porque
el primer cuerpo era bastante pesado, casi para soportar
dos más, como en la catedral de Puebla. Pero entonces
las torres hubieran resultado desproporcionadamente altas,
como lo son las de la catedral angelopolitana. Entonces
construye un segundo cuerpo que procura aligerar lo más
posible y un remate que en su altura corresponde casi a
un tercer cuerpo. Vamos por partes: el segundo cuerpo se
halla constituido por pilastrones formados de un núcleo
y dos pilastras adosadas de orden jónico que sostienen
un entablamiento también jónico. Mas en vez
de ser una estructura compacta como la del primer cuerpo,
Ortiz de Castro imagina una estructura ochavada, inscrita
dentro del rectángulo que forman los cuatro pilastrones,
y lo logra mediante pilastras aisladas que ofrecen un campanil
con arco de medio punto en la parte baja, y una ventana
en la parte alta. La división entre estos dos miembros
arquitectónicos se halla constituida por una faja
de piedra que se prolonga horizontalmente dentro de las
pilastras hasta encontrar su compañera en el otro
espacio, y así sucesivamente. Para asegurar la estabilidad,
establece cinchos de acero que ligan las pilastras exteriores
con el cuerpo interior. Por tal sistema logra construir
un segundo cuerpo que, a la vez que continúa el
estilo del cuerpo inferior, es más ligero y ofrece
a la torre un aspecto calado desde diversos puntos de vista.
Sobre el gran cornisamiento volado
se ve la balaustrada, correspondiente a la del primer
cuerpo, con sus pilastrillas a los ejes de las pilastras
inferiores y con basamentos que corresponden a los pilastrones
angulares, sobre los cuales se levantan grandes esculturas
que completan el ornamento de las torres, dándole una escala ascendente
de ornato que se encuentra dentro de la más perfecta
lógica. Hemos hablado ya de estas estatuas y sus
autores en la parte histórica. Debemos describir
el remate. Sobre una especie de ático, con ojos
de buey ovales hacia las caras de las torres y ventanillas
en los ángulos, entre ménsulas invertidas
que parecen sostener el remate, se desplantan grandes campanas
de planta elíptica y vigorosamente tratadas. Su
borde, en efecto, está constituido por una gran
moldura y a las ménsulas invertidas corresponden
fajas que dividen la superficie de las campanas. Tales
fajes terminan en otra gran moldura que sirve de imposta
para sostener cuatro grandes medallones ovalados de eje
vertical, flanqueados por guirnaldas rematadas en florones.
La campana se prolonga hacia lo alto y tiene por remate
un ensanchamiento semiovoide con el borde rebajado en curvas
y resaltado por una moldura angular. En este remate se
prolongan las fajas del cuerpo de la campana hasta terminar
en su centro, el cual sostiene una gran esfera de piedra
rematada por una cruz. Hemos hecho la historia de estas
grandes esferas con sus cruces, pero bueno es señalar
que la cruz de piedra no tiene ninguna alma de hierro,
sino que es simplemente la piedra la que se sostiene por
sí sola y las esferas tienen un vástago de
acero de tres varas que están sostenidos en la bóveda
que se sostiene por sí sola y las esferas tienen
un vástago por medio de una cruceta de hierro.
Tales son las torres de esta catedral,
torres solemnes pero llenas de espíritu, de personalidad, que no
se parecen a ningunas otras como hemos dicho, rematadas
en esas dos gigantescas campanas que parecen sonar al unísono
de los bronces que cuelgan en los campaniles, como si toda
la iglesia quisiese uniformarse en un repique en que hasta
la piedra se había vuelto sonora. Y así llaman
a nuestros corazones cada vez que las vemos, cada vez que
cruzamos frente a la plaza, cuando no podemos dejar de
admirarlas.
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