Encontramos en
la catedral la expresión máxima de la
paz porque el magno monumento se abre, para recibirnos
siempre con un espíritu de bondad, de misericordia
hacia nuestras flaquezas, de reconciliación
con los principios del bien.La catedral, santuario
máximo de Dios, no puede albergar sino la paz.La
paz, ese don de las almas privilegiadas que han sabido
equilibrar en si mismas la vida externa, mundanal y
pasajera, con la esperanza de una vida sin limite,
sin asechanzas, sin dolores. Dice Rodin que estas ideas
surgen por la armonía.
Es que la armonía es el principio fundamental
de toda arquitectura, así sea en las obras
más
arcaicas y primitivas, como en las más modernas
y audaces. La armonía debe imperar como ley
en todo monumento arquitectónico digno de ser
así llamado.
La armonía de la catedral se encuentra en su
plano sobriamente trazado, en forma de cruz inscrita
en un rectángulo
y limitado por capillas en la periferia. Las dos grandes
torres son como atalayas que vigilan los contornos
del edificio. La nave central parece destinada a los
escogidos. En las naves procesionales los fieles se
acurrucan en muchedumbre. El altar de los Reyes preserva
un sitio al gobernante que debe representar a Dios
en la tierra. El crucero sirve de desahogo al interior
y, en el centro, la cúpula
vuela como una imagen anticipada de la gloria eterna.
Tal es en esquema la estructura de, una catedral. El
equilibrio entre las partes y el todo, el engace que
llamaban los viejos arquitectos; la armonía
entre esas mismas partes, sostenida por las sabias
proporciones, produce ese sentimiento de reposo espiritual
que hace del monumento la creación más
intensa y más fecunda
de toda la arquitectura eclesiástica.
Para el arte de las colonias
españolas de América,
la construcción de las grandes catedrales significa
la máxima altura a que podía llegar el
esfuerzo arquitectónico de cada país, a,
la vez que la expresión del criterio artístico
más ortodoxo, más apegado a las formas
europeas. La primera gran catedral de América,
la de Santo Domingo, fue comenzada en 1515 por el arquitecto
Alonso Rodríguez, maestro mayor que había
sido de la catedral de Sevilla, según lo afirma
Llaguno. Hoy la critica niega que Alonso Rodríguez
haya pasado a América; parece que fue un convenio
que no se llevó a cabo. Sea como fuere, el templo
nos muestra un interior gótico de tres naves,
cubiertas con bóvedas de crucería sostenidas
por gruesas columnas. Las nervaduras penetran directamente
en el fuste, pues no existe capitel: apenas un anillo
de pomas marca el limite; todo ello es característica
de la arquitectura del siglo XV. En el exterior vemos
dos portadas: una aparece reciamente fortificada,
en tanto que la otra, de pleno Renacimiento, pone
un destello de gracia en la vetustez del edificio.
La primera gran catedral de
la Nueva España fué -aparte
del enorme esfuerzo de don Vasco de Quiroga lastimosamente
fracasado para construir una gran catedral en Pátzcuaro
- la de Mérida de Yucatán, concluida por
Juan Miguel de Agüero, arquitecto al parecer montañés,
después de reconocida la fábrica con Gregorio
de la Torre, entre los años de 1574 y 1578. "En
atención a los buenos servicios que contrajo en
esta obra y en la fortificación de la Habana de
donde se le ordenó pasase a Mérida, el Gobernador
de Mérida de Yucatán le concedió la
asignación anual de doscientos pesos de oro de minas,
doscientas fanegas de maíz y cuatrocientas gallinas." La
conclusión de esta catedral tuvo lugar en 1598,
como podía leerse en la inscripción que aparecía
en el anillo de la cúpula. La catedral de Mérida
olvida el sistema ojival de bóvedas con nervaduras,
para cubrir sus tramos con bóvedas decoradas con
casetas ajedrezadas, es decir, ya en espíritu
de pleno Renacimiento. Su exterior, desgraciadamente,
no fue concluido conforme a los planos del arquitecto
primitivo.
La catedral de Puebla fue comenzada
un poco después
que la de México; pero su conclusión tuvo
lugar antes, gracias a la actividad y energía de
aquel hombre extraordinario que se llamó don Juan
de Palafox y Mendoza. Su arquitecto, Francisco Becerra,
había proyectado una gran iglesia de tipo salón,
como la actual catedral de Cuzco, en el Perú, en
la que sin duda intervino el mismo maestro. Sin embargo,
cuando el señor Palafox reanudó la obra,
la Catedral de México iba tan adelantada en su fábrica
que influyó sobre su hermana de Puebla y así la
nave central, que era de la misma altura de las colaterales
como en todas las iglesias de tipo salón, fue levantada
como en la de México. Por eso ambas catedrales parecen
gemelas. No obstante, el hecho de que la catedral de Puebla
fuese terminada en el relativamente corto período
de tiempo que gobernó la mitra poblana el señor
Palafox, hace que el edificio presente un estilo más
homogéneo que el de la Catedral de México
en su exterior. Ese estilo es mucho más cercano
al desornamentado de Juan de Herrera. Parte hay en
el templo, como las torres, que, salvo los remates
barrocos de ladrillo y azulejo, que son muy posteriores,
recuerdan vivamente el Escorial.
La Catedral de México resume en si misma todo el
arte de la Colonia. Su construcción tardó casi
tres siglos, de manera que en ella se compendian todos
los estilos, desde las bóvedas ojivales de sus primeros
tiempos, el severo herreriano de sus portadas del lado
del norte, de las de la sala capitular y la sacristía,
hasta el neoclásico de Ortiz de Castro y el Luis
XVI de Tolsá, pasando por el barroco de las demás
portadas y el churrigueresco coruscante del altar de los
Reyes. Acontece en ella lo mismo que en sus grandes hermanas
españolas cada época le imprime un tono en
el estilo que impera. Lo admirable es haber conseguido
la unidad dentro de lo diverso; unidad espiritual si se
quiere, ya que no visual, pero al fin unidad. No podemos
menos de pensar que aquellos hombres, que sentían
el arte de modo diverso de como lo habían sentido
sus antecesores, obraban inspirados por un mismo espíritu,
aunque el resultado de su creación fuese distinto.
Por eso seria absurdo pretender artificialmente que el
templo regresase a una unidad estilística que nunca
tuvo. Debemos respetarlo en su variedad pintoresca de estilos.
Sólo cuando los agregados son de nula calidad o
de escaso valor artístico, es permitido suprimirlos
para buscar una mayor armonía.
La Catedral de México representa, como las demás
catedrales de América, la continuación de
la serie magnífica de catedrales españolas.
Su parentesco no es simplemente el que implica una semejanza
de conjunto. Viene de más hondas raíces:
al ser construida, sus autores tuvieron presentes las catedrales
españolas que habían sido edificadas antes.
La idea primordial fue construir una catedral semejante
a la de Sevilla y aun parece que el templo fué trazado
así, pero tan loca ambición por grandiosa,
era desproporcionado: el arzobispo Montúfar hubo
de contentarse con edificar un templo semejante a la catedral
nueva de Salamanca o la de Segovia. Su estructura es muy
parecida a la de estos últimos templos, pero tamibién
influyó no poco la de Jaén.
Desde el punto de vista social,
la historia de la Catedral de México nos enseña cómo las grandes
creaciones son obra en este país del esfuerzo personal,
a la inversa de las viejas catedrales europeas, nacidas,
como lo prueba Violet-Le-Duc, del esfuerzo del pueblo coligado
con la clerecía y el poder regio contra el feudalismo.
La Catedral de México debe su existencia a determinadas
personas: los arzobispos que se dieron cuenta de la necesidad
de la obra y la solicitaron con toda energía; los
reyes de España que ordenaron su construcción;
los virreyes que pusieron en obedecer el mismo entusiasmo
que en crear y los artífices que levantaron el edificio
muchas veces con su propia sangre. Estas voluntades, ideas
fuerza de la obra, eran fecundadas y servidas por los maestros,
los aparejadores y los millares de indígenas que,
a veces contra su voluntad, a veces de buena gana, consagraron
su esfuerzo a la fábrica material del templo. La
sociedad mexicana puede decirse que en aquella época,
a mediados del siglo XVI, aún no existía.
La Colonia era un campamento de guerreros y la iglesia
viene a sumar sus esfuerzos evangelizadores a la situación
aún militar y bélica del momento. Buena prueba
de ello son los grandes templos fortalezas que se construyen
hacia esa época, algunos con una estrategia militar
tan perfecta como el de San Francisco en Tepeaca, que parece,
más que iglesia, castillo. Hábil idea política
fue la del primer virrey don Antonio de Mendoza, que hizo
que, en vez de construir fortalezas en cada pueblo, se
levantasen templos fortificados: así, los indios
no sentían el yugo del conquistador; era en el mismo
seno de la iglesia que los protegía y les daba el
alimento espiritual donde existía el símbolo
guerrero de la dominación, en las almenas, pasos
de ronda y garitones que lo coronaban; pero, a la vez,
de protección contra los indios aún rebeldes.
Al transcurrir de los años la obra de la Catedral
se impone como una necesidad latente, a la cual hay que
consagrar todo el esfuerzo. Y no faltaron contradictores
a la obra: toda obra grandiosa suscita rivalidades; mientras
más grandiosa es, mayores son éstas, como
lo prueba el magno proyecto de don Vasco de Quiroga para
su catedral de Pátzcuaro. La fuerza de voluntad
de quienes se consideraban obligados a llevar adelante
la obra venció todas las dificultades, y as! pudo
desarrollarse lentamente, sin más interrupciones
que las necesarias: los años de hambre o cuando
la inundación asolaba terriblemente a la capital.
Naturalmente, la edificación exigió enormes
cantidades de indios y no siempre se les trató con
la justicia debida. Los frailes, siempre protectores de
sus neófitos, elevaron más de una ocasión
su protesta contra la obra. Puede haber habido en el fondo
cierta rivalidad hacia una iglesia que tal vez juzgaban
innecesaria, puesto que ellos tenían numerosas iglesias
conventuales, pero no debe dejar de mencionarse el hecho
para justicia de unos como para desdoro de otros. Así,
aunque con palpable exageración, fray Jerónimo
de Mendieta escribía en 1592: "Mas si a la
iglesia mayor dé México le bastan para entender
en su edificio ciento o doscientos indios, ¿por
qué han de llevar allí millares dellos con
tanta violencia y pesadumbre para darlos el repartidor
a quien se le antojaré (o a quien el virrey lo mandare)?".
Es evidente que fray Jerónimo se ofusca cuando afirma
que semejante obra podía ser construida con
cien o doscientos indios, pero no podemos menos de
alabar su celo cuando se queja con toda justicia
de que los indios destinados a la Catedral eran enviados
a otras obras.
El esfuerzo de los virreyes
que concluyeron la Catedral demuestra que casi era
el asunto más importante
que en su gobierno desarrollaban. Verdadera emulación
surge entre los gobernantes de Nueva España para
ver quién cerraba más bóvedas
de la naciente Catedral. En verdad puede afirmarse
que, en la historia que va a leerse, cada piedra
lleva inscrito un nombre.
Debemos considerar ahora el
significado de la Catedral desde el punto de vista
religioso. Cuando se erigen los obispados de Nueva
España se encuentra ésta,
en lo que a religión toca, bajo el dominio exclusivo
de las órdenes religiosas. Los apostólicos
franciscanos, los dominicos, los agustinos se han repartido
el país para evangelizar a los indios y administrar
los sacramentos. Cada convento es una parroquia y los frailes
gozan de prerrogativas especiales, concedidas envista de
la necesidad por los Papas, para la administración
parroquias, sin tener que dar cuenta a ningún obispo.
La obra de los misioneros está ya definitivamente
juzgada.
Aquellos hombres heroicos no
vacilaron muchas veces en afrontar el martirio para
propagar la fe de Cristo entre los indios indómitos; pero otros, más heroicos
quizás, interpusieron sus débiles armas entre
la tiranía feroz de conquistadores y encomenderos
y la debilidad vencida de los indios. Mas es indudable
que, una vez consumada la conquista, incorporado el nuevo
país a la cultura de occidente, así en sus
manifestaciones del pensamiento como del espíritu,
era necesario que la organización religiosa se encontrase
en consonancia con la organización del clero
secular europeo.
Que no hubo la menor intención por parte de los
reyes de España de perjudicar a los frailes, así en
su obra como en su instituto, nos lo demuestra el hecho
de que los primeros obispos fueron escogidos entre miembros
de las órdenes mendicantes. Don fray Juan de Zumárraga.
varon extraordinario, primer obispo y arzobispo de México,
fué franciscano. Y que no solo aprovechaba las actividades
de sus hermanos de hábito, sino que existía
una colaboración intima entre los franciscanos y
la mitra, se puede demostrar con múltiples hechos.
A este primer periodo de colaboración mutua entre
prelados y frailes sigue una época en que, por incomprensión
de algunos o por intolerancia de otros, no reina ya semejante
armonía. El carácter enérgico del
señor Montúfar, que tuvo que obrar con rectitud
para corregir los males que invadían a la Colonia;
los privilegios concedidos por el Vaticano o el rey a los
frailes, siempre en vigor, aunque en demérito muchas
veces de la autoridad episcopal, produjeron choques inevitables.
La culpa quizás no haya sido de los mismos actores,
sino más bien de las autoridades que no supieron
armonizar la obra de los frailes con las necesidades de
los obispos y su régimen perfectamente organizado.
Los privilegios concedidos a aquéllos, que bien
merecidos los tenían, eran causa, a veces, de que,
espiritualmente, fuesen mucho más poderosos que
los obispos porque los indios, agradecidos por el bien
que les habían otorgado desde un principio, se declaraban
sin discusión partidarios de los frailes y de sus
conventos y enemigos de los clérigos.
Llegó un momento, cuando la evangelización
puede decirse que había terminado en el núcleo
del país y sólo era necesaria en las regiones
más lejanas, en que se imponía una modificación
a la organización eclesiástica de la Nueva
España; los frailes deberían volver a su
vida contemplativa, propiamente monástica, con su
clausura, y dejar la administración de las parroquias
a los señores obispos que designaban sus clérigos.
Tal hecho fué convirtiéndose en realidad
paulatinamente, pero por desgracia no fue implantado siempre
en una forma pacifica y amistosa, sino que hubo choques
lamentables, y los señores obispos, fundándose
en el derecho indudablemente, se excedieron un tanto en
la secularización de las parroquias. Para el siglo
XVIII esta secularización es completa; las órdenes
religiosas se encuentran en decadencia en tanto que los
obispados florecen, cada vez mejor organizados. Parece
que aquel esfuerzo heroico de los frailes para arrebatar
del mal a las ,almas de los indios, era lo que les daba
la grandeza, la energía y el espíritu que
tanto admiramos en ellos durante el siglo XVI. Continúa
la evangelización; todavía hay hombres que
sufren el martirio por propagar la fe de Cristo más
allá de las fronteras habituales de la Nueva España.
Su labor, desde el punto de vista del espíritu y
dela religión, es no menos grandiosa, pero los tiempos
habían cambiado los paises en que trabajaban eran
de suma pobreza y, así, no puede compararse nunca
la obra extraordinaria de los frailes en la Nueva España
durante el siglo XVI, con la que produce esta evangelización
posterior, no menos santa, pero sí mucho menos
creadora en lo que al arte se refiere.
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