Pero
como la situación de la Nueva España
era cada día más confusa, el emperador
determinó que el nuevo obispo pasase a su
sede aun antes de recibir sus documentos legales.
El señor Zumárraga llegó a México
en compañía de los oidores de la primera
Audiencia. Frente a aquel grupo de hombres desalmados
que sólo procuraban medrar para sí mismos,
el obispo no oponía más armas que su
cargo episcopal, reducido a la categoría de "electo",
y el nombramiento de Defensor de los Indios que le
diera Carlos V, que aprovechó en una forma
verdaderamente heroica, para oponerse a los desmanes
de esa camarilla de pícaros que con el titulo
de oidores estuvieron a punto de destruir toda la
obra edificada por Hernán Cortés y
sus colaboradores.
Las paces entre el Papa y el emperador fueron firmadas
el 29 de junio de 1529 en Barcelona, y entonces, a
petición de Carlos V, Clemente VII expidió la
Bula Sacri Apostolatus, de fecha 2 de septiembre de
l530, por la cual erigía el obispado de México
y al mismo tiempo aquélla en que nombraba primer
obispo de la nueva diócesis a don fray Juan
de Zumárraga, y las complementarias para instituir
la nueva sede como sufragánea del arzobispado
de Sevilla.
Como el prelado había hecho
el viaje a la Nueva España desde 1528, llegando
a Ulúa al mismo tiempo que los oidores de
la primera Audiencia, su posición legal
ofrece un curioso problema. No podía ser
obispo electo puesto que la elección era
facultad exclusiva del Papa, pero tenía
la seguridad de serlo por la prerrogativa que el
mismo Pontífice concediera a los reyes de
España. Don fray Juan de Zumárraga
usó en todas sus providencias obispales
el titulo de "electo"; en realidad no
lo era, ni tampoco podía ser "presentado",
porque la anormalidad que reinaba entre la Corte
de España y el Papado impedía que
Carlos V pudiese hacer una presentación
formal. En consecuencia hay que aceptar que, fundándose
en las prerrogativas concedidas a priori, se aceptaban
un tanto arbitrariamente las consecuencias que
iban a obtenerse a posterior.
Sea como fuere, el señor
Zumárraga desempeñó su cargo
legal o ilegalmente, pero con un espíritu
verdaderamente apostólico. Traía entre
sus despachos, como hemos dicho, el nombramiento
de Protector de los Indios, acaso más importante
en aquellos tiempos turbulentos que las bulas episcopales.
Y ese cargo fué llevado a término por
el prelado en tal forma, que puede decirse que a él
se debe que todo el cúmulo de tiranías
y crímenes cometidos por esa infausta primera
Audiencia, cuyo nombre sólo parece una mácula
en el gobierno de Carlos V, fuese corregido, castigado
en lo posible y remediado hasta donde se podía
con el nombramiento de los integérrimos varones
que constituyeron la segunda Audiencia de la Nueva
España.
Todo ello se debe a Zumárraga,
a su famosa carta del 27 de agosto de l529 que es,
sin duda, el documento más notable para la
historia de ese período en nuestro país.
Los enemigos del obispo no habían
estado ociosos; sus acusaciones contra él,
presentadas por los buenos valedores que tenían
en la corte, hicieron que fuese llamado a España,
para donde partió el año de 1532. Su
presencia y su actitud, desbarataron todos los cargos
y fué entonces cuando su diócesis quedó formalmente
establecida. En efecto, fué allí consagrado
el 27 de abril de 1533, en la capilla mayor del convento
de San Francisco de Valladolid, por el señor
obispo de Segovia, don Diego de Rivera. El 2 de agosto
del mismo año despachó Carlos V las
ejecutoriales u órdenes para cumplir las bulas,
dirigidas a la Audiencia de la Nueva España.
El 27 de diciembre del mismo año el bachiller
Alonso López, que se dice canónigo
y provisor, y Bernardino de Santa Clara, vecino prominente
de México, presentaron estos documentos que
la Audiencia mandó que fuesen obedecidos y,
así, el 28 de diciembre del mismo año
1533 tomaron posesión los apoderados del señor
Zumárraga en la iglesia mayor de México.
Una vez consagrado obispo escribió,
con aquel espíritu seráfico que inspiró todos
los actos del santo varón, una exhortación
latina dirigida a los frailes franciscos y de Santo
Domingo, para que en su compañía recogiesen
los frutos que les brindaba la cosecha riquísima
que se les ofrecía en el nuevo mundo.
Poco más de un año
permaneció en España el señor
: Zumárraga negociando asuntos de su obispado,
y a principios de 1534 redacto la erección
de su iglesia, documento importantísimo en
el cual se ve cómo estaba organizaba la diócesis
de México.
Antes de que demos noticia acerca
de esta organización, conviene señalar
los territorios que comprendía el obispado
de México. Eran ellos los que hoy ocupan el
Distrito Federal, los Estados de México, Hidalgo,
Querétaro, y Morelos en su totalidad; la Huasteca
potosina, es decir, los antiguos partidos de Tancanhuitz,
Valles y Tamazunchele, de San Luis Potosí;
la Huasteca Veracruzana, o sea, los viejos cantones
de Ozuluama y Tantoyuca, en Veracruz; dos distritos
según la organización antigua del Estado
de Guanajuato: Iturbite, antes Casas Viejas, y Victoria,
anteriormente llamado Xichú; y cinco de los
antiguos distritos del Estafo de Guerrero: Alarcón,
o sea Tasco, Aldama, que era Teloloapam, Bravos o
Chilpancingo, Hidalgo, antes Iguala, y Taberes, que
corresponde a Acapulco.
La erección de la iglesia
de México, inspirada en la de la de Sevilla
y que sirvió de modelo a las de muchas otras
catedrales, organiza en un todo el servicio eclesiástico;
para ello designa desde luego a los miembros que
han de formar su Cabildo: al deán, que es
la primera dignidad después de la pontifical;
al arcediano, a quien corresponde el examen de los
ordenandos, la administración de la ciudad
y de la diócesis, aparte de la visita de la
misma si el prelado se la encargare; un chantre,
que debe ser instruido y perito en música,
o a lo menos en canto llano, ya que su oficio es
cantar en el facistol y enseñar a cantar a
los servidores de la iglesia y llevar la administración
del coro. Un maestrescuelas, que debe enseñar
gramática a los clérigos y a los servidores
de la iglesia, así como a los fieles de la
diócesis que quieran oír sus lecciones.
Un tesorero, al que corresponde hacer cerrar y abrir
el templo, tocar las campanas, guardar todos los
utensilios eclesiásticos, lámparas
y candiles, cuidar del incienso, de la cera, del
pan y del vino y de las demás cosas para celebrar,
y finalmente vigilar los réditos de la fábrica
de la iglesia, tanto cuenta de todo al Cabildo para
que él dé su acuerdo. Diez cargos de
canónigos y prebendas, que deberían
ser independientes de las dignidades antes mencionadas.
Seis raciones íntegras y seis metías
raciones. El número de rectores necesario
para el servicio de la Catedral. Seis acólitos.
Un sacristán. Un organista. Un pertiguero.
Un mayordomo o procurador de la fábrica de
la iglesia y hospital, el cual presidirá a
los arquitectos, albañiles, carpinteros y
otros oficiales que trabajen para edificar las iglesias.
Un conciliarlo o notario, y finalmente un perrero
que debe echar a los perros de la iglesia y limpiarla
todos los sábados y en víspera de cualquiera
fiesta que tenga vigilia y cada vez que le sea mandado
por el tesorero.
Con un personal tan numeroso en
una iglesia nuevamente erigida, era difícil
que se obtuviesen los elementos necesarios para sostenerla.
Puede decirse que el señor Zumárraga
erige su iglesia pensante en el futuro, cuanto la
diócesis de México llegue a ocupar
la importancia que el nuevo país le reclama.
En la actualidad, los frailes ocupan la mayor parte
de la administración, por tanto, debe hacerse
una limitación provisional en el número
de dignidades, canónigos y raciones. Así,
en la misma erección, suspende por de pronto
la dignidad de tesorero, cinco canónigos y
todas las raciones y medias raciones. Y además
procura mejorar las retribuciones.
Así se distribuían
tales monumentos:
Al deán, ciento cincuenta
libras "llamadas vulgarmente en aquellas regiones
pesos"; al arcediano, ciento treinta pesos;
a cada uno de los canónigos, cien pesos; a
los racioneros, setenta pesos; a los medio racioneros,
treinta y cinco; a los capellanes, veinte; a cada
acólito, doce; al organista y al notario,
dieciséis; lo mismo al pertiguero; al mayordomo,
cincuenta, y al perrero, doce.
Viene en seguida la distribución
de los diezmos, la organización de las parroquias
y una disposición especialmente valiosa para
la historia de la Catedral: el apartado 31 de la
erección, que en su parte final dice: "Aplicamos
también perpetuamente con la misma autoridad
a la fábrica de la iglesia catedral de María
Santísima de nuestra diócesis dicha,
todos y cada uno de los diezmos de un parroquiano
de la misma iglesia, y de todas las otras iglesias
de toda la ciudad y diócesis; con tal de que
el tal parroquiano no sea el mayor o el más
rico de dicha nuestra iglesia catedral y de las otras
iglesias de nuestra referida diócesis, sino
el segundo después del primero". Es decir,
que aparte de lo que de los fondos de fábrica
estaba destinado para la obra de la iglesia, se dedican
los diezmos de un feligrés, de los más
ricos, no el primero, sino el que le seguía.
La advocación de la santa
iglesia Catedral debía ser la de la Asunción
de la Virgen María, y agrega: "Asignamos
por parroquianos de la dicha iglesia las casas, habitantes
y moradores y vecinos, tanto los que dentro de la
ciudad, como los que en los suburbios de ella habitan
y moran de presente, y en lo futuro habitasen y morasen,
hasta que en dicha ciudad se haga por Nos y por nuestros
sucesores cómoda división de parroquias,
a la cual también tengan obligación
de pagar derechos de iglesia parroquial, diezmos,
primicias y hacer oblaciones..."
El último apartado de la
erección prescribe para el obispo y sus sucesores
la facultad de establecer en lo sucesivo aquellas
cosas que convinieron y termina con los párrafos
necesarios para ratificar en todas sus partes la
erección. La fecha dice: "Dada en Toledo
en el año de la Natividad del Señor
de 1534. "Regresó don fray Juan a México
a continuar su misión apostólica ayudado,
ahora sí, por los funcionarios de la segunda
Audiencia. La vida colonial seguía su marcha,
sin más contratiempos que discusiones ociosas
en aquellos tiempos en que la necesidad imponía
prácticas que tenían por fuerza que
apartarse de las costumbres aceptadas. Tal aconteció con
la discusión acerca del bautismo de los indios,
que, claramente se comprende, no podía constar
de todas las ceremonias prescritas por la iglesia,
puesto que muchas veces tenía que hacerse
en forma colectiva. La discusión llegó a
tal punto que hubo que acudir a una autoridad superior,
y así se organizó una junta con la
Audiencia, obispos y prelados de las Ordenes, que
tampoco llegó a ningún acuerdo. Turnado
el asunto a España, el Consejo de Indias y
el arzobispo de Sevilla determinaron que se continuase
en la forma que se había hecho, hasta consultar
con Su Santidad. El Papa Paulo III expidió el
primero de junio de 1537 la bula Altitudo divini
consilii, que resolvía claramente este problema
y otros muchos que se habían suscitado.
Con el transcurso del tiempo se
fundaron nuevas diócesis en la Nueva España,
de manera que la situación eclesiástica
de México requería otra organización:
era necesario que existiese una Metropolitana de
la cual dependieran todas estas diócesis en
calidad de sufragáneas, en vez de tener que
depender de la catedral de Sevilla, mucho más
lejana. "Por eso, en consistorio secreto de
11 de febrero de 1546, y a instancias del emperador,
separó el señor Paulo III la iglesia
de México erigiéndola en Metropolitana,
y dándole por sufragáneas las de Oaxaca,
Michoacán, Tlaxcala, Guatemala y Ciudad Real
de Chiapas. Nombró por primer arzobispo al
mismo señor Zumárraga y el 8 de julio
de 1547 le envió la bula del Palio, que no
llegó a recibir."
El señor :Zumárraga
se encontraba en el pueblo de Ocuituco, que se le
había dado en encomienda para sostener con
sus tributos el Hospital del Amor de Dios, cuando
recibió la noticia que lo sobresaltó en
forma inexplicable, porque se juzgaba indigno de
ser obispo y más ano del arzobispado. Regresó a
México y fué a consultar el caso con
su íntimo amigo fray Domingo de Betanzos,
que se encontraba en su convento de Tepetlaóztoc;
hizo el viaje secretamente, en un asno, y tanto la
preocupación que le agobiaba como la fatiga
que le causó haber confirmado a catorce mil
quinientos indios, le agravaron sus males y tuvo
que regresar a México, acompañado por
el padre Betanzos, en donde, a pocos días,
murió el 3 de junio de 1548.
De este modo cambió la organización
del obispado, pasando el de Nueva España a
la calidad de Metropolitano y los demás a
la de sufragáneas.
Más tarde la Provincia Mexicana
se subdividió en diversos arzobispados, haciendo
que fueran sufragáneos de cada uno de ellos
los nuevos obispados que se iban fundando en el transcurso
del tiempo; así, la Iglesia mexicana consta
en la actualidad de una metropolitana que a la vez
es provincia y tiene por sufragáneas a las
diócesis de Veracruz, Tulancingo, Chilapa
y Cuernavaca.
La Provincia de Oaxaca, con Tehuantepec
y Chiapas por sufragáneas.
La Provincia de Guadalajara, con
Zacatecas, Tepic y Colima.
La de Linares (Monterrey), con San
Luis Potosí, Saltillo y Tamaulipas.
La de Michoacán, con Zamora,
León, Querétaro ., Tacámbaro.
La de Durango, con Sinaloa, Sonora
y la vicaría apostólica de Baja California.
La de Puebla, con Huajuapan de León.
Y la de Yucatán, con Campeche
y Tabasco.
Consta la Iglesia
mexicana en la actualidad de treinta y un obispados,
la vicaría apostólica de la Baja California
y la basílica de Nuestra Señora de
Guadalupe, que tiene abad mitrado y cabildo y puede
considerarse, en consecuencia, como otra catedral.
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