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CONCILIOS PROVINCIALES MEXICANOS

PROYECTO PARA LA FACHADA DE LA CATEDRAL POR ISIDORO VICENTE DE BALVÁS

La llegada a México de la bula de que antes hemos hablado, originó una junta de los señores obispos que a la sazón existían, junta ordenada por el emperador y hecha efectiva por el primer virrey don Antonio de Mendoza, la cual ha sido considerada como el Primer Concilio efectuado en Nueva España.

Antes, en 1524, los frailes franciscanos que habían llegado a México, los clérigos que existían y tres o cuatro letrados seculares se reunieron para estudiar los problemas relacionados con la propagación de la fe. Las resoluciones adoptadas fueron las siguientes: que se administrara el bautismo dos veces por semana: domingos en la mañana y martas en La tarde; en esos días debía imponerse el Crisma a los que habían sido bautizados sin él; que los enfermos crónicos pudieran confesarse dos veces al año y que para los neófitos sanos el cumplimiento del precepto eclesiástico comenzase en la dominica de septuagésima; que ninguno pudiera casarse sin haber sido antes examinado de la doctrina cristiana y haber ejecutado la confesión.

   
   

La junta de l539 casi puede considerarse como un Concilio. Asistieron a ella, además del señor Zumárraga, don Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán; don Juan López de Zárate, obispo de Oaxaca; fray Juan de Granada, comisario general de la orden de San Francisco; fray Pedro Delgado, provincial de la orden de Santo Domingo; fray Antonio de Ciudad Rodrigo, provincial de la orden de San Francisco; fray Jerónimo Jiménez, vicario y provincial de la orden de San Agustín; fray Jorge (¿de Ávila?), prior de la dicha orden; fray Francisco de Soto, guardián; fray Cristóbal de Zamora, franciscano; fray Domingo de la Cruz, prior de Santo Domingo; fray Nicolás de Agreda, de la orden de San Agustín y otros letrados religiosos de las tres órdenes. Pueden leerse en los apéndices de la biografía del señor Zumárraga, escrita por don Joaquín García Icazbalceta, las conclusiones a que llegaron estos venerables varones.

PROYECTO PARA LA FACHADA DE LA CATEDRAL POR JOSÉ DAMIÁN ORTÍZ DE CASTRO

   
   

Todas ellas se refieren casi a hechos materiales del culto, a organización eclesiástica y a impedir en lo posible que, so color de hacer más suntuosas las ceremonias, los indios no incurriesen en sus prácticas de idolatría, en sus bailes o areytos de que tanto gustaban. Sea como fuere, los veinticinco capítulos de que constan las resoluciones de esta junta deben ser considerados como la primera disposición tomada colectivamente por los prelados y los dirigentes de las órdenes religiosas que existían en México a la sazón. Otras dos juntas se verificaron en México en 1532 y en 1544, pero en ellas, más que de asuntos religiosos, se trató de asuntos de índole social, sobre todo en la de 1544, convocada por el visitador Sandoval y que tuvo por objeto discutir el arduo problema que originó la promulgación de las Nuevas Leyes.

Vamos a tratar ahora de las reuniones más importantes para la historia de la Iglesia en México, convocadas por la autoridad máxima de ella, el arzobispo de México. Cinco son los concilios que se han efectuado en México; su importancia no puede negarse, no sólo por lo que afane a la organización eclesiástica, sino a la conducta general que debían seguir los habitantes de Nueva España. La importancia de los concilios - no ha sido bien apreciada por los historiadores de la Colonia, pero algunos de aquellos, por ejemplo el tercero en que colaboraron los hombres más sabios y distinguí dos que existían en la Nueva España, es indispensable para conocer íntegramente la organización del país el. la época. Todo se halla reglamentado, todo está perfectamente resuelto. Los primero concilios fueron obra del segundo arzobispo de México, don fray Alonso de Montúfar. El tercero revela la energía y actividad de don Pedro Moya de Contreras. El cuarto fué obra de aquel distinguidísimo arzobispo que se llamó el señor Lorenzana y el quinto se efectuó bajo la dirección de don Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera.

El primer concilio se efectuó en 1555; sus resoluciones fueron publicadas por el célebre Juan Pablos, primer impresor de México. El segundo tuvo lugar en l565 para la aceptación y cumplimiento del Concilio de Trento. El tercero se celebró en l585, siendo arzobispo y virrey el señor Moya de Contreras, que indudablemente aprovechó el hecho de reunir en su mano los dos mayores poderes de la Nueva España para efectuarlo. No fué publicado sino en 1622. El cuarto concilio se reunió en 1771. No fué aprobado por la Santa Sede, quizás por no haberse solicitado dicha aprobación; pero que llenó todos los requisitos necesarios para un concilio lo demuestra el hecho de que el último concilio celebrado en México se designa como V. El decreto de promulgación del V concilio fué expedido en México, el 12 de octubre de 1898.

Aunque resulta un poco fuera de lugar, y además el autor carece de autoridad y criterio necesarios para estudiar estos temas, consideramos que la historia de la Iglesia de México resultaría incompleta en su parte canónica si no se hiciesen algunas consideraciones acerca de tan importantes documentos. Debe notarse que hablamos desde el simple punto de vista del historiador, sin que llevados de la audacia lleguemos a criticar o juzgar de las labores de esos beneméritos varones. Además, muchas veces los concilios se relacionan directamente con la historia del arte; por eso es necesario tenerlos en cuenta, para que así el trabajo resulte lo más completo posible.

El primer concilio tuvo lugar, como ya dijimos, en 1555. Comenzó el día de San Pedro y San Pablo, o sea el 29 de junio; lo presidía don fray Alonso de Montúfar y asistieron don Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán; don fray Martín de Hoja Castro, obispo de Tlaxcala (después llamado de Puebla) ¡ don fray Tomás Casillas, obispo de Chiapas; don Juan de Zárate, obispo de Oaxaca que murió durante la celebración del concilio, y don fray Francisco Marroquín, obispo de Guatemala, enviando como representante suyo con poder competente al arcediano de su catedral; asistieron también representantes de los cabildos eclesiásticos de México, Puebla, cuya catedral tenía el título oficial de Tlaxcala, Guadalajara y Yucatán. Los prelados de las religiones y todas las personas que tenían derecho a figurar en esa junta.

Las conclusiones de ese primer concilio constan noventa y tres capítulos, a través de los cuales puede ve se el celo apostólico que inspiraba a aquellos prelados Algunos capítulos se refieren directamente a la Listos del arte, por ejemplo el XXIII, que ordena que no se ve, dan sepulturas ni enterramientos; el XXIV, que prohibe que en las iglesias se hagan sepulcros altos ni tumbas en lo cual debe verse la causa de la escasez de la escultura funeraria en la Nueva España; el XXXIV, que ordena terminantemente: "Sancto aprobante Concilio estatuas mas y mandamos que ningún español ni indio pintaran imágenes ni retablos en ninguna iglesia de nuestro arzobispado y provincia ni venda imágenes sin que primero el tal pintor sea examinado y se le dé licencia por Nos o por nuestros provisores para que pueda pió lar..." el XXXV, que ordena "que ninguno edifique iglesia, monasterio ni ermita sin licencia"; y el LXI, en que prescribe cómo deben ser los manaste ríos. Todo el gobierno eclesiástica' está reglamentad' en este concilio: las fiestas que se deben guardar; e arancel a que deben sujetarse los honorarios de los párrocos; los requisitos que deben llenar los que quiera ordenarse; todo aquello, en fin, que convenía saber y seguir para el buen gobierno de la iglesia.

El segundo concilio, efectuado, como hemos dicho, en l565, no tiene la importancia que el primera porque se trataba simplemente de recibir y jurar Concilio de Trento. Asistieron a él, además del seña Montúfar que lo presidió, don fray Tomás Casilla. obispo de Chiapas; don Fernando de Villagómez, obispo de Tlaxcala con residencia en Puebla; don fray Francisco Toral, obispo de Yucatán; don fray Pedro d Ayala, obispo de Nueva Galicia; don fray Bernardo de Alburquerque, obispo de Oaxaca; el procurador de obispo de Michoacán, los prelados de las órdenes religiosas, el visitador general de la Nueva España, la miembros de la Real Audiencia y los personajes que tenían derecho a asistir a él.

No fué publicado en su época y se conoce por I edición que hizo en 1769 el señor Lorenzana. Consta de veintiocho capítulos, en que se adapta a la Nueva España la parte fundamental de las disposiciones arde nadas en el Concilio de Trento. Así, el primer capítulo ordena que los prelados guarden y manden guarda lo ordenado y mandado por dicho Santo Concilio. La demás disposiciones vienen a ser un complemento y adaptación, como hemos dicho.

El tercer concilio fué convocado el 10 de febrero de 1584, por el señor arzobispo y virrey don Pedro Moya de Contreras. Se abrió con una procesión solemne el 20 de Enero de 1585 y concluyó el 14 de septiembre del propio año. Asistieron a él, además del señor Moya, don fray Gómez Fernández de Córdoba, obispo de Guatemala; don fray Juan de Medina Rincón, obispo de Michoacán; don fray Diego Romano, obispo de Tlaxcala; don fray Gregorio Montalvo, obispo de Yucatán; don fray Domingo Arzola, obispo de Nueva Galicia, y don fray Bartolomé de Ledesma, que lo era de Oaxaca. El prelado de Chiapas, en su camino para México cayó de la mula en que cabalgaba y se rompió una pierna; por tanto, tuvo que enviar a un procurador. El obispo de Comayagua se excusó porque tenía necesidad de ir a España, y el primer obispo de Manila, que no pudo asistir en persona a causa de la distancia y por estar entendiendo en asuntos de su diócesis, nombró igualmente procurador.

Para la celebración del concilio fué renovada casi en su integridad la catedral vieja, a pesar de que ya la nueva iba bastante adelantada en su construcción. Las cuentas de esta reparación, que se conservan en el Archivo General junto con algunas de la nueva obra, aportan preciosas informaciones para la historia de ambos monumentos, las cuales, como se verá a su debido tiempo, procuramos aprovechar.

El tercer concilio mexicano ha sido considerado por todos los autores como el más notable que se verificó en la Nueva España. Toda la vida religiosa y social está reglamentada en sus disposiciones. Los mismos términos en que comienza son edificantes: "El Santo Concilio Provincial Mexicano, recta y canónicamente congregado en México, Metrópoli de la Nueva España de las Indias Occidentales del Mar Océano; para guardar y cumplir los estatutos de los sagrados cánones, y principalmente los decretos del Concilio General Tridentino: para la propagación de la fe católica y el aumento del culto divino, para la reforma del clero y del pueblo y, finalmente, para la común utilidad en lo espiritual y temporal de la Provincia Mexicana poco ha engendrada en el Evangelio y acabada de nacer en Cristo Señor Nuestro." El editor del Concilio, el ilustrado padre Basilio Arrillaga, S. J., en su prólogo a la edición mexicana se expresa en los siguientes términos: "Observará el reflexivo lector que este Concilio es una obra maestra que, lejos de divagarse en síntesis y discursos que mirasen solamente a lo especulativo se ordenó y dirigió a lo práctico, con tanto acierto, que no sólo contribuyó a lo que de primeras bases y fundamentos pudiera necesitar una iglesia de pocos años, sino que aun dió reglas de mucha perfección cuales pudiera aparecer en su mayor aprovechamiento; de manera que si fué útil y conveniente para su fundación, lo fe; igualmente para su reforma. Sus cánones respiran moral más pura, el celo más acendrado, la prudencia más circunspecta." Este concilio fué aprobado "cc la más alta recomendación" por Sixto V en 1589, el 2 de octubre. Largos años transcurrieron sin que volviese a celebrarse en México nuevo concilio: parecía que las disposiciones emanadas y reconocidas universalmente el de 1585 hacían innecesario uno nuevo. Sin embargo en 1771 se celebró el cuarto concilio. Fué convocar por don Francisco Antonio Lorenzana, arzobispo de México, el 10 de enero de 1770 y sus labores comenzaron el 13 de enero del siguiente año, para ser clausuras el 26 de octubre; su promulgación tuvo lugar en Catedral de México los días 5, 6, 7, 8 y 9 de noviembre Asistieron a él, aparte del señor Lorenzana, don Miga Álvarez Abren, obispo de Oaxaca; don fray Antonio Alcalde, de Yucatán; don Francisco Fabián y Fuero de Puebla; don fray José Díaz de Bravo, de Durango don Pedro Sánchez de Tagle, de Michoacán, representado por el doctor don Vicente de los Ríos, docto' de su iglesia. La sede vacante de Nueva Galicia estad representada por el doctor don José Mateo de Arteaga su doctoral.

"Este Concilio no fué aprobado por la Santa Ser y se ha dicho que debido a las ideas jansenistas del Ilustrísimo señor Lorenzana, pero es inexacta la especie pues de hecho fué que las actas nunca fueron siquiera remitidas a Roma, sino se quedaron archivadas en pana. Para explicar esto se ha dicho también que f debido a que en dicho Concilio no campeaba todo regalismo que los miembros del Consejo de Indias hubieran querido, pero creo que también esto es inexacto y que el hecho de haberse quedado archivadas las otras fué debido no más que a las circunstancias de tiempos. En efecto ocupada por entonces la Corte España en el escandalosísimo negocio de la expulsión de los jesuitas y extinción de la Compañía; traslada el señor Lorenzana a la Sede Primada de Toledo, elevado a la púrpura cardenalicia y mandado después a Rol en honroso destierro, primero no tuvo tiempo y después no tuvo humor de agitar este negocio, y pasada, c el transcurso de los años, la oportunidad, no había para qué ocuparse en la revisión de unos decretos que en parte al menos, deberían estar anticuados."

Los asuntos tratados en el cuarto concilio provincial mexicano pueden conocerse gracias a los extractos que publica el señor Vera, en su libro acerca de los concilios. Aunque en la portada sólo menciona el tercer concilio, en su texto de la página 9 a la 76 estudia con bastante detalle el cuarto concilio. Comienza por resellar Regio, como se llamó el volumen que contenía las resoluciones de dicho concilio: "La colección del Concilio IV Mexicano está formada del » Tomo Regio» expedido en San Ildefonso el 21 de agosto de 1769, el cual contiene veinte capítulos, y de los documentos que refiere el fiscal don Pedro de Pifia y Lazo en su respuesta fiscal sobre la aprobación del Cuarto Concilio Provincial Mexicano."

Aparte de los prelados, asistieron al concilio representantes de todas las organizaciones civiles y eclesiásticas del país y es indudable que ellos, considerándose ya como miembros de una nueva nacionalidad, estatuyeron disposiciones más apegadas a la realidad mexicana de lo que fuera conveniente para el gobierno español.

Se dió principio al concilio el 13 de enero de 1771, cantando misa de pontifical y predicando el señor Lorenzana. En seguida el virrey marqués de Croix arengó "oportuna y respetuosamente" a los señores obispos. Le contestó el señor Lorenzana, recordando la asistencia del rey Recaredo al concilio de Toledo. Las sesiones tuvieron lugar desde el 14 de enero hasta el 23 de octubre, en que clausuró la asamblea el virrey Bucareli. Del 5 al 9 de noviembre se celebraron cinco funciones solemnes con misa de pontifical y sermón y en ellas se leyeron al público las actas de las sesiones. Al día siguiente, 10, salió de México comisionado para llevar a España dichas actas el licenciado don Gabino Balladares, juez de obras pías que murió siendo obispo de Barcelona.

No habiendo recibido la aprobación de la Santa Sede, el Concilio no fué impreso sino muchos años después por el señor obispo de Querétaro don Rafael Sabás Camacho.

Después de la independencia de México el primer concilio celebrado tuvo lugar en Oaxaca y fué convocado y presidido por el señor arzobispo Gillow y en él tomaron parte sus sufragáneas, o sean los señores obispos de Yucatán, Chiapas, Tabasco y Tehuantepec, el último por procurador. Celebrase del 8 de diciembre de 1892 al 12 de marzo de 1893.

La Catedral de México, como cabeza de una provincia, celebró un Concilio que ha sido aceptado como el quinto concilio mexicano, que adoptó en su edición y cánones el dictado de quinto a pesar de que, como hemos dicho, el cuarto no fué aprobado por la Santa Sede. Convocó a este quinto concilio el señor arzobispo Alarcón y sus trabajos tuvieron lugar del 23 de agosto de 1896 al 19 de noviembre del mismo año.. Fué promulgado en México el 12 de octubre de 1898 y la aprobación y revisión de las correcciones necesarias hechas por la Santa Sede llevan fecha de 19 de agosto de 1899.

El quinto concilio provincial mexicano se adapta en su estructura a sus antecesores, sobre todo al tercer concilio de l585, como el más notable que se había verificado en México. Consta de cinco partes: la primera trata de la administración del magisterio eclesiástico; la segunda, de la administración del gobierno eclesiástico; la tercera, de la administración del culto divino y de los sacramentos; la cuarta, de los bienes eclesiásticos y de su administración, y la quinta, de los juicios y de las penas. Un último apartado, que se refiere a los decretos del concilio, declara que son nulos y sin ningún valor los estatutos del tercer concilio que no estén aprobados expresamente en el quinto concilio.

Tal es, a grandes rasgos descrita, la historia de los concilios efectuados en México. La Catedral Metropolitana, como madre amorosa no sólo de sus sufragáneas sino de todos los fieles, acogía benévolamente a sus prelados que, llenos de un amor verdaderamente apostólico, propugnaban el mejoramiento de la salud espiritual y social de los fieles.

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