Siguieron los mismos obreros de
la Catedral con el cargo de la capilla y así se hicieron dos altares
colaterales. En el del lado de la Epístola se
puso un Calvario y en el del Evangelio a Santa Rita de
Casia. El altar del centro tenía un frontal de
plata y un Cristo con sus potencias del mismo metal,
que sacaban en las grandes solemnidades y ante el cual
ardían constantemente tres lámparas. En
la actualidad puede verse en el altar principal una imagen
de Nuestra Señora de la Soledad que parece retrato
de la que existe, bien famosa por cierto, en la ciudad
de Oaxaca. Alrededor de ella se ven cuatro pinturas con
escenas de la Pasión, debidas al pincel de Pedro
Ramírez. Arriba se encuentra un cuadro que representa
El Cenáculo, firmado por José María
Vázquez, en 1811, que procede de la capilla de
la Cena. Encuéntranse en la misma capilla unas
grandes pinturas de medio punto que acaso pueden ser
atribuidas a Baltasar de Echave y Rioja.
Es famosa esta capilla en los
anales de nuestra historia, por haber sido teatro del
atentado que sufrió el
virrey duque de Alburquerque la tarde del día
12 de marzo de 1660, en que un hombre lo atacó con
su espada. Puede verse el proceso de tal demente, que
se llamaba don Manuel de Ledesma, en el curioso periódico
llamado Registro Trimestre. Aconteció que
en esa tarde el virrey, que casi a diario visitaba la
obra y después entraba a orar a la capilla, fué de
pronto asaltado por un hombre que penetró hasta
el lugar en que Su Excelencia estaba arrodillado. Las
otras personas que se encontraban en la capilla creyeron
que se trataba de un criado que llevaba un mensaje al
virrey, como varias veces había pasado. Al encontrarse
cerca del virrey, el de Ledesma sacó su espada
y acometió contra el gobernante, pero no se ve
que haya tenido intención de matarlo, pues esto
le hubiera sido fácil, sino que dió tiempo
a que Alburquerque se levantara y sacara su espada para
defenderse. A la sazón llegaron las personas que
se hallaban en la capilla y desarmaron al asaltante,
le quitaron su espada y le llevaron preso.
La causa fué desarrollada con una actividad extraordinaria,
pues en un solo día fué terminada, dictada
la sentencia y cumplida. El hombre, que parece era un
loco y que deseaba antes que nada notoriedad, fué condenado
a la horca, a cortarle la mano, a ser decapitado, y su
cabeza se puso en un palo alto clavado en la horca y "la
mano con la espada en otro palo muy grueso y muy largo
y alto frontero de las casas del marqués del Valle.
El cuerpo fué colgado por los pies en la horca
y permaneció allí hasta las seis de la
tarde del mismo día. Llama la atención
la eficacia de la justicia tratándose de un delito
de leso majestad, cuando para otros era de una lentitud
intolerable.
El castigo fué indudablemente excesivo, ya que
no es seguro que el hombre haya tenido la intención
de matar al virrey, aunque lo haya dicho, pues tal vez,
si así ocurriera, el asesinato se hubiese cometido
con toda facilidad y el castigo aplicado al infeliz de
Manuel de Ledesma hubiese sido otro que el que se le
dió, simplemente por su afán de adquirir
notoriedad.
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