Ningún altar de nuestro templo ofrece una historia
más azarosa que éste de los Reyes. Desde
1682 se proyectó construir un suntuoso altar en
la capilla real, que había de tener por costo cuarenta
mil pesos. Se hizo su montea, pero no se logró obtener
fondos para su elaboración. La fábrica del
templo no los tenía; la Real Hacienda no pudo ministrarlos;
se pensó obtenerlos de limosna, de feligreses ricos
de la diócesis, mas nada se hizo: proyecto y montea
pasaron al olvido.
Transcurrieron los años y aquella capilla altísima,
sin más ornato que sus muros descarnados, seguía
siendo una obsesión. El Cabildo pensaba en ello
constantemente. En su reunión del 18 de julio de
1706 acordaron que, de los fondos remanentes de los expolios
del señor arzobispo Aguiar y Seijas, se gastasen
dieciocho mil pesos en hacer el "corateral de los
Reyes". Aprobado por todos en votación, dió su
Ilustrísima muchas gracias a los presentes y dijo
que por su voto el altar "ha de ser sólo de
pintura, con guarnición de ensamblaje dorado, al
modo que están los de la Sachristia desta Santa
Iglesia que los pintará mui bien Juan Correa de
quien se tiene bastante satisfacción, discurriendo
después la idea que se a de pintar y que esto no
se puede hacer sin conferencia ni parecer del Excelentísimo
Señor Virrey Duque de Alburquerque.. "
En conformidad con el acuerdo del
Cabildo catedralicio, el rey otorgó en Buen Retiro, el 20 de agosto de
1708, real cédula para que se pudiera hacer el gasto
de diecisiete mil pesos (no dieciocho) del expolio del
Ilustrísimo señor Aguiar y Seijas para edificar
el altar mayor.
Obtenida la real confirmación para el gasto, no
faltaba sino llevar a término la obra. Así,
en el Cabildo celebrado el 17 de noviembre de 1709 se determinó "que
se dé providencia para que se dé principio
a la fábrica del Altar de los Reyes a que estaba
aplicada la porción de los espóleos del Ilmo.
Sr. Aguiar y Seijas y confirmada por S. M."
En la sesión siguiente, del 19 del mismo noviembre,
se acordó "que se forme auto para que los jueces
hacedores en la forma acostumbrada manden pregonar y convocar
los maestros de escultores y ensambladores desta ciudad
para que dispongan mapas y monteas del referido altar con
quanto primor pudiera alcanzar su arte" y las que
hicieren y presentasen las mandarán pasar al Cabildo
con los costos de cada una marcados.
Tres meses dieron de plazo para
presentar los proyectos, pues en el acta del Cabildo
de 21 de febrero de 1710 se dice que respecto a haberse
presentado diferentes mapas y monteas por los maestros
escultores en conformidad con los edictos, se resolvió se nombraran comisarios
para que manden hacer todas las diligencias necesarias.
Se designó al tesorero y al canónigo Villaseñor.
En la sesión del 27 de marzo siguiente renunció el
tesorero a la comisión y designaron al maestrescuelas.
El rey había concedido licencia para que gestasen
en el altar de los Reyes diecisiete mil pesos del expolio
del señor Aguiar y Seijas desde 1708 y nada sabía
del caso. Ante su orden de informarle qué se había
hecho, el Cabildo acordó el 22 de agosto de 1710: "que
se dé noticia a S. M. en la primera ocasión
de estar concluida esta obra." Mi primera impresión
al leer este párrafo fué de asombro: se había
construido un altar en seis meses y existió uno
anterior al actual. Revisando las actas subsecuentes le
dí el correcto sentido: "que en la primera
ocasión de estar concluida esta obra, se de noticia
a S. M."
Efectivamente, los comisionados
estudiaron los proyectos, cuyos costos eran muy superiores
a lo que se había
pensado y a la suma de que se disponía. Ignoro por
qué no se siguió el aviso del arzobispo:
un retablo de pintura con marcos lujosos sí podría
haber sido elaborado. Hubo, sin duda, alguien que comprendió que
la capilla regia merecía algo más, algo que
indicase su preeminencia y su importancia. Pero esta segunda
iniciativa retrasó por el momento la obra: en el
Cabildo del 10 de septiembre de 1710 determinan que se
haga informe a Su Majestad que no bastan los diecisiete
mil pesos para el altar de los Reyes y que, por ahora,
se suspende la dicha fábrica. Era necesario volver
a empezar.
Ocho años más tarde, en 1718, se daba principio
a la obra, con todo el lujo y magnificencia que los canónigos
habían deseado. Su autor fué el sevillano,
famoso en su tierra pero que había de dejar sus
creaciones más portentosas en la colonia predilecta
de España, Jerónimo de Balbás. Parece
que su creación se debe a la iniciativa del marqués
de Valera, a juzgar por los documentos de la Catedral.
En efecto, en el acta de cabildo del 9 de agosto de 1718
encontramos lo que sigue: "luego se leió el
informe que sobre la fábrica del corateral de los
señores Reyes y su explicación de Gerónimo
Balbás y la cantidad que pide y tiempos a que se
ha dar. Y hauiéndola oído y conferídose
la materia, se determinó que se le escriua a su
Ex.. dándole deuidas gracias de que en su tiempo
logre esta Santa Iglesia el tener el altar de los Sres.
Reyes." Naturalmente, se ponían a disposición
del virrey los diecisiete mil pesos que existían.
En cabildo de 12 de agosto siguiente se da cuenta de que
se ha visto al virrey, quien dió las gracias. El
28 de septiembre expidió un mandamiento para que
se entregaran a Balbás ocho mil pesos para empezar
la obra del altar, lo cual hicieron el mismo día,
y en 10 de mayo de 1720 en otro despacho ordenó se
le diesen cinco mil pesos más. Tardó en esculpir
este retablo más de diez años, según
aseguran los cronistas, mas tal afirmación parece
falsa, ya que en el cabildo de 15 de enero de 1721 leemos: "El
Deán dijo haber estado con su Excelencia quien le
había tratado sobre la fábrica del altar
de los Santos Reyes... Se leyeron las cédulas donde
constaba que este cabildo aula dado dies y siete mil y
más pesos para dicha obra y las gracias y aprobación
que su Magestad enbió." Su dorado fué obra
del pintor Francisco Martínez, que acaso alcance
más fama por él que por sus obras pictóricas,
y se presentaron a concurso para el mismo trabajo el famoso
José de Ibarra y un dorador llamado don Nicolás
Nadal. El estreno tuvo lugar el 23 de septiembre de 1737.
Así quedó concluida esta creación
maravillosa.
Si alguna vez en los anales de la
historia del arte del mundo pudo hablarse de una obra
magnífica en que
el poder inmesurable de Dios podía ser interpretado
por la imaginación creadora del hombre, es el este
sitio donde puede aceptarse tal idea. Es una capilla para
los reyes de la tierra, pero las facultades sobrehumanas,
la fantasía prodigiosa ha creado una capilla que
espiritualmente sólo es para Dios. Las formas terrenas,
los recursos de la técnica, de arquitectura y carpintería,
del arte pictórico y del dorado, se doblegan humildemente
para levantar un himno a la grandeza creadora del Todopoderoso.
Los altares laterales que cubren
los muros de la capilla son muy posteriores, pues fueron
hechos de 1774 a 1775. Su arte, también churrigueresco,
morirse para no impedir el revuelo del gran retablo del
fondo.
Difícil es sujetar a una descripción literaria
esta poderosa creación de la fantasía humana,
que más que a nuestra inteligencia se dirige a nuestra
imaginación con ese poder no medido aún,
ni bien apreciado, del arte barroco que supo crear obras
que se encuentran en el límite de lo racional para
creer que muchas voces son manifestaciones del propio espíritu.
El retablo cubre totalmente el ábside, pero deja
en su fondo lugar suficiente para poder subir a las partes
elevadas y asearlo cuando es necesario. El espacio de la
capilla se halla limitado por dos grandes pilastrones que
sirven de antas a dos enormes estípites que sostienen
la cornisa volada, la que se prolonga a manera de imposta
por todo el perímetro del retablo, como una razón
de la sinrazón. Los estípites magníficos,
decorados en todo sitio que podía permitir decoración,
con estatuas policromadas, con ángeles, con
cartouches, con guirnaldas, con molduras que se retuercen
en el más sublime de los martirios, parecen ser
el prototipo que había de crear toda una arquitectura
de retablos y de portadas: el arte que llamamos churrigueresco
mexicano. Otros dos estípites semejantes se encuentran
flanqueando el fondo de la estructura y sobre tal imposta
imaginaria, una bóveda de tres paños, de
esas que llaman esquifadas, pero toda hecha de madera tallada,
cubierta con dorados y medallones en relieve. Así,
este retablo es una especie de nicho gigantesco y maravilloso
donde se anida el espíritu de un nuevo pueblo que
expresaba en una creación de arte insuperable su
nueva modalidad, su nueva razón de ser, en un arte
suyo que, aunque importado de la madre patria, había
de desarrollarse en forma única en la Colonia más
cercana a la Metrópoli, en la hija predilecta que
supiera interpretar el verdadero sentir de la madre, pero
que, como expresión de la mayor generosidad posible,
le permitiese desarrollar su propia manera de ser en una
forma completamente personal, como que salió del
substrato más entrañable de su alma: el churrigueresco
mexicano.
El fondo del retablo se halla decorado
con pinturas del artista más distinguido de la época: Juan
Rodríguez Juárez. Representan, el que se
encuentra en la parte alta "La Asunción de
la Virgen", patrona del gran templo catedralicio,
y el inferior, sobre el tabernáculo, "La Adoración
de los Reyes", advocación principal de esta
capilla.
Son telas muy estimables en que
el pintor parece haber dado de sí su máximo de posibilidad; pero,
a nuestro modo de ver, revelan una debilidad en un retablo
como éste e indican que el autor se veía
obligado, como en tantas otras ocasiones semejantes, a
someterse a los mandatos de una autoridad omnipotente y
mediocre: porque esos grandes palios lisos en que el reflejo
o la opacidad interrumpen la fantasía de los dorados,
constituyen puntos muertos en el retablo. Es tanto así,
que en obras posteriores, en que el mismo estilo alcanza
su expresión más audaz, como son los retablos
de la iglesia de Santa Prisca en Tasco, o los del seminario
de San Martín en Tepozotlán, la pintura se
reduce a su más modesta expresión, simplemente
como decorativa o como didáctica, mas sin pretender
nunca alcanzar la audacia de la talla dorada y evanescente
que constituye el prodigio escultórico de la obra.
Los retablos laterales, como ya
hemos dicho, son obra posterior, pero se encuentran decorados
con pinturas del mismo artista que firma las del gran
retablo: Juan Rodríguez
Juárez. Y aquí sí ocupan el lugar
que deben, primordial, y las tallas les sirven de realce,
porque estos mismos retablos, menos audaces, más
discretos, sirven para ensalzar el gran retablo del fondo.
Como en las viejas catedrales españolas, se construye
bajo el piso de esta capilla una cripta para panteón
regio. Ningún virrey de la Nueva España fué enterrado
en ella. Sólo el señor arzobispo don Juan
de Mañozca, que murió el 12 de diciembre
de 1650, fué sepultado en dicha cripta. Después
de la Independencia, el Presidente de la República,
general don Miguel Barragán, que falleció el
19 de marzo de 1836, fué solemnemente enterrado
en ella. Es natural: la cripta de los reyes en la época
colonial, correspondía a los presidentes de la República
independiente.
Tal es esta creación máxima de arte que
corona el templo mayor de México. Aunque su estilo
disuena y aun se opone al primitivo que se había
seguido en la construcción del monumento, su colocación
dentro de un nicho, perfectamente limitado por los dos
grandes pilastrones de piedra que se encuentran a los lados
del gran arco que limita la capilla, permite que lo gocemos
como algo distinto pero sumiso, como la expresión
de una modalidad nueva del arte muy mexicano que se incrusta
en el gran templo que era la expresión más
española del arte que se levantaba en la nueva Colonia.
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