Naturalmente se especifican
los materiales con que debía ser construída cada parte de la
obra; se exige estabilidad y solidez y se prescribe la
excelencia de las esculturas.
El virrey, de acuerdo con sus
consejeros, había
dispuesto que el altar mayor se colocase en el sitio
en que fue construido, es decir, un tramo más
al norte del crucero, no precisamente debajo del cimborrio
sino ligeramente más hacia el ábside.
Con tal motivo surgió una discución que
motivo mucho gasto de papel y de esfuerzan que hubieran
podido ser mejor empleados. En efecto, desde entonces
se discutió la conveniencia de cambiar de sitio
el coro trasladándolo hacia la parte norte del
templo y dejando el altar mayor en el crucero, precisamente
abajo del cimborrio. Un voluminoso expediente se guarda
acerca de dicho asunto en el Archivo General de la Nación
y algunos documentos relativos al mismo tema en al Archivo
de la Catedral. Todos los inconvenientes y todas las
ventajas fueron pesados minuciosamente; hasta se discutió sobre
las corrientes de aire que se formaban en el crucero,
que eran un inconveniente para que el altar mayor existiese
allí. Los maestros de arquitectura fueron convocados
para dictaminar y todos estuvieron de acuerdo en que
no había ningún obstáculo en colocar
el altar mayor debajo del cimborrio y aun en pasar el
coro al lado del norte en dicho altar mayor y el altar
de los Reyes. Así las cosas, cuando parecía
que esta nueva disposición iba a ser la adoptada,
en vista de tantos documentos favorables, el Cabildo
de la Catedral decidió que pasase el asunto al
maestro de ceremonias, ordenando que él dijese
si había inconveniente en adoptar la nueva disposición.
El maestro de ceremonias echa por tierra todo lo que
se había elaborado antes. En su dictamen, que
reproducimos en el Apéndice, se alegan razones
que para aquella época eran de importancia capital:
en primer lugar, en todas las catedrales españolas
el coro se encuentra en el mismo sitio en que se había.
establecido en México. Podrá o no destruir
el aspecto arquitectónico del edificio, pero la
liturgia española exige que el coro ocupe ese
espacio de la nave mayor. No puede ser trasladado al
lado del norte ni suprimido el pasillo que se llama crujía,
porque hay ceremonias en el culto católico que
exigen que los canónigos algunas veces se dirijan
en forma prosecional desde el coro al altar mayor y viceversa,
para mayor decoro y suntuosidad del culto, cosa que no
podría obtenerse si el coro se encontrase inmediato
al altar mayor del lado del norte. Las razones del maestro
de ceremonias fueron contundentes y nadie se atrevió a
oponerse a que el altar mayor fuese construido como se
habia proyectado, según el contrato que hemos
estudiado. Construyóse pues y fué estrenado
el 15 de agosto de 1673.
No conservamos de este primitivo
altar sino los datos que de su contrato se obtienen.
Dada la época en
que fué edificado, suponemos que seria una estructura
de estilo barroco exuberante con sus columnas de mármol,
exactamente como el ciprés que se ve en la capilla
del Rosario, en Puebla, que ostenta también las
mismas columnas de jaspe; ornamentación barroca
a base de columnas salomónicas con esculturas de
madera estofada. En la parte baja, como hemos visto, había
cuatro nichos descubiertos, con cúpulas pequeñas
y al centro una mayor con las estatuas que en el contrato
se manifiestan.
Este altar mayor duró largos años;
a principios del siglo XVIII, como puntualizamos al hablar
del tesoro de la Catedral, se hicieron cuatro frontales
de plata para su adorno.
Pasó el tiempo, transcurrieron los años
y con ellos el cambio de gusto en lo que se refiere al
arte: el ciprés que había parecido magnifico
en el siglo XVII, pareció pobre-en la siguiente
centuria. La obra del altar de los Reyes que se había
desarrollado a partir de 1718, encomendado a un artista
de primer orden que había trabajado para la catedral
de Sevilla, Jerónimo de Balbás, influyó sobre
toda la construcción que se hacía en el interior
del templo y así el viejo ciprés fué destruido
para levantar otro en el nuevo estilo. El mismo artífice
Jerónimo de Balbás fué quien lo elaboró,
pero aprovechó indudablemente parte del antiguo
ciprés, pues dejó las columnas de jaspe como
puede verse en las litografías que nos enseñan
como era este segundo altar. En vez de las columnas salomónicas
del estilo barroco, Balbás talla estípites;
a las cornisas cerradas del estilo anterior, el sevillano
sustituye cornisas quebradas de perfiles rotos que suben,
bajan, alteran completamente la estructura. Es de presumirse
que los cuatro cimborrios angulares del presbiterio anterior
desaparecieron para dejar sólo un gran espacio en
que fué colocado el gran tabernáculo de plata
que regaló al templo el señor arzobispo
Bizarrón y Eguiarreta. Las esculturas tenían
la misma advocación que las del altar mayor anterior
y en el segundo cuerpo podía verse la imagen de
la Asunción, en talla policromada, sobre un grupo
de nubes. El segundo cuerpo disminuye considerablemente
con relación al primero y el tercero todavía
es más angosto. Quizás debido a dicha forma
se dió el nombre de ciprés a este altar.
Tal designación no se usa sino en el siglo XVIII;
en el anterior se empleaba invariablemente la de altar
mayor; pero esta forma que realmente semeja la de uno de
estos árboles que parecen símbolo de la melancolía
en los cementerios, puede haber sido la causa del cambio
de designación, y como las palabras se hallan dotadas
de vida que muchas veces sobrepasa los límites que
en un principio tenían asignados, se dió en
llamar ciprés a todo altar que estuviese aislado,
aunque su forma fuese completamente distinta.
En 1783 el altar mayor se encontraba
bastante deteriorado: Balbás no había tenido en cuenta la estabilidad
de su obra y la había sobrecargado de estructuras;
además, las columnas de jaspe eran extraordinariamente
pesadas; entonces el Cabildo llamó a otro artífice
para que dictaminara acerca de lo que debía de hacerse.
El artífice fué Isidoro Vicente de Balbás,
de quien poseemos escasas noticias: que hizo los retablos
de la parroquia de Santa Prisca en Tasco, que presentó un
proyecto para terminar la fachada de nuestra Catedral,
y nada más. Yo supongo, dadas las fechas de estos
trabajos y la semejanza de estilo con las obras del Jerónimo,
que se trata de un hijo suyo que continuó en la
Nueva España el desarrollo de la obra iniciada por
el Padre. El dictamen de Isidoro Vicente de Balbás
es bastante detallado e indica lo que debe hacerse para
restaurar el ciprés; marca lo que sabe de la obra;
indica que es necesario reparar los estípites y
hasta a detalles del aseo, bastante curiosos, se refiere,
pues dice que el sistema de "sacudir" con un
plumero es el que destruye muchas veces los detalles de
la escultura.
Es indudable que los consejos de
Balbás tuvieron éxito,
pues la obra persistió durante largos años,
hasta mediados del siglo XIX. Podemos saber cómo
era gracias a que su imagen nos ha sido conservada en litografías
de la primera mitad de dicho siglo, una de Gualdi que reproducimos
en este libro y otra que da más detalles, en que
se ve el solemne acto de la coronación del emperador
Iturbide.
Mas no cabe duda de que, para mediados
del siglo XIX, este ciprés se había deteriorado mucho. Además,
su estilo no se hallaba de acuerdo con el que imperaba
en la época. El arte académico había
invadido todos los espíritus; muchas capillas de
la Catedral habían visto perder sus viejos retablos
barrocos o churriguerescos para que los sustituyeran altares
de estilo neoclásico, de madera o estuco, que imitaban
mármol, con filetes dorados con oro de mala calidad:
había que volver a la belleza clásica; los
retablos churriguerescos desde principios del siglo habían
sido llamados "montones de leña dorada",
lo cual era motivo para que el Cabildo de la Catedral desease
hermosear su templo con un nuevo ciprés. Florecía
a la sazón en México un distinguidísimo
arquitecto español que dejó buena parte de
su obra en nuestro país, don Lorenzo de la Hidalga.
Nadie mejor que él para construir un nuevo ciprés.
Como no había dinero para tal obra, que importaba
muchos miles de pesos, el Cabildo determinó fundir
la imagen de la Asunción de Nuestra Señora
hecha de oro y esmaltes, así como la gran lámpara
de plata que colgaba frente al altar de los Reyes. No era
fácil en aquella época comprender el despropósito
y el crimen de leso arte que entrañaba tal medida.
Porque una joya como la imagen de la Asunción, patrona
del templo, hecha especialmente para él, el año
de 1610, en una forma insuperable, era algo que debería
haberse respetado. La lámpara, de fábrica
muy posterior, no tenía el mérito de la imagen,
pero de todas maneras era algo extraordinario por su magnitud,
por su riqueza, por su grandiosidad excepcional: desaparecieron
ambas joyas y el ciprés de Balbás, que en
sí mismo era otra joya, para dar lugar a una de
las obras más desafortunadas que han existido en
nuestro templo. No dejamos de pensar que si dichas alhajas
hubiesen sido conservadas en esa época, habrían
desaparecido cuando desapareció el tesoro del templo,
eso es indudable; no gozaríamos hoy de su contemplación,
mas ¡siquiera se hubiese dejado el ciprés
antiguo, que en sí mismo era otra joya y que sí podía
haber subsistido como subsiste el altar de los Reyes. Sea
como fuere, el 8 de abril de 1847 don Lorenzo de la Hidalga
comenzó la obra del ciprés y la concluyó tres
años más tarde, con un costo de setenta y
dos mil pesos.
Es interesante, ya que esta obra
ha desaparecido y pasó a
ser un recuerdo histórico, que demos detalles acerca
de ella. La parte de cantería estuvo a cargo de
Miguel López; como oficial trabajaba don Pablo González.
Las mesas de los altares estaban talladas en la piedra
que llamamos chiluca y el ciprés en cantería.
Constaba de dos cuerpos circulares mucho menor en diámetro
el segundo que el primero, lo cual lo afeaba demasiado.
El cuerpo bajo constaba de una escalinata con pedestales
en que se veía ocho estatuas: San Pedro, San Pablo,
San José, San Juan Bautista, Santiago el Mayor,
San Felipe de Jesús, San Hipólito y San Casiano.
Sobre la escalinata se desplantaba un basamento de plano
circular con resaltos que corresponden a las estatuas y
en esos resaltos columnas que sostienen el segundo cuerpo.
Dentro del primer cuerpo se veía una estructura
formada de cuatro pilastras con arcos que seguían
el perfil curvilíneo. Tal estructura constituyó el
error más grave de este ciprés, pues si se
hubiesen dejado simplemente las columnas, hubiese presentado
un aspecto de airosidad y elegancia que la pesada estructura
interior le quitaba por completo. Sobre las columnas existía
un pesado entablamiento y sobre él un ático,
también pesado, con otras ocho estatuas que figuraban
a Santo Domingo de Guzmán, San Francisco de Asís,
San Agustín, San Bernardo, San Cayetano, San Felipe
de Neri, San Camilo de Lelis y San Ignacio de Loyola. Las
esculturas eran completamente fuera de escala, pues parecían
de tamaño mayor que las del cuerpo inferior. El
segundo cuerpo descansaba sobre el ático con un
pesado basamento sobre el cual se erguían cuatro
pilastras que sostienen arcos y, coronándolo todo,
como derramándose sobre la estructura, un grupo
de la Asunción de Nuestra Señora que fué obra
del escultor don José María Moreno. Las esculturas
fueron trabajadas por don Francisco Terrazas.
A esta pesada estructura hecha de
material inferior, pues simplemente era estuco y escayola,
se le agregaron todavía
cuatro ángeles descansando en grupos de nubes, ejecutados
por el mismo don José María Miranda y pagados
a mil pesos cada uno por don Francisco Ontiveros, a quien
se llama el último bienhechor de la Catedral. Ya
hemos dicho que uno de sus innumerables servicios fué destruir
las rejas de tapincerán de las capillas y sustituirlas
por miserables rejas de hierro emplomadas. Así fué el
beneficio que hizo a este altar: hacerlo más pesado,
agregando cuatro ángeles sobre cúmulos de
nubes que se encontraban a la altura te la mano, cosa que
ningún artífice colonial se hubiera atrevido
a hacer.
El altar fué estrenado el
15 de agosto te 1850.
Con motivo de la restauración
del templo el altar ha sito demolido, lo que ha provocado
censuras por parte de personas que desearían conservarlo
por razones que no son ni artísticas ni históricas.
Es indudable que la Catedral como cualquier iglesia, debe
conservar sus creaciones, aunque sean producto te diversas épocas:
no existe quizás, sino excepcionalmente, templo
que aparezca con una homogeneidad tal que pueda decirse
que sus elementos todos fueron construidos en un momento
histórico. Pero, si hemos lamentado que se destruyera
el altar de Balbás para ser sustituido por el de
De la Hidalga, no podemos hacer la misma observación
cuando tratamos de la destrucción de este último
altar, porque, aunque fuera distinto en espíritu
y en estilo al resto del edificio, si su mérito
pudiera equipararse a cualquiera de las obras existentes
podría justificarse y aún pedirse su conservación.
Tal es por ejemplo el caso del ciprés de la catedral
te Puebla, concluido algunos años antes de que fuese
empezado el de México; su idea, sus materiales,
su ejecución ofrecen tantas cualidades, que sería
un verdadero crimen destruirlo. Pero si el ciprés
de México puede ser sustituído por una obra
que armonice con la sencillez de la estructura renacentista
y que, dentro de su humildad, permita que pueda gozarse
de la amplitud de las naves y del crucero, parece muy justificado,
ya que con su desaparición no se pierde nada, sustiturlo
por otra obra, no que pretenda ser mejor, sino simplemente
menos defectuosa.
arriba |